¡ Gemelos por Partida Doble!

CAPÍTULO 7: UN CAFÉ SIN CAFEÍNA Y UN ÁTICO CON DEMASIADO ECO

Austin McFly no durmió. Intentó dormir, que es distinto, y a las cuatro y veinte de la madrugada, tras haberse dado la vuelta en la cama dieciocho veces, haber contado ovejas hasta que empezaron a convertirse en bebés con gorrito y haber mirado el techo de su dormitorio como quien lee un manuscrito en un idioma muerto, se resignó y se levantó.

El ático donde vivía ocupaba la planta treinta y dos de un edificio que su propia empresa había levantado hacía seis años. Tenía doscientos metros cuadrados de suelo de roble claro, una cocina del tamaño de una pista de tenis, ventanales de techo a suelo desde los que se veía toda la ciudad y una decoración tan elegante y tan fría que a veces, cuando llegaba de noche y encendía la luz, se sentía el huésped de un hotel muy caro. Los muebles los había elegido una diseñadora de interiores a la que ya ni recordaba el apellido. Los cuadros, los había comprado por catálogo. La única cosa verdaderamente suya en todo el espacio era una lámpara de pie, torcida y fea, que había hecho su hermana Camila en una clase de cerámica a los quince años y que él se había negado a tirar.

Caminó descalzo por el pasillo, en camiseta y pantalones de chándal, con la ecografía apretada en la mano. Se sirvió un vaso de agua en la cocina. Se lo bebió de pie, mirando la ciudad a oscuras. Las luces de los edificios titilaban como una constelación aburrida.

—Cuatro —le dijo al vaso.

El vaso, de cristal tallado, no tenía opinión.

Se sentó en el taburete de la isla de la cocina, extendió la ecografía sobre la encimera de mármol y la alisó con la palma de la mano. La había mirado tantas veces desde que se despidió de Selena que los cuatro puntos se habían grabado en su cabeza con una nitidez casi alucinatoria. Los veía cuando cerraba los ojos. Los veía en el reflejo de las ventanas. Los veía incluso, y esto le parecía especialmente alarmante, en la espuma del café que no se había hecho.

Porque no se había hecho café. Se había quedado de pie frente a la cafetera, con la cápsula en la mano, recordando algo que Selena le había dicho en la cena, que le provocaba náuseas el olor, y sintió una punzada ridícula de solidaridad, como si su cuerpo, por pura empatía, hubiera decidido rechazarlo también. Dejó la cápsula sobre la encimera. Se preparó un té de manzanilla que encontró al fondo de un armario, regalo de alguna visita olvidada. Le supo a agua de charco. Se lo tomó entero.

A las seis y media, ya con el cielo teñido de un gris perla, comprendió que no podía seguir esperando a una hora razonable para llamar a nadie. Pero se había prometido llamar a Selena por la mañana, y la mañana, técnicamente, había empezado.

Se contuvo hasta las ocho. Fue la hora más larga de su vida adulta.

A las ocho en punto, ni un minuto antes, con un nudo en el estómago y el teléfono sudándole en la mano, marcó el número.

—¿Hola? —respondió una voz ronca, adormilada, increíblemente cálida.

—Soy yo —dijo él—. Austin. Ya sé que es sábado. Te he despertado.

—No, no. Estoy despierta. —Hubo un crujir de sábanas—. Bueno. Medio despierta. Estoy en esa fase en la que mi cuerpo se debate entre vomitar y desayunar, y todavía no ha tomado una decisión.

—Perdona. Puedo llamar más tarde.

—No. Me alegra que hayas llamado. —Una pausa breve—. Me alegra mucho, en realidad.

Austin sintió que algo se le aflojaba en el pecho. Apoyó el codo en la encimera y se frotó los ojos con la mano libre.

—¿Cómo estás? —preguntó.

—Estoy bien. Un poco mareada. Muy hambrienta. Con un hermano en el salón que, a juzgar por el olor, está preparando algo con mantequilla.

—Suena peligroso.

—Es una trampa deliciosa.

—¿Has dormido?

—Un poco. Dos horas, quizás tres. ¿Y tú?

—Nada.

—Vaya.

—He mirado el techo. Y la ecografía. Y la ecografía. Y el techo.

Selena soltó una risita suave.

—Yo hice lo mismo. Pero con el techo de mi habitación, que tiene una mancha de humedad en forma de conejo. Anoche me pareció que me guiñaba un ojo.

—¿El conejo?

—Es un conejo con mucha personalidad.

—Seguro. —Austin sonrió, sin darse cuenta, mirando la ciudad apagarse bajo la luz del día—. Llamaba para preguntarte cómo te sientes y para decirte que... que lo he estado pensando. Toda la noche. Y que lo que te dije ayer, lo de que no me iba a ir, sigue siendo verdad. A la luz del día. Con la cabeza fría.

Hubo un silencio al otro lado. Austin oyó la respiración de ella, lenta, algo temblorosa.

—Gracias —dijo Selena al fin, en un hilo de voz.

—No me lo agradezcas. Es lo mínimo.

—No es lo mínimo. Mucha gente se habría ido.

—Mucha gente es idiota.

Ella se rio, con esa risa ronca de la mañana que a él le provocó un pequeño vuelco en el estómago, y el resto de la llamada se les fue en cosas pequeñas y deliciosas. Ella le contó que su hermano llevaba una hora cantando reguetón mientras hacía un revuelto de champiñones. Él le contó que había intentado hacerse un café y se había rendido por solidaridad. Ella le dijo que no hacía falta tanta solidaridad. Él le dijo que no sabía hacerlo de otra manera. Hablaron del conejo de la mancha de humedad. Hablaron de las galletas saladas y del compañero de contabilidad y del lazo rojo del cactus, que se había terminado de desatar durante la noche y que ella había vuelto a anudar con un nudo marinero.

—¿Sabes hacer nudos marineros?

—Mi abuelo era pescador.

—Qué cosas me estoy enterando.

—Hay muchas más.

—Quiero oírlas.

El silencio que siguió fue breve y tibio. Austin cerró los ojos un instante, con el teléfono pegado a la oreja.

—Tengo que colgar —dijo ella al fin, a regañadientes—. Mi hermano acaba de gritar que el desayuno está servido y que si no salgo se lo come todo él.

—Ve. Come. Por favor.

—Por cinco.

—Por cinco —repitió él, y el número le supo a música rara.

—Te escribo luego.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies.