Hasta el último respiro

La guía no autorizada para fracasar en un apocalipsis

Dos semanas después, los entrenamientos con infectados se habían vuelto una rutina. Una rutina horrible pero realmente no teníamos otra opción. La única que se había salvado de los entrenamiento era Sarah, que por lo que me había contado, Lawton quería que se involucre más con los soldados y ahora estaba encargada de vigilar la puerta con otras personas más.

La idea de que estos entrenamientos eran necesarios para nuestra seguridad era extraña. ¿Cómo es que nuestras vidas podían depender ahora de saber manejar armas y esas cosas? Suspiré y terminé de lavarme la cara, me di un rápido vistazo en el espejo y luego caminé hacia la puerta mientras me secaba las manos en el pantalón. Apenas puse un pie fuera del baño, una alarma ensordecedora resonó por todo el colegio. Me sobresalté y mi pulso se aceleró al escuchar los gritos seguidos de disparos.

Me asomé a la barandilla, junto a varias personas más, que salían de sus dormitorios. No era muy difícil adivinar qué es lo que estaba pasando pero aún así, ver a los infectados en los pisos inferiores corriendo de un lado a otro fue horroroso. Entre empujones y codazos, retrocedí y logré abrirme paso entre la gente que se acumulaba en la barandilla. A pesar de la maldita alarma, los gritos eran claros.

Tenía que pensar rápido en qué es lo que tenía que hacer y concluí que habían dos opciones:

1. Quedarme en este piso, encerrarme en el baño y esperar a que alguien nos salve

O...

2. Ir al primer piso, donde estaban mis amigos... y también la mayoría de infectados.

Oh, claro que iba a ir por la opción más suicida.

Arrugué la nariz al pasar al frente del baño.

Y ahí va el escondite perfecto.

En las escaleras principales la gente se iba aglomerando en un intento de bajar las escaleras.

¿Por qué quieren bajar? ¡Todos los zombis están abajo! ¿Son igual de suicidas que tú?

Fui por el pasillo que dirigía a las escaleras secundarias, esperanzada de que no hubiera tanta gente.

Celebré internamente al ver que no había nadie y comencé a bajar los escalones, apresurada. Tenía que pensar en lo que iba a hacer si no encontraba a mis amigos en el comedor. Maldita sea, había subido hasta el baño del quinto piso solo porque los otros baños estaban repletos y yo...

Frené de golpe cuando casi tropiezo con la montaña de sillas y mesas que bloqueaban mi camino. Me volteé y las dos personas que estaban detrás mío se dieron la vuelta sin pensarlo.

Por eso nunca usábamos las escaleras secundarias.

Eres una cabeza hueca.

Decidí quedarme en ese piso, así que caminé lentamente por el pasillo. Los gritos eran mucho más audibles que arriba. Tragué saliva y me acerqué al corredor principal. Apenas asomarme bastó para ver el caos.

Nuevo plan: ir por las escaleras principales y no morir en el intento.

Visualicé las malditas escaleras. La gente bajaba a empujones. Había soldados disparando a diestra y siniestra, pero los infectados les ganaban por número. Retrocedí un par de pasos cuando uno saltó sobre un hombre frente a mí y le mordió el cuello. Tapé mi boca para no gritar.

Concéntrate.

No entres en pánico.

1, 2, 3, respira.

Rodeé al pobre hombre y salí corriendo.

De alguna forma llegué viva al segundo piso, pero mi suerte se acabó rápido: alguien me empujó y caí al suelo. Maldecí en voz baja y me levanté con un dolor en las rodillas.

Y entonces algo me cayó encima, volví a caer pero esta vez con más fuerza. Apenas tuve tiempo de reaccionar: mis manos empujaban la cara del infectado, intentando mantenerlo alejado de mi cuello.

Voy a morir por estúpida.

Mis brazos estaban a punto de ceder ante la fuerza del infectado pero de repente, el peso desapareció y el infectado cayó a un lado. Volteé y vi a Lawton que había pateado al infectado, me levanté lo más rápido que pude. La mujer le disparó en la cabeza, pasé mis ojos de ella al charco de sangre que se comenzaba a formar. Lawton caminó hacia mí y me miró de arriba a abajo.

—¿Te mordió?

Intenté responder, pero en su lugar, un sabor amargo subió por mi garganta. Al darme cuenta de lo que iba a pasar, me aparté y vomité. Al terminar, limpié mi boca con la manga de la chaqueta. Me giré hacia Lawton, que me miraba con impaciencia. Negué con la cabeza.

—Ya te acostumbrarás —aseguró, mientras sacaba una daga de su cinturón—. Toma esto e intenta no morir. Abajo hay buses que van a otros refugios.

Ella no parecía afectada, ni por los infectados, ni por mí o mucho menos por el vómito. Como si todo esto ya se lo habría estado esperando desde hace tiempo.

Tomé la daga sin pensarlo más y la miré por última vez antes de que comenzara a disparar de nuevo.

Finalmente llegué al primer piso.

Y todo era un infierno.

Cadáveres e infectados por todos lados, habían restos de órganos esparcidos por el suelo y que por mi bien no quise reconocer, era como una maldita carnicería.

Insegura, apreté el mango de la daga y avancé hacia el comedor, esquivando como podía infectados y humanos por igual. En el fondo, algo me decía que no iba a encontrar a mis amigos ahí.

Alguien me tomó de los hombros. Grité sin querer y esa persona me empujó hacia uno de los salones vacíos.

—¡Scarlett!

—¿Sarah? ¿Estás bien? ¿Qué ha...? —Su uniforme militar estaba salpicado de sangre. Su cabello negro, atado en una coleta, estaba completamente desordenado.

—¿Has visto a Jackson?

—¡No he visto a nadie! —exclamé, alterada—. ¡Llevo media hora intentando bajar! Iba al comedor.

Ella me miró mal y me golpeó la frente.

—Idiota, la cafetería está infestada. ¿Estás en una misión suicida?

—¡¿Cómo se supone que iba a saberlo?! Yo solo quería encontrarlos y... —la miré con miedo—. ¿Sabes si salieron? ¿Están bien?

—No lo sé, pero creo que vi a Josh hace un rato, cerca de la puerta. Scarlett, tienes que irte de aquí. Yo voy a buscar a mi hermano.




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