Cerma llevaba bebiendo casi dos semanas sin parar, mientras el mundo seguía girando.
Se había negado rotundamente a llevarle el libro a su madre, una cerda cruel e insensible, pensaba Cerma, mientras Irina se encargaba de atender el negocio y limpiar la vivienda.
Irina ya había salido un par de ocasiones a investigar por su cuenta las desapariciones de algunos animales, fracasando estrepitosamente por la falta de experiencia y habilidades detectivescas con las que sí contaba Cerma.
Filoctetes había decidido quedarse con su hijo; para Cerma, eso se había sentido como contraer parásitos. Todos los días, Filoctetes llegaba con objetos robados que luego Irina se encargaba de regresar a sus dueños. Filoctetes justificaba esto diciendo que estaba ayudando a Irina a mejorar sus habilidades como detective.
Irina y Filoctetes veían a Cerma preocupados; no se movía de su escritorio, bebiendo sin freno, aunque no le decían nada. Cerma sentía el juicio en sus miradas.
Mientras esto pasaba, Bestiópolis se había convertido en un campo de guerra. Héctor, convertido en el nuevo Don del Clan del Ojo, contrario a lo que había sido su padre, había dejado de lado la discreción y las sombras para convertirse en una figura visible que, de manera directa, hacía sus negocios en pleno día, haciendo muy popular una versión adulterada de la Lágrima.
La policía, ahora sin el soborno de Don Lucas, empezaba a perseguir al Clan del Ojo por fin, provocando brutales enfrentamientos en las calles; las balaceras eran cosa de todos los días.
Rufus y Luna habían caído de cabeza en todo ese caos, llenos hasta el borde de casos de tráfico y violencia, enfrentándose directamente al Clan del Ojo.
—Todos estos simios están fanatizados —dijo Luna a Rufus en una comisaría llena de simios y mapaches que repetían su mantra: «Confiamos en Dios».
Rufus solo la vio cansado; aún se notaba que Luna no se había recuperado del todo de su herida en el hombro.
—Limpiar una ciudad tan podrida se lleva su tiempo, no importa su fanatismo —respondió mientras sometía a un simio que intentaba liberarse de las esposas.
—Claro que importa, Rufus; esta es una secta que mata y muere por su líder. Tenemos que ir por Héctor.
—Claro, ¿y luego buscamos a ese dios y lo arrestamos? No seas ridícula, Luna. Héctor siempre ha sido un psicópata paranoico que no deja entrar a nadie a su círculo.
—Tal vez a… Cerma sí —respondió Luna.
Rufus la vio molesto.
—¿Ahora sí te agrada el corrupto? —preguntó con un gruñido el perro, que ya quitaba de su escritorio al simio desmayado.
—Tú viste cómo influenció a Héctor y Don Lucas no paraba de decir que Dios quería vivo a Cerma.
Rufus se quedó pensando.
Irina vio cómo la puerta de la oficina se abrió; era otra madre preocupada por la desaparición de su hija, la número cinco en esa semana. Con un discurso similar cada vez, Cerma, muy ebrio, repitió sin nada de respeto el discurso:
—«Ña, ña, ña, mi hija desapareció, la policía está saturada, solo usted puede encontrarla».
Luego se echó a reír. Irina, muy molesta, le tomó los datos a la madre y le prometió encontrar a su hija sin costo.
—Ahora ya eres una religiosa, gata gorda —dijo Cerma.
Irina, furiosa, le rugió a Cerma diciendo:
—¡Respeta el dolor de los animales! ¿O no sabes lo que es perder a alguien?
Cerma la observó con ira; estaba a punto de llorar, pero, en su niebla alcohólica, le arrojó la botella que traía en la mano. Ante esto, Filoctetes intervino, dándole un fuerte puñetazo a su hijo.
—¡Irina te ha obedecido y acompañado hasta el infierno!
Irina no había salido herida a pesar de que la botella le pegara en el ojo que aún no se recuperaba del todo, pero lloraba en silencio por la conducta de Cerma.
Apuntando con su largo dedo a Cerma, Filoctetes seguía gritándole:
—¡Fue horrible lo que te pasó, pero le debes a esta tigresa tu respeto! ¡Que a mí me lleve el carajo si quieres, pero a ella la respetas! ¡Lechoncito cagón!
Cerma se sintió apenado; su padre lo regañaba como cuando era pequeño, pero le dolía más saber que tenía razón.
Se levantó del piso, le dijo a Irina aún ebrio:
—Déjame bañarme y comer algo; te acompañaré a buscar a esos animales desaparecidos.
Irina no respondió.
Filoctetes se acercó a Irina diciendo:
—Disculpa a mi hijo, es igual a su padre.
—Solo deseo que me ayude a encontrar a Rodion. Lo vi en la mansión del Clan del Ojo, no se veía bien, parecía... perdido.
Filoctetes le dio un largo abrazo, que Irina agradeció.
Cerma salió del edificio aún un poco aturdido, seguido de cerca por Irina. La calle olía a pólvora y sangre; era constante ver a los animales en el viaje retorcido de la lágrima. Cerma se sorprendió por un momento, pero se acostumbró rápido.
—¿Seguro que su padre estará bien solo, jefe? —preguntó Irina después de un momento.
—No hay nada de valor, no te preocupes, seguirá ahí cuando volvamos.
Hundido en sus pensamientos, aún algo ebrio, preguntó:
—¿Los animales desaparecidos?
Irina lo observó sin comprender.
—Sus rasgos, sus características sociodemográficas.
Irina lo observó ladeando la cabeza. Cerma, con fastidio, preguntó:
—¿La inteligencia que recabaste de los civiles desaparecidos?
Irina por fin entendió.
—Cinco hembras, todas de 20 años. Son de diferentes barrios de clase baja; su ausencia no es prioridad para la policía.
—¿Sus razas?
—Todas diferentes: mapache, cerdo, perro, simio y borrego.
Cerma se quedó pensando mientras caminaba sin rumbo, o eso creía, hasta que se encontró frente a un bar.
—Sondemos el chiquero, Irina. Quédate cerca —dijo Cerma, entrando al bar seguido por Irina, que en esta ocasión sí pudo entrar al establecimiento debido a sus anchas puertas.
Dentro del bar, animales de diversas especies charlaban bajo la música estridente de una rocola. Cerma se acercó con Irina a la barra; todos los animales guardaron silencio al ver a la tigresa. Algunos de ellos la veían con ira, otros con miedo. Irina los ignoraba.