Al día siguiente, Cerma acompañaba a Luna y a Rufus a la salida. Irina lloró hasta quedarse dormida, algo comprensible para todos.
—Al final, ¿a qué vinieron ustedes? —cuestionó Cerma a los dos detectives, ebrios y desvelados.
—Vinimos a pedirte ayuda, Cerma —dijo Luna.
El gesto de incomodidad de los detectives al decir esto fue muy evidente para Cerma.
—¿Mi ayuda?, ¿en qué? —preguntó el híbrido, arqueando las cejas.
Cerma estaba bastante divertido con esta petición.
Haciendo un gesto de fastidio, Rufus dijo:
—Fue muy claro que conectaste con Héctor. Tal vez puedas acercarte a él lo suficiente para capturarlo.
Cerma se rio a carcajadas.
—Nadie conecta en realidad con un psicópata parricida —dijo cuando dejó de reírse—. Sólo le di una justificación para que pudiera hacer lo que él deseaba.
Rufus y Luna se dieron cuenta de que Cerma hablaba mucho... pero revelaba poco.
—Ustedes pueden, cachorros —les dijo, acariciando sus mejillas, evidentemente borracho—. Busquen lo que desea Héctor y explótenlo.
Se dio la vuelta y caminó a la entrada del edificio.
Antes de entrar, dijo:
—Y no se vuelvan a tocar sus genitales.
Remató entrando al edificio con una carcajada, sin dejar que le respondieran.
Rufus y Luna se miraron sorprendidos.
—¡¿Nos acaba de rechazar este borracho inmundo?! —preguntó indignada Luna.
Rufus se quedó pensando.
—Creo que tiene razón. O investiga lo de Irina o nos ayuda; no puede hacer las dos cosas y, en honor a la verdad, es nuestro trabajo, no el de él —dijo Rufus después de que se pusieran a caminar hacia la comisaría.
Luna, molesta, gruñó:
—Ahora resulta que estás enamorado de Cerma.
Rufus, con un siseo, respondió:
—No seas imbécil, Luna. Sabes que tengo razón. Además, aunque así fuera, perdiste tu oportunidad para sentir celos hace mucho.
Luna sólo guardó silencio.
Mientras caminaban, Luna y Rufus vieron a un mapache vendiendo «lágrima» en una esquina sin tener ningún cuidado en absoluto. Los detectives se miraron, se encogieron de hombros y, caminando hacia el mapache, sacaron sus armas, sólo para tener que agacharse al ver cómo un simio le disparaba al mapache.
Ocultándose detrás de un auto, la pareja de detectives suspiró con fastidio. Cuando el simio pasó cerca del auto, Luna le disparó en una pierna y Rufus fue a verificar que el mapache estuviera muerto.
El perro se sorprendió al ver que el mapache no tenía el tatuaje del Clan del Ojo debajo de su palma derecha, lo que ellos sabían era que sólo el Clan del Ojo podía vender la lágrima.
Le mostró a Luna el brazo del mapache muerto. La gata se acercó lentamente al simio que se retorcía de dolor en el piso.
—¿Y bien? —preguntó Luna—. ¿Vendrás por las buenas o por las malas?
Sacando sus esposas, Luna notó cómo el simio la veía con ira y dolor.
Un rugido atronador sonó por toda la calle. Todos los animales cercanos voltearon a ver en dirección al rugido. En la cornisa de un edificio, una enorme masa de músculos bramaba con furia. Los detectives se miraron con sorpresa.
—¿Qué animal es ese? —preguntó Rufus a una Luna que no podía hablar de la sorpresa.
El animal parecía la combinación desafortunada de varias especies: pelos de simio, orejas y hocico, una garra en una de las palmas y una mano de gorila en la otra; un desastre indefinible de animales combinados, como en el sueño febril de un adicto a la lágrima.
El animal saltó del edificio. Rufus se dio cuenta de que caería cerca de él y corrió hacia Luna, quien, paralizada, no pudo notar que el simio se levantó como pudo y huía sosteniéndose en los automóviles.
—¿Qué hacemos? —preguntó Luna por fin, desesperada, viendo cómo el monstruoso animal caía sobre el mapache muerto y comenzaba a comérselo.
Rufus comenzó a disparar por miedo. Luna lo imitó.
Aunque las balas sí afectaban al animal, este cargó contra ellos, arrojándoles lo que quedaba del cuerpo del mapache.
Luna y Rufus lograron esquivar el cuerpo. Rufus se quedó sin balas, ocultándose detrás de otro automóvil, y empezó a recargar su revólver, mientras Luna seguía disparando al animal.
A punto de alcanzar a Luna, Rufus salió de su cobertura y, disparando, gritó:
—¡Luna, llama a la comisaría, pide refuerzos!
Corrió para que el animal lo persiguiera.
Luna, al ver esto, deseaba seguir a Rufus, pero dejó de lado sus dudas y echó a correr hacia la cabina de teléfono más cercana.
Rufus se encontraba acorralado en un callejón. El animal cargaba a toda velocidad contra él. Observando el callejón, pudo ver un enorme contenedor de basura. Intentó esconderse tras él, pero el animal enseguida lo encontró, intentando alcanzarlo con sus brazos deformes.
Rufus escuchó un rechinido y vio cómo un auto a toda velocidad estrelló al animal contra la pared del callejón, aprisionándolo.
Luna salió del auto tambaleándose, preguntando a Rufus si estaba bien en el proceso.
El perro, respirando con dificultad, asintió con la cabeza y se acercó, junto con Luna, al enorme animal que se retorcía detrás del automóvil que lo aprisionaba.
Luna habló. Su voz temblaba:
—¿No se parece a lo que le pasó a Yuri?
Rufus levantó su revólver y, de un certero disparo entre los ojos, mató al animal.
En ese momento, escucharon las sirenas de los refuerzos. De las patrullas bajaron animales sorprendidos. El detective Brown, al ver al animal, devolvió el contenido de su estómago.
—¡Brown, por favor! —exclamó Luna, dirigiéndose al bulldog, pero miró aterrada a Rufus.
—Apenas me estoy dando cuenta de que hicimos esto completamente ebrios —dijo Rufus.
Luna empezó a reírse. Pronto Rufus se le unió, bajo las miradas horrorizadas de los policías y el detective Brown.
En la casa de Cerma, Irina seguía recostada en la cama. Filoctetes la observaba e intentaba hablar con ella: