¡ Gemelos por Partida Doble!

CAPÍTULO 5: UNA CENA SIN CANAPÉS

El vestido azul marino resistió tres pruebas antes de ganarse el derecho a salir de casa.

La primera fue la del espejo del baño, donde Selena se miró de frente, de perfil y de espaldas, con la expresión de un jurado olímpico. La segunda fue la de la cintura, que todavía no se le notaba nada pero que ella apretó con las dos manos igualmente, buscando señales de un cambio que no llegaba. La tercera, y la más dura, fue la de Tomás, que la esperaba en el salón con un trapo de cocina al hombro, apoyado contra el marco de la puerta con los brazos cruzados.

—Estás guapísima —dijo.

—Gracias.

—Demasiado guapísima para ir a ver a una amiga del trabajo.

Selena se detuvo en medio del salón, con un pendiente a medio poner.

—Eso fue lo que te dije, ¿verdad?

—Dijiste que ibas a cenar con una compañera del estudio. Una tal Sofía. Que se había separado hace poco y necesitaba desahogarse.

—Eso es.

—Hay un problema.

—¿Cuál?

—Que tú no tienes ninguna compañera que se llame Sofía. Te he hecho la lista de tus compañeros de trabajo esta tarde, mientras recogía los platos. Raimundo, Ernesto, Lucía, una tal Begoña que huele a pescado y un chico nuevo que se llama Marcos. Ni una Sofía.

—Hay una Sofía.

—¿Dónde?

—En el segundo piso.

—Selena.

—Es de otro departamento.

Tomás se encogió de hombros con una sonrisa y se quitó el trapo del hombro para doblarlo con una meticulosidad exasperante.

—No te voy a preguntar nada —dijo—. Ya te lo dije. Solo quiero que te diviertas. Y que si alguien te trata mal, me lo cuentes, y yo le preparo un plato de sopa con cilantro cortado en cuadrados.

—Qué amenaza más cruel.

—Es la peor que conozco.

Selena se echó a reír, terminó de ponerse el pendiente y se acercó a darle un beso en la mejilla. Su hermano le sujetó la cara con las dos manos y la miró con una ternura casi paternal.

—Pásalo bien, Sele.

—Lo intentaré.

—Y vuelve cuando quieras. O no vuelvas. Yo cuido a Arturo.

—Arturo es un cactus. No necesita que lo cuiden.

—Todos necesitamos que nos cuiden —dijo Tomás con solemnidad, y le abrió la puerta.

Bajó las escaleras despacio, con una mano en la barandilla y la otra apretando el bolso contra el costado. Dentro del bolso, entre el monedero y el espejito, había un sobre blanco, un poco arrugado ya por tanto manoseo. Lo había metido y sacado cuatro veces antes de salir. Lo había dejado en la mesilla. Lo había recogido. Lo había metido en un cajón. Finalmente había comprendido que no tenía sentido seguir fingiendo que no iba a llevarlo, porque por mucho que quisiera que la cena fuera solo una cena, el sobre iba a estar presente en cada bocado.

Había una limusina negra, larga y reluciente, parada frente al portal.

Selena se detuvo en el último escalón con una mano sobre la boca. Era una de esas limusinas que se ven en las películas de gánsteres, con cristales ahumados y el techo tan bajo que parecía un tiburón en reposo. Un hombre robusto, de unos cincuenta años, con uniforme gris y gorra de plato, esperaba junto a la puerta trasera con las manos cruzadas a la espalda y una expresión de profesionalidad impecable.

—Señorita Guzmán —dijo, con una leve inclinación de cabeza—. Soy Bernabé. El señor McFly me ha pedido que la lleve al restaurante.

—¿El señor McFly no viene?

—Está esperándola allí. Me pidió que le dijera que no quería presentarse a recogerla porque no estaba seguro de que usted quisiera que él supiera dónde vive.

Selena parpadeó. Era una consideración tan delicada que le desarmó por un segundo.

—Qué amable —dijo.

—Es un hombre muy considerado, a pesar de las apariencias —respondió Bernabé, y ella, que lo miró con atención, descubrió bajo la gorra unos ojos castaños, muy afectuosos, de alguien que llevaba muchos años cuidando a su jefe—. Le tengo mucho cariño. Lo conozco desde que tenía doce años.

—¿Desde los doce?

—Era un niño flaco, con el pelo siempre revuelto, y se escondía en el asiento de atrás para no tener que ir a las reuniones de su padre. Yo fingía que no lo veía.

Selena sonrió. Bernabé le abrió la puerta y ella se deslizó en el interior, un espacio de cuero color crema, con luces tenues y un olor sutil a madera y limpieza. Se sentó con el bolso sobre las rodillas y se alisó el vestido con las dos manos.

Antes de arrancar, Bernabé se asomó por la ventanilla del conductor.

—Señorita Guzmán.

—Dígame.

—Solo una cosa. —Dudó un instante—. El señor McFly lleva dos días de un humor que yo no le conocía. Se ha cambiado de camisa cuatro veces. Ha practicado frente al espejo del despacho. Le ha pedido consejo a su asistente sobre qué hablar en una cena. Y esta tarde se ha pasado una hora decidiendo si debía llevar flores o no. Al final ha decidido que no, porque dijo que usted parecía una persona que no se fiaba de las flores.

—No me fío de las flores —admitió Selena, con una risita.

—Eso mismo me dijo. Pero no me explicó por qué.

—Las flores se mueren.

Bernabé asintió, con expresión de profunda sabiduría.

—Es un argumento sólido —dijo, y arrancó.

El restaurante se llamaba Ámbar, y estaba en el último piso de un edificio de cristal en el centro financiero, con un ascensor panorámico que subía a toda velocidad y dejaba a Selena sin estómago. Cuando las puertas se abrieron, se encontró en un vestíbulo de mármol oscuro, iluminado por lámparas colgantes en forma de gota, con un mostrador de recepción atendido por una joven de moño perfecto y sonrisa quirúrgica.

—Bienvenida a Ámbar —dijo la joven—. ¿Tiene reserva?

—Creo que está a nombre de McFly.

—Por supuesto. El señor McFly la espera en su mesa. Permítame acompañarla.

Atravesaron una sala amplia y silenciosa, con mesas redondas cubiertas de manteles blancos, candelabros de plata y un ventanal inmenso que daba a toda la ciudad iluminada. Había parejas conversando en voz baja, grupos de hombres de traje brindando con copas de cristal fino, una pianista tocando algo suave en una esquina. Selena caminaba con la sensación de que cada paso hacía un ruido enorme sobre la moqueta mullida, y se sintió, de pronto, increíblemente fuera de lugar, una mujer de apartamento de cuarenta y cinco metros con un vestido de rebajas entre la gente que mide su vida en yates.




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