Cerma pensaba en el día que un tigre amarillo, enorme y con cara de bonachón, entró a la comisaría buscando al jefe Snout.
Transferido de comisaría en comisaría desde Urzías hasta Bestiópolis, Yuri siempre había deseado trabajar en una gran ciudad. Cerma lo veía con calma, mientras los oficiales Rufus y Luna, novatos en ese entonces, lo veían con admiración.
—¡Qué grandes son los tigres! —había dicho Luna.
Rufus y Cerma la miraron de forma inquisitiva.
—De estatura, quise decir —replicó Luna.
—Nadie pensó otra cosa, novata —había respondido Cerma, mientras Rufus se reía.
Irina interrumpió a Cerma:
—Eso no me importa, dime qué pasó, cómo murió.
Estaban los cinco alrededor de Irina; se podía sentir la vergüenza de los tres animales. Filoctetes estaba por completo del lado de Irina.
—Asignaron a Yuri como mi compañero; no pasó mucho antes de que nos hiciéramos amigos —siguió diciendo Cerma, notando la molestia de Irina—. Tienes que escuchar la historia completa —continuó—. Era muy listo, pero muy ingenuo; no me costó trabajo ocultarle que trabajaba para el Clan del Ojo.
—¡Lo sabía! —exclamó la gata, a lo que el resto dijo al unísono:
—¡Ya supéralo, Luna!
—No pasó mucho tiempo antes de que… se hiciera novio de esta gata —dijo Cerma, señalando a Luna y guardando silencio.
Irina cruzó los brazos, impaciente.
—Les toca —dijo Cerma, tomándose su trago y pidiéndole más a su padre.
Luna y Rufus empezaron. Rufus estaba terriblemente sonrojado.
—Sólo quiero que sepas, Irina, que nunca sentí nada por Luna.
Ambas hembras preguntaron con ira:
—¡¿Qué?!
Rufus las miraba de forma alternada.
—Es que… ella me gusta, Luna.
—No estamos para eso ahora —dijo Irina.
Luna se decidió por fin; al ver que Rufus no comenzaba, dijo:
—Después de varios meses, empezamos a salir Yuri y yo… —Cerma hizo una trompetilla de burla, Luna lo ignoró, siguió hablando, visiblemente incomoda—, pero él… casi nunca tenía tiempo para mí y…
—Clásico —dijo Cerma—, el cornudo es el culpable. «Me dejaba sola» —dijo Cerma, fingiendo voz femenina—. Lo hicieron por calientes.
Rufus y Luna vieron con ira a Cerma. Irina se enfurecía cada vez más.
—Cerma, no tienes derecho —dijo Luna.
Pero este le espetó:
—¿Y qué querías que pensara o sintiera después de ver a mis novatos teniendo sexo en el almacén? La novia de mi mejor amigo con el novato más «honorable» del cuerpo —agregó Cerma, burlándose.
—Tenía que decirle a Yuri —la voz de Cerma era sombría, rencorosa.
Irina veía sorprendida a Rufus y Luna.
—Pe… pero yo sí amaba a tu hermano, Irina.
La tigresa sólo le pidió que se callara.
—Eso es… horrible, pero no explica lo que le pasó a mi hermano —dijo Irina con la sangre fría que le prestaba su entrenamiento militar, aunque quería arrancarle la cabeza a Rufus y este lo intuía por las miradas que le lanzaba la tigresa.
—En parte sí —dijo Luna—. Ya no fue el mismo; nunca terminó la relación, pero… trabajaba más que antes, se comprometía más, pasaba noches sin dormir, se arriesgaba sólo a lugares muy peligrosos —dijo Luna con culpa.
Luna iba a decir algo más, pero se mordió los labios, visiblemente afectada. Rufus notó el detalle; era algo distinto, algo más a lo que se hablaba en ese momento, pero el perro prefirió seguir con la plática.
—Y luego, empezaron a desaparecer los animales —dijo Rufus, pidiéndole una tercera ronda a Filoctetes, quien veía todo esto intrigado y enfadado.
—Las mismas características que nos contaron en el bar, Irina —terció Cerma, cruzando los brazos—: animales jóvenes, todos en edad reproductiva, todos mutilados como si hubieran intentado comerlos. Yuri se aventuró solo a buscarlos cuando descubrió el área donde desaparecían constantemente: las granjas del norte de la ciudad.
Irina lo miraba intrigada, aún furiosa.
—Continúa.
—Regresó una noche, balbuceando cosas sobre tu hermano, animales horribles y muerte. No me dejó ayudarle; dijo que era un asunto familiar.
—Seguimos investigando hasta que descubrimos a un animal con heridas más brutales y… evidencias de abuso sexual —dijo Rufus con esfuerzo.
—¡¿Qué?! —preguntó Irina, confundida.
Filoctetes se llevó las manos a la boca. Después de tomar otro trago, preguntó:
—¿Eso qué tiene que ver con Yuri?
Los tres animales se voltearon a ver.
—No supimos de Yuri en una semana; seguían apareciendo animales con el mismo nivel de violencia, hasta que un día… me topé con tu hermano Rodion en un callejón —dijo Cerma.
Esto era algo que Luna y Rufus tampoco sabían. Irina le dio un fuertísimo puñetazo a Cerma, que voló hacia la pared, desmayándose al impacto.
Irina se levantó de la silla, le arrebató la botella a Filoctetes y le dio un largo trago a la botella, acabándosela. Se movía como si estuviera enjaulada.
—Eres un puto mentiroso, todos son unos putos mentirosos —repetía, apretando con fuerza la botella vacía.
Luna y Rufus sólo se taparon los ojos y los oídos. Filoctetes fue a ver que su hijo aún estuviera respirando.
—¿Viejo? —preguntó Cerma, despertando magullado—. Sírveme otro trago —dijo, levantándose con dificultad.
—Irina se terminó el alcohol —respondió Filoctetes.
—Abajo del escritorio tengo tres botellas, viejo —dirigiéndose a Irina y estirando su espalda, que tronaba como maíz en una cazuela, agregó—: pobre del idiota que quiera forzarte a hacer algo.
Esto hizo que Luna y Rufus soltaran una carcajada, que se apagó ante la mirada furiosa de Irina.
—¿Lista para seguir, Irina? —preguntó Cerma, sentándose, mientras recibía una botella entera de su padre.
Con respiración agitada, Irina asintió.
—Rodion es… a falta de mejores palabras un demente. Se presentó conmigo, me dijo que me había observado desde lejos y me habló de seres superiores y de lo mucho que su hermano se había adaptado a la evolución. No entendí mucho, sólo que estaba interesado en mí: «un híbrido natural», dijo, «lo que él necesita», repitió.