La nota de voz duraba cuarenta segundos y los contenía todos. Selena la escuchó por tercera vez de pie en medio del salón, con el bolso todavía colgado del hombro y el teléfono pegado a la oreja, mientras Tomás la miraba desde el sofá con la expresión de un cirujano que acaba de comunicar un pronóstico reservado.
La voz de Dolores Guzmán llenó el apartamento con la energía de una locomotora en cuesta abajo.
—Hija, soy mamá. Te llamo porque he tenido una discusión muy fuerte con tu tía Magdalena, que me ha dicho que no podemos esperar al sábado. Ha sacado las cartas, y dice que el nueve de bastos le ha salido tres veces seguidas, y que eso significa urgencia. Tu padre dice que es una tontería, pero tu padre también dijo que lo de la gotera del tejado era una tontería y ya ves. Así que hemos decidido salir mañana a primera hora. Llegaremos el miércoles a mediodía. No te molestes en cocinar, que ya llevo yo empanadillas, tortilla y un cocido que he dejado a medias. Y la cuna. No me discutas lo de la cuna. Un beso. Cómete una fruta. Ah, y llevamos a Magdalena, que no se fía de dejar a los gatos solos con la vecina. Adiós. Adiós. Adiós. ¿Se oye? Ay, no sé si se oye. Adiós.
Selena bajó el teléfono. Se quedó mirando la pared, donde la mancha de humedad con forma de conejo la contemplaba con aire de haberlo sabido desde siempre.
—¿Ha dicho Magdalena? —preguntó.
—Ha dicho Magdalena.
—¿Y los gatos?
—Son cuatro. Se llaman Quevedo, Góngora, Lope y Calderón. Los trae en el coche, seguro.
—Son cuatro gatos.
—Cuatro, Sele. Hay cuatro de todo. Es una conspiración.
Selena soltó una risa corta, desesperada, y se dejó caer en el sofá junto a su hermano. Se quitó los zapatos con los pies, sin agacharse, y los envió al otro lado de la alfombra con un gesto de abandono total. Tomás le pasó un cojín. Ella lo abrazó contra el pecho.
—Mañana es martes —dijo—. Hoy es lunes. Pasado mañana mis padres, mi tía y cuatro gatos con nombres de poetas se plantan en esta casa de cuarenta y cinco metros cuadrados. Y el jueves a las cuatro de la tarde tengo la presentación más importante de mi vida.
—Sí.
—Ante un comité presidido por el padre de mis hijos.
—Que se va a abstener.
—Que se va a abstener, sí. Pero que seguirá siendo el padre de mis hijos.
—Eso no cambia.
—Es una cadena de catástrofes perfectamente sincronizada.
—Hay una manera de verlo —dijo Tomás, levantando un dedo—. Una manera positiva.
—Dímela.
—No se me ocurre.
—Qué útil.
—Estoy pensando.
—Piensa más rápido.
Tomás se frotó el mentón. Después, con una sonrisa que Selena conocía desde la infancia y que anunciaba invariablemente un desastre o una genialidad, aplaudió una sola vez.
—Austin tiene un ático de doscientos metros cuadrados.
—No.
—Cuatro habitaciones.
—No.
—Tres baños.
—Tomás.
—Y un cliente imaginario con un nombre que Gael puede inventar en cinco minutos.
—Mi madre se daría cuenta.
—Tu madre se da cuenta de todo. Pero también se emociona con las historias de gente que viaja. Si le decimos que el dueño del ático es un naviero retirado que está en Singapur y que ha prestado la casa a cambio de que alguien le riegue los helechos, se lo creerá. Lo adorará. Querrá enviarle una tarta.
—Dolores Guzmán no tiene un pelo de tonta.
—Dolores Guzmán tiene un corazón enorme y una imaginación todavía mayor. Es una combinación que se manipula con facilidad. —Tomás se detuvo—. Perdón. Con cariño. Se encauza.
Selena miró el techo. Respiró hondo. Alcanzó el teléfono y abrió la conversación con Austin, que a esas horas debía de estar de camino a su casa, con Gael todavía a su lado y el casco de bicicleta rebotándole en el regazo. Escribió, sin dar rodeos.
Mis padres llegan el miércoles a mediodía. Una semana antes de lo previsto. Y traen a mi tía.
La respuesta llegó antes de que terminara de dejar el aparato sobre el cojín.
Mi oferta del ático sigue en pie. Y Gael ya está redactando una biografía completa del señor Ambrosio Valdés, naviero retirado, viudo, aficionado a la filatelia, actualmente en Singapur.
¿Ya tiene nombre?
Lo ha tenido siempre. Dice que lo guardaba para una ocasión especial.
Selena escondió la cara en el cojín y se rio hasta que le dolieron las costillas. Tomás la miraba desde su lado con una sonrisa de oreja a oreja, con los brazos cruzados y las cejas muy altas, como un general que acaba de ganar una batalla sin disparar un tiro.
—Dile que sí —dijo.
—Ya le estoy diciendo que sí.
—Dile que vas a ir mañana a verlo.
—Eso no se lo he dicho todavía.
—Pues díselo.
—Tomás, no mandes en mi teléfono.
—No mando. Sugiero.
—Con mucha insistencia.
—Con amor fraternal.
Selena tecleó una respuesta. Aceptó. Añadió que quería ver el ático antes, para comprobar que no había nada que pudiera delatar la verdad. Esperó dos segundos y la respuesta llegó acompañada de una fotografía, tomada a oscuras, de una lámpara de pie torcida y fea, de cerámica vidriada de color verde, con una base que parecía un jarrón derretido.
Eso es lo único mío. Lo hizo Camila a los quince años. Ven mañana y te lo enseño.
Al otro lado de la pantalla, Selena sonrió con ternura.
Llamó a su madre a las nueve y media. Había pensado el discurso durante una hora, caminando de un lado a otro del salón, bajo la mirada atenta de Tomás, que le daba golpecitos de ánimo en el aire como un entrenador de boxeo, y lo ensayó tres veces en voz alta. Cuando por fin marcó, tenía las manos heladas.
—¡Hija! —gritó Dolores, al segundo tono—. ¿Te ha llegado mi mensaje? ¿Se oía? Tu padre dice que se oía todo mal.
—Se oía perfectamente, mamá.
—¿Seguro? Es que a veces el teléfono se traga las palabras. Yo te decía que llevamos cocido.
—Lo he oído.
—¿Y lo de Magdalena?
#2097 en Novela romántica
#590 en Otros
#272 en Humor
cuatrillizos, amor accion mentiras secretos familia, bebeabordo
Editado: 04.11.2026