Hay quien dice que el pánico agudiza los sentidos, y Selena Guzmán, inclinada sobre la barandilla de su balcón con medio cuerpo fuera y el corazón en la garganta, comprobó que era verdad. Oyó el claxon de cuatro notas apagarse en el aire. Oyó crujir la puerta del coche azul. Oyó, desde cuatro pisos de altura, la voz de su madre preguntando si alguien había visto su bolso, que llevaba colgado del hombro, y la de su tía Magdalena respondiendo que los gatos tenían sed. Y oyó, con una nitidez cruel, cómo se le acababa el tiempo.
—Dos minutos —dijo, metiéndose en el salón de un salto—. Tenemos dos minutos. Tres, si tu padre se pone a discutir con el portaequipajes.
—Yo escondo el colchón —dijo Tomás, abalanzándose sobre el colchón hinchable, que seguía desplegado junto al sofá con una manta arrugada encima.
—No lo escondas. Es tuyo. Tú vives aquí desde el lunes pasado. Es lógico que lo tengas.
—Pues entonces lo estiro bien.
—Y lo desinflas un poco, que parece un hipopótamo.
—Voy.
—Renata, la libreta.
—Ya la tengo. —Renata levantó la libreta rosa con dos dedos, como un trofeo sospechoso, y la metió en el fondo de su bolso, entre un paquete de pañuelos y una barra de labios del color de una señal de tráfico—. Ahí no la busca ni la Interpol.
—Las galletas saladas.
—Hay tres paquetes en la cocina —dijo Tomás desde el suelo, resoplando sobre una válvula—. Y uno en la mesilla.
—Escóndelos en el armario del pasillo.
—¿Todos?
—Todos. Y el termo de jengibre.
—Eso es mucho jengibre para esconder.
—Pues di que es tuyo, que tienes la garganta mala.
—Mi garganta nunca ha estado mejor.
—Tomás.
—Voy, voy.
Selena corrió a su dormitorio, abrió el cajón de la mesilla con la llave que llevaba colgada al cuello desde la víspera, comprobó que la ecografía y el volumen de Le Corbusier seguían a buen recaudo y volvió a cerrar con un golpe seco. Sacó el peluche de cactus del armario, lo miró un segundo con una ternura desesperada y lo metió bajo el colchón. Se alisó la blusa. Se mojó la cara en el baño. Se miró en el espejo y se encontró con unos ojos de pánico y unas mejillas encendidas, que no ofrecían, ni de lejos, la imagen de una mujer tranquila y sin secretos.
—Respira —se dijo.
Su reflejo, con un mechón rebelde sobre la frente, respiró.
Desde la escalera llegó un estruendo de pasos, voces y maletas arrastradas, y a medida que se acercaba, la voz de Dolores Guzmán fue ganando volumen, como una radio a la que alguien subiera el mando.
—¡Selena! ¡Hija! ¡Que ya estamos aquí! ¡Abre, que no tenemos manos!
Selena abrió la puerta.
Lo primero que vio fue una cuna.
Era una cuna enorme, de roble oscuro, con barrotes torneados y un cabecero tallado con una guirnalda de flores y un pajarito en el centro, y llenaba por completo el hueco de la escalera. La cargaban, con un esfuerzo de estibadores, su padre y un joven vecino del tercero, al que alguien debía de haber reclutado por el camino. Ismael Guzmán, alto y enjuto, con una gorra de visera calada hasta las cejas, un bigote gris recortado con pulcritud y una expresión de santa resignación grabada en la cara, jadeaba en un extremo. El vecino, un muchacho de unos veinte años con una camiseta de un grupo de música, sostenía el otro extremo con la lengua fuera.
—Hola, papá —dijo Selena.
—Hola, hija. —Ismael apoyó un instante el peso en una rodilla, respiró hondo y le dedicó una sonrisa agotada—. Ya ves. Tu madre insistía.
—Ya lo veo.
—¿Dónde la pongo?
—¿La cuna?
—No, la cuna no. Lo que quiero saber es si hay ascensor.
—Está averiado desde el martes pasado.
—Pues entonces no hay donde ponerla. Ni donde sentarme.
Detrás de él asomó una cabeza de pelo gris recogido en un moño apretado, unas gafas de pasta marrón y una sonrisa tan ancha que parecía desbordar los límites de la cara. Dolores Guzmán tenía sesenta y un años, metro sesenta de altura y una energía que habría puesto en marcha una central eléctrica. Llevaba un abrigo de lana verde botella, un bolso del tamaño de una maleta y, colgada de cada brazo, una bolsa de plástico llena de tuppers.
—¡Mi niña! —gritó, y soltó las bolsas en el rellano para estrechar a su hija con tal fuerza que a Selena se le cortó la respiración.
—Mamá, me ahogas.
—Qué delgada estás. Qué cara tan pálida. Tomás, ¿no la estás alimentando?
—La alimento muchísimo, mamá —dijo Tomás desde el pasillo, con las manos todavía manchadas de plástico.
—Pues no se nota. Venga, que os traigo de todo. Empanadillas, tortilla de patatas, cocido, un bizcocho de limón y una caja de bombones que me ha dado la vecina para Selena. Y mermelada de higos, que a ti te gusta.
—Mamá.
—Y chorizo. Para que se lo comas con pan.
El olor del chorizo la golpeó antes de que Dolores terminara la frase. Un olor graso, picante, intenso, que le subió por la nariz hasta el fondo del cerebro, y a Selena se le vació de sangre la cara en cuestión de segundos. Se agarró al marco de la puerta. Tomás, atento, extendió un brazo hacia ella, pero Selena logró recomponerse con un esfuerzo de voluntad que le dejó sudor frío en la espalda.
—Estupendo —dijo con una sonrisa rígida—. Mucha comida. Genial.
—Ya sé que no te gusta que te malcríe —dijo Dolores, con un guiño—, pero yo no puedo evitarlo.
—Es que soy un caso perdido.
—Eso ya lo sabemos.
Tras Dolores, en el rellano, se asomó una figura menuda, de una elegancia pasada de moda, envuelta en un chal de lana a cuadros y con un pañuelo de seda atado a la cabeza. La tía Magdalena Guzmán tenía sesenta y ocho años, unos ojos azules algo saltones, unas manos nudosas llenas de anillos y una expresión entre solemne y radiante, la de quien vive convencida de que el mundo le habla en un idioma cifrado. En cada mano llevaba una jaula de mimbre con una tela cubriéndola, de las que provenía un coro de maullidos de distinto timbre.
#2097 en Novela romántica
#590 en Otros
#272 en Humor
cuatrillizos, amor accion mentiras secretos familia, bebeabordo
Editado: 04.11.2026