Lucian: Crónica del hijo sin nombre

Verdades

Luna dormía sobre su sillón. Después del papeleo que representó el suicidio del perro y el hecho de que había comenzado a investigar a Cerma desde el asesinato de Baruch Dunehoof, la tenía agotada.

Soñaba con el día anterior, soñaba cómo Rufus le había dicho que sus contactos le habían comentado que el perro suicida trabajaba para el clan del ojo.

—¿Tus contactos, Rufus? —le había preguntado Luna con un tono de sospecha—. ¿Son los mismos contactos que tenía Cerma?

Rufus, molesto, respondió:

—No me compares con él.

—Tú no eres un santo, Rufus —había espetado Luna.

—Y tú fuiste mi pecado —respondió Rufus, defendiéndose—. Pobre Yuri —agregó Rufus.

—¿Ahora te cayó la consciencia y no cuando lo hacíamos a sus espaldas? No tienes derecho a sentirte mal —había dicho Luna con mucho rencor hacia Rufus.

Rufus no respondió. Caminó hacia la salida. Antes de irse, dijo:

—Ni tú te entiendes, Luna.

Luna despertó al escuchar golpes en la puerta, sintiendo rencor por lo que había dicho Rufus, pero olvidando lo que ella le había respondido durante un momento, desconcertada por despertar de pronto.

Volvieron a tocar la puerta. Con mal humor, Luna se levantó para abrirla. No se preocupó por el hecho de que no traía pantalones.

Al abrir, se encontró con la imponente Irina, pero la niebla de su sueño le hizo ver a Yuri por un momento. Se quedó paralizada, reconociendo a la tigresa, que amablemente preguntó:

—¿Es un mal momento, gatita amable?

Luna respondió con calma:

—No, Irina, estaba dormida. No era un sueño agradable.

—Lo digo porque está en calzones, gatita amable.

Luna, al notar esto, se sonrojó. Fue rápidamente a buscar su pantalón, invitó a Irina a entrar y le pidió cerrar la puerta tras de sí.

Irina obedeció. Se sentó un poco incómoda en el sillón de Luna, viendo muchos papeles regados en el piso de la sala, sin un orden aparente. La tigresa notó en el piso la foto de una gata joven, o eso parecía; era una cachorra con hermosos ojos verdes y una sonrisa familiar para Irina.

Luna apareció ya con pantalones y dos tazas de café en las manos frente a Irina.

—¿Qué te trae tan temprano? —preguntó, dándole una taza.

—¿Quién es esta cachorra tan linda, gatita amable?

Luna, nerviosa, le quitó la foto de las manos diciendo:

—Mi… mi sobrina —ocultando la foto bajo documentos sobre su mesa de centro—. ¿Qué dices que te trae por aquí? —agregó con una sonrisa muy falsa.

Irina sacó el billete y se lo entregó a Luna.

—Lo evalué con calma y creo que esto hará que respondas mis dudas, gatita amable —dijo Irina.

Luna abrió sus ojos al ver la marca del ojo sobre la pirámide.

—¿Cerma quería que yo viera esto?

Irina afirmó con la cabeza.

Luna se quedó observando el desorden del piso de su sala y dijo:

—Sabía que Cerma trabajaba con el clan del ojo, lo sabía.

Irina la observaba en silencio.

—Pero eso ya lo sabía Rufus —le dijo Irina después de un momento.

Contrario a lo que pensaba Irina, Luna reaccionó tranquila. Suspiró, se levantó del sillón y, tomando su café, dijo:

—Me imagino que quería proteger a su mentor.

Al ver la cara de Irina, continuó explicando:

—Cerma fue nuestro mentor. Había sospechas de que era corrupto, pero nunca se comprobó nada. Probablemente Rufus siempre lo supo —siguió caminando por su sala, bebiendo su café, pensando.

—¿Por qué odias a Cerma? —preguntó Irina directamente.

Luna se sobresaltó. No respondió al momento, pero se apresuró a mentir:

—Es que él… me arruinó varios arrestos por su corrupción.

Al decir esto, Luna recordó el día en que Yuri la confrontó por serle infiel con Rufus. ¿Cómo se había enterado Yuri? La respuesta: Cerma.

«Como casi toda respuesta últimamente», pensó Luna.

Sintió el mismo asco por sí misma al mentirle a Irina que el que sintió al mentirle a Yuri. Resonó en su mente lo que le había dicho Rufus: «Ni tú te entiendes», se repitió.

Irina se dio cuenta de que la gata mentía, pero la dejó ser.

—¿Qué sigue, gatita amable?

—Llámame Luna, por favor.

Irina asintió sin repetir la pregunta, pero con mirada inquisitiva.

Luna reflexionó un rato, hasta que llegó a la opción obvia para ella:

—Vamos a visitar a Don Lucas.

Irina, después de un silencio, preguntó:

—¿Quién es Don Lucas?

Mientras esto sucedía, Cerma salía furioso de la casa de su padre, siendo seguido por este. Gritaba a pesar de que el arrabal se encontraba lleno de animales, algunos tirados en el piso, drogados o ebrios a esas horas.

—¡¿Cómo pudiste venderle el libro a Don Lucas?! —gritaba Cerma.

Su padre lo seguía diciendo:

—No es como si hubiera tenido opción. Nadie le dice que no al líder del clan del ojo.

Cerma iba a seguir gritándole a su padre cuando, frente a él, un mapache adulto se doblaba de forma dolorosa sobre su espalda, en un éxtasis extraño.

—¿Y a este qué le pasa? —preguntó Cerma.

—Es una droga del clan del ojo, se llama Lágrima.

Al decir esto, Filoctetes le señaló a un grupo de mapaches que, con un gotero, ponían en sus ojos una sustancia, doblándose igual que el mapache frente a él a los pocos segundos.

Cerma se encogió de hombros y siguió su camino, pero se detuvo al ver que su padre no lo seguía. Regresó y lo tomó del brazo violentamente, diciendo:

—Vas a venir conmigo. No voy a enfrentar a ese psicópata yo solo.

—¡Hijo, no! —gritó Filoctetes aterrado—. No sabes de lo que es capaz ese simio.

—Claro que lo sé, viejo —respondió Cerma, repitiendo con gesto sombrío y mirada hueca—. Claro que lo sé.

Llegando a la estación del tranvía, aventó a su padre al primero que pasó, subiéndose detrás de él.

Filoctetes rogaba y lloraba:

—¡Por favor, hijo, por mis nietos, no me lleves con Don Lucas!

—¡Tus nietos están muertos, viejo! ¡Cállate o te rompo la cara!



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En el texto hay: animales antropomorficos, detecive

Editado: 28.09.2026

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