El arroz chino de Renata llegó acompañado de tres cosas que Selena no había pedido: un rollito de primavera del tamaño de un antebrazo, una galleta de la fortuna rota por la mitad y una teoría.
—Mi teoría —dijo Renata, repartiendo cajitas de cartón sobre la mesa baja del salón con la precisión de una crupier— es que tu cuerpo está haciendo una huelga selectiva. No quiere el café, no quiere el atún, no quiere la tarta de tres leches de las ocho de la mañana. Pero hay que ver cómo recibe el arroz tres delicias. Fíjate. Con los brazos abiertos.
—Es arroz blanco —dijo Selena, con la boca llena.
—Es un arroz muy bien intencionado.
Cenaron en el sofá, con las piernas cruzadas y la televisión encendida sin volumen, donde un presentador de concurso gesticulaba delante de una rueda de colores. El apartamento olía a salsa de soja y a la lavanda del ambientador que Selena había comprado en un arrebato de optimismo doméstico. Renata contaba una historia sobre una autora de la editorial que había entregado un manuscrito de novecientas páginas sin un solo punto y aparte, y que, cuando le pidieron que lo dividiera en capítulos, había respondido que los capítulos eran una opresión burguesa. Selena se reía con la cabeza hacia atrás. Era una risa que no usaba desde hacía días, una risa de las que sientan bien en las costillas.
Estaba abriendo la galleta de la fortuna cuando sonó el timbre.
Las dos se quedaron quietas. Selena miró el reloj de pared. Las nueve y diez de la noche de un miércoles. Nadie llamaba a su puerta a esa hora, salvo el vecino de abajo, cuando quería quejarse de la escoba, o el repartidor, cuando se equivocaba de piso.
—¿Esperas a alguien? —susurró Renata.
—No.
—¿Será Austin?
—No tiene mi dirección.
—Un hombre con un chofer y una organizadora de galas tiene todas las direcciones.
—Renata, no digas tonterías.
El timbre sonó otra vez, con dos pitidos cortos y uno largo, una melodía que Selena conocía desde que tenía ocho años. Abrió los ojos de par en par.
—Oh, no —dijo.
—¿Qué pasa?
—Es mi hermano.
Se levantó de un salto, se alisó la blusa con las manos, miró a su alrededor con la expresión de un general que inspecciona un campo de batalla a punto de ser invadido. La caja de la tarta, ya reducida a una media luna, descansaba sobre la mesa del comedor. La libreta rosa de los problemas, abierta en la página de los veintiséis puntos, asomaba junto a una pila de planos. Y el libro de Le Corbusier, con el sobre de las ecografías adentro, estaba en la estantería, a la vista de cualquiera.
—Esconde la libreta —siseó—. Y cierra eso. Y esconde la tarta.
—¿Escondo la tarta?
—No es normal que haya una tarta gigante en una casa donde vive una sola persona.
—Es perfectamente normal. Es muy tuyo.
—Renata, por favor.
Mientras Renata, con un gesto de resignación, recogía la libreta y la metía bajo un cojín, Selena abrió la puerta.
Tomás Guzmán tenía veinticinco años, un metro ochenta y cinco, el pelo negro revuelto como si acabara de salir de una lavadora y una sonrisa de oreja a oreja que había derretido corazones y suavizado castigos desde su más tierna infancia. Llevaba una mochila enorme a la espalda, una maleta de ruedas con una pegatina desvaída de un equipo de fútbol y una bolsa de papel marrón de la que asomaba la punta de una barra de pan.
—¡Sorpresa! —gritó, con los brazos abiertos.
—Tomás —dijo Selena—. ¿Qué haces aquí?
—Se me ha inundado el piso —respondió él, entrando sin esperar invitación y dándole un abrazo que la levantó medio palmo del suelo—. Una tubería. Una tubería del piso de arriba. Llevo desde el lunes durmiendo en el sofá de un amigo que tiene una novia que me mira mal. Y esta mañana pensé, ¿por qué sufrir cuando tengo una hermana mayor que me quiere con locura? Y aquí estoy. Cogí el primer autobús.
—¿Cuántas horas de autobús?
—Seis. Pero iba un señor muy simpático que me contó la vida de sus cuatro matrimonios.
Selena sintió que las rodillas le flaqueaban ligeramente al oír la palabra cuatro, y se aferró al marco de la puerta con disimulo.
—Y he traído pan —continuó Tomás, agitando la bolsa de papel—. Es de la panadería de la esquina de casa de mamá. Todavía está tibio. Bueno, estaba tibio hace cinco horas. Ahora está templado, en el mejor de los casos.
—Hola, Tomás —dijo Renata desde el sofá, con una sonrisa que Selena conocía y temía.
—¡Renata! —Tomás cruzó el salón en dos zancadas y la levantó en volandas, con maleta incluida, haciendo temblar la mesa baja y salir volando una caja de arroz—. ¡Qué alegría! ¡Estás más roja que nunca!
—Es el tinte, cielo. Se llama Fuego Interior.
—Te favorece.
—Lo sé.
Selena se quedó observándolos desde la puerta, con los brazos cruzados y el ceño fruncido. La verdad era que quería muchísimo a su hermano. Era la persona más generosa y menos ordenada que conocía, un hombre que había dejado tres carreras sin terminar antes de descubrir que lo suyo era la cocina, y que ahora trabajaba como ayudante en el restaurante de un chef con fama de tirano. Tenía una capacidad extraordinaria para aparecer en el momento más inoportuno, y un olfato casi sobrenatural para detectar secretos.
Y precisamente por eso, su llegada, en ese preciso instante de su vida, era una catástrofe de proporciones épicas.
—¿Cuánto tiempo piensas quedarte? —preguntó.
—Unos días. Hasta que arreglen la tubería. Una semana, a lo sumo. Dos, si el dueño es lento. —Se dejó caer en el sofá, sobre un cojín que contenía una libreta rosa, y soltó un quejido de satisfacción—. Qué bien se está aquí. Qué bien huele. ¿Es arroz chino? ¿Queda?
—Queda —dijo Renata, alargándole una caja con una amabilidad suspicaz.
—Eres un ángel.
Se puso a comer con las piernas sobre la mesa baja, y durante diez minutos, con la naturalidad de quien se siente en casa, relató sus aventuras de los últimos días: la inundación, el casero, el amigo con la novia que lo miraba mal, el chef del restaurante que había lanzado una cuchara contra la pared porque alguien había picado el cilantro en cuadrados en lugar de en tiras. Selena lo escuchaba con una atención dispersa, tamborileando con los dedos sobre el respaldo del sofá, calculando cuántas horas faltaban para la revisión de la mañana siguiente y cuántas de esas horas podría pasar su hermano a menos de un metro del libro de Le Corbusier.
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Editado: 04.11.2026