El despacho de Raimundo Arteaga olía a madera vieja, a café recalentado y a tierra húmeda. Lo último se debía a que su dueño, un hombre incapaz de gritarle a un contratista pero capaz de hablar durante veinte minutos con un ficus, había convertido el alféizar del ventanal en una pequeña selva. Había helechos, una monstera con hojas del tamaño de una bandeja, un limonero enano que daba un limón al año y, en el centro, un ficus de aspecto distinguido al que llamaba Doña Perfecta y al que, según la leyenda del estudio, consultaba antes de aceptar cualquier proyecto.
—Pasa, Guzmán, pasa —dijo, sin levantar la vista de un plano—. Cierra la puerta. Y no te sientes en la silla de la izquierda, que tiene una pata coja y ya he perdido a un cliente por su culpa.
Selena se sentó en la silla de la derecha con el bolso sobre las rodillas. Dentro del bolso, el peluche de cactus le oprimía el costado como un pequeño recordatorio de que el mundo exterior seguía existiendo. Todavía le temblaban un poco las manos. Cuarenta minutos antes había oído cuatro corazones galopando en la penumbra, había visto llorar a un hombre con una corbata de rascacielos y se había despedido de él en la acera. Ahora estaba en un despacho lleno de plantas, a punto de hablar de proyectos urbanísticos, y la transición le provocaba un ligero mareo que no tenía nada que ver con las hormonas.
—Bien —dijo Raimundo, apartando por fin el plano y juntando las yemas de los dedos—. Tengo una noticia buena, una mala y una regular. ¿Por cuál quieres empezar?
—Por la regular.
—Una persona prudente. La regular es que el cliente ha adelantado la ronda de presentaciones. Teníamos hasta el viernes de la semana próxima. Ahora es este jueves.
—¿Este jueves?
—A las cuatro de la tarde. Cuatro estudios finalistas, cada uno con cuarenta minutos para presentar un esquema conceptual del complejo, sin planos definitivos, solo ideas. Una declaración de intenciones.
—Hoy es lunes, Raimundo.
—Lo sé. Es la parte mala.
—¿Y la buena?
—Que estamos entre los cuatro.
Selena se quedó muy quieta. Miró a su jefe, que sonreía con una expresión de niño al que han dejado entrar en una pastelería, y sintió que algo cálido y vertiginoso se le extendía por el pecho.
—¿Entre los cuatro?
—Entre los cuatro finalistas de la ciudad, sobre treinta y dos estudios invitados. Un estudio de doce personas que lleva veinte años diseñando oficinas de seguros y centros de salud. —Soltó una risa breve, casi incrédula—. Me han llamado esta mañana, a las ocho y cuarto. Una voz muy amable, un tal señor Montenegro. Me dijo que el comité había quedado muy impresionado con nuestro portafolio. Especialmente con el trabajo sobre luz natural.
Selena sintió que la sangre le subía a las mejillas. Montenegro. Gael. El nombre le rondó la cabeza un segundo y se perdió en la confusión del momento.
—¿Quién es el cliente? —preguntó.
—No puedo decírtelo todavía. —Raimundo levantó las manos con gesto de disculpa—. El acuerdo de confidencialidad incluye una cláusula muy estricta. Solo pueden conocer el nombre las personas que firmen un anexo. Ernesto lo está preparando. Tú firmarás uno, como directora del equipo de diseño, y yo otro, y el resto del estudio se enterará el jueves, cuando entremos por la puerta.
—Es un poco misterioso.
—Es un cliente de esos. Los grandes siempre son misteriosos. Hacen una lista de reglas más larga que un menú de boda. —Se inclinó hacia delante y bajó la voz—. Pero te diré una cosa. Es un proyecto con alma. No es otro centro comercial. Quieren un barrio. Con plazas, con patios, con viviendas pequeñas junto a las grandes. Han pedido expresamente propuestas que prioricen la luz y la convivencia. Dicen que están cansados de edificios que parecen anuncios de perfume.
Selena no respondió. Se quedó con los ojos fijos en el ficus, que desde el alféizar parecía observarla con aprobación. Patios. Viviendas pequeñas. Luz. Sintió un cosquilleo en las yemas de los dedos, el de las ideas que llegan antes de ser pensadas, y recordó de pronto un cuaderno de tapas de cartón, y un hombre sentado en el borde de su cama diciendo que quería construir una de aquellas casas.
—Raimundo —dijo, con la voz algo ronca.
—Dime.
—¿Y si usáramos algo de mis dibujos?
—¿Qué dibujos?
—Unos esquemas que hago por afición. Casas pequeñas, con patios. Podrían servir de punto de partida.
Raimundo ladeó la cabeza, con una sonrisa lenta.
—Guzmán —dijo—, llevas cuatro años en este estudio y es la primera vez que me dices que dibujas por afición.
—No me parecía importante.
—Todo lo que te sale con esa cara es importante. Tráelos mañana. Y no los escondas. —Se reclinó en la silla, cruzó los brazos y la estudió con atención de abuelo—. Por cierto, ¿estás bien? Te veo distinta.
—¿Distinta?
—Brillas. Como si te hubieran dado una buena noticia. Yo, cuando mi Pilar esperaba al primero, andaba por el estudio con una luz parecida.
Selena sintió que se le detenía el corazón. Abrió la boca, la cerró y logró esbozar una sonrisa torpe.
—Es la ventana —dijo—. Da el sol de lado.
—Será eso.
—Será.
—Bueno. —Raimundo se enderezó y volvió a su tono de capitán de barco—. Reúne al equipo. Quiero un concepto, tres imágenes y un guion de presentación para el miércoles por la noche. Lucía te ayudará con los renders, Marcos con la documentación, y a Begoña le darás cuanto te pida, que esa mujer tiene un ojo para las proporciones que no se aprende.
—Y un olfato que tampoco —murmuró Selena.
—¿Cómo dices?
—Nada. Que gracias.
Salió del despacho con los planos de la convocatoria bajo el brazo y una sensación mezclada, a un tiempo luminosa y pesada. Era el proyecto más grande de su carrera. Era también, y lo sabía mejor que nadie, un proyecto de meses. De años, tal vez. Un proyecto que exigiría presencia, presión, desvelos. Y ella llevaba en el vientre cuatro razones para dormir ocho horas. En el pasillo se detuvo un momento junto a la fotocopiadora, apoyó la frente en la pared fría y se dijo, con una firmeza que no sentía, que lo resolvería. Primero la presentación. Después, hablar con Raimundo, con calma, con el informe de la doctora delante. Y después ya se vería.
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Editado: 04.11.2026