El gato gris saltó a la barda del patio. Iskarion y su madre lo enterraron el día anterior, bien muerto, en un agujero a la orilla del terreno. Ahora el gato se lamía la tierra de las patas quebradas.
—¡Mira, mamá! —exclamó Iskarion, con una enorme sonrisa—. ¡Arreglé al gato!
Clemenxia corrió desde el otro lado, pálida, todavía cargando la cesta de sábanas lavadas. Iskarion trataba de tapar la fosa arrastrando la tierra con los pies.
Recordó la clase de religión cuando les dijeron que la necromagia no viene del Dios Solus. Por eso quemaban a los necromagos con sus familias.
—¡Iskarion! —gritó, casi sin aliento, y se detuvo de golpe—. Tú... ¿tú?
Clemenxia dejó caer la cesta y trató de levantar a su hijo para llevárselo, pero su enorme vientre embarazado ya le estorbaba. A Iskarion se le borró la sonrisa. Observó a su madre con sus grandes ojos oscuros.
—¿Mamá?
Se tapó la boca, en un intento de ahogar el grito. Clemenxia logró asentir con la cabeza. Dejando la canasta de sábanas tiradas, tomó a Iskarion con suavidad de un brazo y lo guio al cuartito de la servidumbre, donde apenas cabía el petate en que Iskarion, su madre y su hermanita dormían.
—¿Hice algo malo?
Se limpió las lágrimas. El miedo sobrepasó al cansancio. Tenía dos hijos, otro en camino, y ni una cripta a su nombre para ser sepultados.
—Estás chiquito para usar magia. Vamos con el capellán. De seguro puede sellarte, como a tu hermana.
Vistió a Iskarion con la mejor túnica, la del borde remendado con bordados. Ella se enfundó en las enaguas bonitas que usaba para ir a limpiar la capilla, y la cinta de nudos amarillos sobre su vientre porque no podía permitirse un cinto de pedrería amarilla. Deseó tener unas buenas sandalias para ambos, pero se consoló con el conocimiento de que al menos su hija mayor si traía sandalias en la escuela.
Ambos se inclinaron en el altar de la casa. Salieron de prisa antes de que los patrones se percataran que Clemenxia salió sin terminar de lavar las sábanas.
El pueblo de Madrigal bullía de actividad, bañado con la luz de Solus antes del mediodía. Por el empedrado de la calle principal campesinos jalaban carretillas de girasol y caña, algunos rezando.
Iskarion y Clemenxia conocían de corazón la capilla: como no tenía dinero para ofrendas, una o dos veces a la semana voluntariaban a limpiar los mosaicos y desyerbar su jardín de plantas medicinales. Modestísima en su construcción de ladrillos cocidos, el orgullo de Madrigal era cuán bien atendida la mantenían: siempre andaba alguna niña campesina tejiendo coronas de flores para las entesis, o un anciano esquelético fregando el suelo hasta dejarlo brillante, o una liberta como Clemenxia lavando los manteles del altar. Las mujeres también a veces daban otros servicios en la casa del capellán.
Dentro de la capilla, Clemenxia esperó hasta que el capellán terminara los Oficios del Mediodía. Ella e Iskarion se arrodillaron a rezar en la fila de atrás. El capellán fue directo a tocarle un hombro a Clemenxia en cuanto los pueblerinos se marcharon.
—Clemenxia —siseó Alaste con una sonrisa, que se borró al ver a Iskarion ahí—. ¿En qué puedo servirles?
Ella le respondió con una pequeña genuflexión.
—Capellán Alaste… Yo… he traído a Iskarion para que selle sus habilidades. No puedo pagarle por ahora, pero limpiaré dos veces a la semana en cuanto esté en condiciones si me acepta.
El capellán Alaste palmeó su hombro y le sonrió.
—Deja de preocuparte, mujer. Ya hablaremos de pago, que hasta ahora hemos arreglado eso bien —Alaste se agachó a ver a Iskarion—. ¿Así que ya tienes magia? ¿Me la puedes mostrar?
Antes de que Iskarion pudiera extender una mano y manifestar cualquier magia, Clemenxia lo pescó de la muñeca.
—Sanó al gato, que se peleó con unos perros. El pobre gato estaba casi muerto. Quizá es biomago como mi otra niña.
Alaste se puso de pie y se llevó tres dedos a la boca con el signo de Solus.
—¡Ah! ¡Alabado sea Solus! ¡Por fin ha nacido un sanador en Madrigal! Vaya, Clemenxia, que orgullo.
La mano de Clemenxia tembló sosteniendo la de Iskarion.
El capellán Alaste no perdió el tiempo e impuso sus manos sobre Iskarion. El niño dio un paso atrás.
—Está bien, Iskarion. No duele —explicó Clemenxia, y avanzó al niño hacia adelante—. Por favor, no te muevas. Si me ayudas, te doy un pan de naranja en la casa.
Iskarion asintió con la cabeza. Clemenxia le rogó a Solus que sus patrones no fueran a notar si de verdad les robaba algo de ese pan.
Alaste volvió a ponerle las manos en la cabeza a Iskarion.
Pero en lugar de una suave luz amarillenta cerrándose sobre el niño, la descarga luminosa se descompuso a su alrededor. Iskarion emitió un chillido y Alaste retractó las manos. En sus dedos surgían quemaduras negras y humeantes.
—Me falta canal de maná para la cantidad de magia de luz que se necesita —musitó Alaste—. ¿Estás segura que es la primera vez que lo usa?
Abrazó a Iskarion y le preguntó en voz baja, con un tono de voz que creyó sonaba más o menos controlado.
—Iskarion, ¿has hecho lo del gato gris antes?
El niño bajó la vista y se retorció las manos.
—Levanté moscas aplastadas… mariposas rotas… y un pajarito que mató el gato.
Los dos adultos observaron al niño por un momento.
—Mujer, esas no son sanaciones. Ya sabes lo que hace el Soledrión con los necromagos y quienes los encubren.
Clemenxia se dejó caer al suelo arrodillada. Las lágrimas le ganaron y rodaron por sus mejillas. Se tocó el vientre, donde el bebé dio tumbos.
—Por favor. Por favor —suplicó ella—. Mis niños son la luz de Solus en mi vida. Pagaré como usted me pida. Siempre lo he hecho.
El capellán se sentó en una de las bancas, con la cabeza entre las manos y sin dejar de observar el vientre de Clemenxia. Se hizo un tenso silencio, roto solo por el llanto de Clemenxia. Iskarion fue a arrodillarse junto a su madre y a tratarle de limpiar las lágrimas.