Lucian: Crónica del hijo sin nombre

Los hijos de dios

Cerma entró a la comisaría seguido por Irina y Filoctetes. El viejo mapache llevaba el libro como si cargara a un bebé, temeroso de soltarlo o perderlo.

El recinto era un desastre, un hormiguero caótico. Hasta el jefe Snout, sufriendo en su silla debido a su gordura, estaba presente en la sala común, dando órdenes que nadie seguía. El capitán Vixen andaba de un lado a otro, saltando entre los escritorios y coordinando las acciones.

Luna vio entrar al trío y enseguida se abalanzó sobre ellos, hablando de manera atropellada. Cerma y compañía no entendieron nada.

—Espera, Luna —dijo Cerma—, más despacio.

La gata, como única respuesta, les pidió que la siguieran. El trío la siguió, esquivando policías y delincuentes, bajando hacia la morgue.

Sobre dos planchas de exploración, el enorme cadáver de la bestia que mataron Rufus y Luna era explorado por un asustado forense, un ratón gris con gruesos lentes de pasta que se resbalaban sobre su nariz.

—Doctor Murin —comenzó a decir Luna—, explíqueles a mis colegas lo que me dijo a mí.

Luna señaló a Cerma y compañía al decir esto.

El aludido volteó sorprendido ante el tamaño de Irina, pero concentrándose de nuevo en la bestia amorfa frente a él, aunque se distraía constantemente observando a Cerma.

—Ni yo mismo estoy seguro. Este animal muestra indicios de sobredosis de lágrima, pero… lo extraño es que… su fisionomía, su biología interna, no se parece a nada que yo hubiera visto antes.

—En nuestro idioma, doc. —dijo Cerma, asimilando lentamente el parecido del gesto de esa bestia asesinada con el de Yuri varios años atrás.

—Creo que… la lágrima lo mutó.

Se hizo un silencio profundo en la morgue.

Filoctetes, desde que entraron, había empezado a hojear el libro. Estaba seguro de haber visto algo similar a lo que tenía frente a él.

—No estoy comprendiendo lo que insinúa, doc. —dijo Cerma, con un gesto de aprobación de Irina—. ¿Quién haría algo así? —preguntó Irina.

La respuesta del doctor Murin fue directa y demoledora:

—Eso les toca descubrirlo a ustedes.

Cerma le dio una palmada a Irina, mostrando una sonrisa de acuerdo.

El viejo mapache interrumpió el diálogo, abriendo el libro sobre el enorme pecho ensangrentado de la bestia.

—Aquí —dijo, señalando un dibujo de un simio sin pelo en la misma posición de la bestia.

Junto a esta imagen, una letra amplia y muy diferente a la de Rodion, notó Irina, describía la imagen, dejando una serie de números y letras incomprensibles.

El Dr. Murin casi reptó hacia un anaquel lleno de libros y libretas. Tomando una de las libretas, comparó sus notas con lo del libro y, sorprendido, dijo:

—Es muy similar a la composición de la lágrima.

Al decir esto, el grupo volteó a ver al ratón.

—¿Puede leer lo que dice? —preguntó Cerma, sorprendido.

—No, sólo distingo el lenguaje químico, pero… es algo demasiado avanzado para nosotros. Es casi imposible hacer algo así con la tecnología actual, pero…

Señalando el cuerpo de la bestia, continuó:

—Tenemos esto, aunque se supone que es imposible.

Cerma y su grupo entendieron: tenía que traducir el libro.

El grupo salió de la morgue directo al caos de la comisaría. Cerma iba a preguntar por Rufus, pero lo vio acercarse, con expresión tensa.

—El Clan del Ojo nos está confrontando en cada esquina. Apenas podemos con esto —dijo el perro, agitado.

Cerma ni se inmutó.

—¿Y? Es tu trabajo, ¿no?

Irina lo miró con reproche. Dio un paso al frente.

—¿Podemos ayudar, Rufus?

Cerma observó el caos a su alrededor, los policías, los gritos y a Filoctetes abrazado al libro como si le fuera la vida en ello. Sabía que no podía postergar más la decisión.

—Irina, quédate con Luna y Rufus. Nosotros iremos a traducir el libro.

Ella lo miró con duda.

—¿Estás seguro, jefe?

Cerma asintió, señalando a los detectives.

—Fueron mis novatos. Saben muchas de mis técnicas. Te guiarán bien. Cuídalos.

Irina hizo un saludo militar. No lo rompió hasta que Cerma y Filoctetes desaparecieron entre el desorden.

Mientras tanto, los policías forcejeaban con un gorila que se resistía a entrar a su celda. Rufus y Luna seguían sin procesar lo que acababa de pasar.

—No quiero ofender —dijo Luna—, pero no tenemos tiempo para enseñarle a Irina a ser detective.

La tigresa ya había noqueado al gorila de un solo golpe y lo arrastraba como si nada.

—Puede que ella nos enseñe algo a nosotros —murmuró Rufus.

—Por lo menos a ti sí —respondió Luna, cruzándose de brazos.

Rufus frunció el ceño, confundido.

—Tengo que irme por mi… sobrina, ¿recuerdas? Lo pedí desde hace meses.

—Ah, claro —respondió Rufus, sarcástico—. Voy a cambiar a la gata esquelética por la tigresa musculosa. Uy, qué enfadado estoy.

Luna lo tomó del cuello y le siseó:

—Deja en paz a Irina.

A su alrededor, los policías ya vitoreaban a la tigresa. En dos rugidos y varios puñetazos, Irina había devuelto el orden a la comisaría.

Cuando Irina regresó con Rufus, Luna ya se había ido. El perro le ofreció a la tigresa un revólver, Irina miró el metal frío del arma por un segundo, sintiendo un peso antiguo en la boca del estómago, y apartó la mano con suavidad.

—He visto que son más efectivos mis puños en esta nación, Rufus —miró alrededor, preguntando—. ¿Y Luna?

—Tiene un compromiso familiar.

Caminando a la salida, Rufus le gritó al capitán Vixen:

—¡Vamos a «platicar» con Héctor!

Toda la comisaría se burló, pero, al ver que lo seguía la tigresa, guardaron silencio con respeto. El capitán Vixen respondió:

—No se extralimiten.

Irina caminaba detrás de Rufus, observándolo en silencio. El perro se detuvo, la miró por encima del hombro y le hizo un gesto para que caminara a su lado.

—¿Qué les dijo el forense? —preguntó, con auténtico interés. No había estado presente y quería entender qué tanto sabían.



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En el texto hay: animales antropomorficos, detecive

Editado: 19.10.2026

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