El tictac del reloj de pared se volvió, de repente, el sonido más fuerte del apartamento. Selena sostenía el teléfono apagado contra el pecho como quien sostiene un escudo agrietado. Austin, de pie junto a la mesa, tenía la servilleta enrollada entre los dedos y la expresión de un hombre que ha visto aproximarse una ola enorme y no sabe si correr o quedarse a recibirla. Tomás los miraba a los dos desde su silla, con las manos entrelazadas sobre el mantel de cuadros y una seriedad tan poco habitual en él que resultaba casi un disfraz.
—Siete días —repitió, despacio—. Muy bien. Pues entonces tenemos siete días.
—Tomás —empezó Selena.
—No, espera. Déjame hablar un momento. Después hablas tú todo lo que quieras. —Se pasó una mano por la nuca, despeinándose todavía más—. Llevo desde el lunes en esta casa. Me he fijado en las galletas saladas, en el termo de jengibre, en que no tomas café, en que te levantas a las seis a vomitar en silencio con el grifo abierto para que no te oiga. Me he fijado en que anoche te probaste cuatro vestidos y descartaste los cuatro. Me he fijado en que le tienes cariño a un cactus nuevo y en que hoy, cuando ha sonado el timbre, has sonreído antes de saber quién era. Y ahora aparece este señor con una bolsa de supermercado que parece el botiquín de una embarazada de manual.
—Yo no he dicho que sea el botiquín de nadie —murmuró Austin.
—No hacía falta que lo dijeras. Estaba en las bolsas. Con letras mayúsculas.
Selena soltó el aire. Dejó el teléfono sobre el aparador con un cuidado exagerado, como si pudiera romperse, y se acercó a la mesa. Apartó una silla. Se sentó frente a su hermano, y entonces, con una lentitud que le costó más de lo que habría imaginado, estiró las manos sobre el mantel y le tomó las suyas.
—Tomás.
—Dime, Sele.
—Voy a tener un bebé.
Dijo la frase en voz baja, sin dramatismo, con los ojos fijos en los de él. Tomás no se movió. Parpadeó una sola vez. En su rostro, a lo largo de unos tres segundos, fueron sucediéndose emociones con la rapidez de una baraja pasada entre los dedos: sorpresa, confirmación, alegría, miedo, ternura, y por último un asombro tan puro que le dejó la boca ligeramente abierta.
—Lo sabía —susurró.
—¿Lo sabías?
—Lo sospechaba. Pero una cosa es sospechar y otra oírlo. —Se llevó una mano a la boca—. Voy a ser tío.
—Vas a ser tío.
—Voy a ser tío —repitió, y la voz se le quebró en la última palabra—. Sele. Voy a ser tío.
Se levantó de golpe, rodeó la mesa y la abrazó con tanta fuerza que la silla chirrió. Selena se rio contra su hombro, con los ojos cerrados, y sintió cómo a él le temblaba todo el cuerpo. Estuvieron así un rato, sin hablar, mientras Austin, de pie junto a la ventana, miraba el suelo con una incomodidad respetuosa, intentando fundirse con la pared.
—Perdona —dijo Tomás por fin, separándose y limpiándose la nariz con el delantal—. Es que soy muy llorón. No te lo dije nunca. En el restaurante lloro cuando pelo cebollas y también cuando no hay cebollas.
—Lo sé.
—¿Y de cuánto estás?
—Ocho semanas, más o menos.
—¿Y estás bien? ¿Te han hecho la ecografía? ¿Está todo en orden? ¿Hay latido?
—Hay latido —dijo Selena, y sonrió con una ternura inmensa—. Hay muchísimo latido.
—Qué alegría. Qué alegría tan grande. —Tomás se giró de pronto hacia Austin, y su cara cambió, no con dureza, sino con una especie de claridad súbita—. ¿Y tú? ¿Qué pintas tú en todo esto, Sofía?
Austin se enderezó. Se pasó la servilleta de una mano a otra. Había algo en su postura de colegial examinado que contrastaba con el traje caro que, hasta hacía unas horas, llevaba colgado en su vestidor.
—Soy el padre —dijo.
Lo dijo claro, sin adornos, con la barbilla algo levantada. Tomás lo miró de arriba abajo, sin pestañear.
—¿El padre?
—Sí.
—¿Y por qué te llamas Sofía?
—Porque tu hermana inventó una compañera para justificar la cena y yo me sentí obligado a seguir el juego.
—Un gesto elegante —admitió Tomás—. Dudoso, pero elegante. —Se cruzó de brazos—. ¿Y te vas a quedar?
—Sí.
—¿Sin dudar?
—Dudé durante unos veinte minutos junto a un río. Ya se me pasó. —Respiró hondo—. No te voy a mentir, Tomás. Estoy asustado. No sé hacer esto. Pero no pienso desaparecer. Voy a estar. En lo que haga falta, como haga falta, cuando haga falta.
—Eso lo dice cualquiera.
—Lo sé. Por eso pienso demostrarlo con hechos y no con frases.
Tomás lo observó unos segundos más, con los ojos entornados, con esa mirada de cocinero que huele un plato antes de probarlo. Y de pronto, sin avisar, se echó a reír, una risa franca, expansiva, que le sacudió los hombros.
—Me caes bien —dijo—. Qué rabia. Venía dispuesto a odiarte, y me caes bien.
—Gracias.
—No era un cumplido. Era una queja. —Le tendió la mano, y cuando Austin la estrechó, Tomás se la sujetó con firmeza unos segundos más de los necesarios, mirándolo a los ojos—. Una cosa, McFly. Una sola. Si le haces daño, si la haces llorar por algo que no sea una película triste, te preparo una sopa con el cilantro más cuadrado de la historia y te la sirvo fría.
—Entendido.
—Es en serio.
—Lo sé. Es una amenaza terrible.
—Es la peor.
—La tomo muy en serio.
—Bien. Y ahora —dijo Tomás, soltándole la mano con un chasquido de dedos—, quiero ver la ecografía. Que a un tío no le hacen esperar. Enséñamela.
Selena y Austin se miraron. Hubo un breve intercambio silencioso, de esos que se hacen con las cejas. Después Selena fue al estante donde dormía el volumen de Le Corbusier, lo bajó, abrió las páginas y extrajo el sobre blanco. Lo sostuvo un momento entre las manos, con el corazón desbocado, y se lo dio a su hermano.
—Antes de verla —dijo—, necesito que te sientes.
—Estoy sentado.
—Necesito que te sientes más.
—No puedo sentarme más. Ya estoy en la silla.
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Editado: 04.11.2026