Hay silencios que duran un segundo y silencios que duran una vida. El que se instaló en el vestíbulo de la clínica entre Selena Guzmán y Austin McFly fue de los terceros, de esos que se estiran como un chicle bajo el sol hasta que alguien, por piedad, se decide a romperlos.
Fue Renata quien lo rompió.
—Qué casualidad —dijo en voz alta, con una sonrisa tan amplia que parecía haberla sacado de una caja de herramientas—. Qué casualidad tan, pero tan grande.
Selena le clavó el codo en las costillas sin mirarla.
Austin seguía de pie junto a las puertas de cristal, con una mano en el bolsillo del pantalón y el teléfono todavía en la otra. Se le notaba el desconcierto en la frente, en esa pequeña arruga vertical entre las cejas que, según había descubierto Selena aquella noche de la gala, aparecía cada vez que algo no encajaba en el plano de su mundo. Miró el cartel de ginecología. Miró a Selena. Miró otra vez el cartel. Y entonces, con una lentitud que habría resultado cómica en cualquier otra circunstancia, hizo la cuenta que cualquier hombre medianamente inteligente habría hecho: una mujer en una clínica de ginecología, un sobre blanco entre las manos, una amiga con cara de haber visto un fantasma.
Selena sintió que el mundo se le encogía hasta el tamaño de una moneda. Escondió el sobre detrás de la espalda con un movimiento tan torpe que Renata soltó un pequeño resoplido.
—Selena —dijo Austin al fin. Su voz sonó más grave de como la recordaba, o quizá solo más cautelosa—. Hola.
—Hola —respondió ella, y le salió un hilo de voz medio aflautado que la hizo desear con todas sus fuerzas ser una de las plantas decorativas de la sala de espera.
—Te escribí hace unos minutos. No esperaba... No esperaba encontrarte tan pronto. Ni aquí.
—Ni yo —admitió ella.
—¿Estás bien? ¿Es algo...? —Hizo un gesto vago con la mano, abarcando la clínica, el cartel, el aire con olor a lavanda—. ¿Es algo serio?
La pregunta, formulada con una preocupación genuina que ella no se esperaba, le dio un pequeño vuelco en el estómago. Había preparado mentalmente una versión de Austin McFly hecha de sarcasmo y arrogancia, un hombre fácil de resistir, y de pronto lo tenía delante con el ceño preocupado y un tono de voz bajo y sincero que no encajaba con esa versión.
—Es una revisión —mintió, y la mentira le salió con tanta soltura que se asustó de sí misma—. Una revisión de rutina. Las mujeres vamos a revisiones. Todo el tiempo. Es lo que hacemos. Cada seis meses. O cada tres. O según el mes.
—Según el mes —repitió Renata, con un asentimiento solemne—. Es verdad. Ella es muy rigurosa con eso.
—Ah —dijo Austin, y el alivio le suavizó los hombros—. Claro. Perdona. No quería ser indiscreto.
Hubo otro silencio, más corto. Un pez de la pecera, uno de esos azules que Selena había identificado como sospechosos, dio un coletazo contra el cristal y se alejó con aire ofendido.
—Y tú —dijo Selena, esforzándose por recuperar la compostura—, ¿qué haces aquí? Dijiste que estabas cerca de mi zona.
Austin se pasó una mano por el pelo, despeinándolo todavía un poco más, y por primera vez desde que había entrado pareció un hombre de carne y hueso en lugar de un maniquí de escaparate.
—Tengo una reunión a dos calles. Una obra que estamos supervisando. El coche iba a doblar la esquina cuando vi este edificio y me di cuenta de que tu dirección de trabajo, la que me dio la organizadora de la gala, no queda lejos. Le pedí a Bernabé, mi chofer, que parara un momento para escribirte. Pero se detuvo aquí porque aquí había sitio para detenerse en doble fila, y yo me bajé a mirar la dirección en el teléfono, y... —Se interrumpió, con una media sonrisa avergonzada—. Es una explicación muy mala. Lo sé. Parece una excusa. No me juzgues.
—Nadie te juzga —dijo Renata, con una dulzura sospechosa—. Todavía.
Selena le lanzó una mirada de advertencia.
—Renata, ¿por qué no vas a por unos cafés a la cafetería de al lado? —dijo con una sonrisa tensa.
—¿Cafés? ¿Ahora?
—Ahora.
—¿De los que se piden despacio o de los que se piden rápido?
—Despacio. Muy despacio.
Renata dejó la revista sobre una mesita, se levantó con una dignidad exagerada y le dio a Austin un repaso de arriba abajo que habría hecho sonrojarse a un general.
—Encantada de volver a verle, señor McFly —dijo con voz meliflua—. No nos conocemos. Pero he oído hablar muchísimo de usted. Sobre todo de su yate.
Austin parpadeó.
—¿Mi yate?
—Tiene un nombre interesante —dijo Renata, y salió por las puertas de cristal con la cabeza muy alta, dejando tras de sí una estela de perfume dulce y de incomodidad.
Selena se cubrió la cara con la mano libre. La otra seguía escondida detrás de su espalda, aferrando el sobre con tanta fuerza que las yemas de los dedos se le habían quedado blancas.
—Lo siento —murmuró—. Mi amiga es... intensa.
—Me gusta —dijo Austin con sinceridad—. Es honesta. En mi mundo, no hay mucha gente honesta.
—¿Y el yate?
Él soltó una pequeña carcajada seca.
—Lo bautizó mi padre. Mi padre tiene un sentido del humor extraño. El yate se llama Mi Segunda Esposa porque se lo compró a su tercera, durante el divorcio, y le pareció divertido. Yo lo heredé. Lo uso muy poco. De hecho, me mareo.
—¿Te mareas en tu propio yate?
—Soy un hombre de tierra firme, Selena. Los rascacielos no se mueven.
Ella se rio. No pudo evitarlo. Fue una risa corta, torcida, que se le escapó de la garganta antes de que pudiera contenerla, y notó cómo la tensión de sus hombros bajaba un par de centímetros. Austin sonrió con la comisura de la boca, esa media sonrisa suya que ella había intentado olvidar y que ahora aparecía de nuevo con una puntualidad escandalosa.
—Hay una cafetería con jardín en la parte de atrás de la clínica —dijo ella, antes de pensarlo mucho—. Si tienes diez minutos.
—Tengo todos los que quieras.
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Editado: 04.11.2026