Don Lucas se encontraba sentado en el centro de su mansión, escuchando por sexta vez en el día los desvaríos de su hijo Héctor. Pensaba: «¿Por qué de todos mis bastardos elegí a este?». Casi al mismo tiempo recordó que Héctor era el único que no tenía reparos en matar.
Sonriendo, mientras su hijo contaba cómo había destrozado a golpes una pequeña banda que se había atrevido a vender drogas en su territorio, Don Lucas miró inquisitivo a uno de sus tenientes, el cual negó con la cabeza.
—Déjate de estupideces en nombre de Dios y dime qué pasó con la mercancía —interrumpió Don Lucas con brusquedad.
Héctor no se esforzó en ocultar lo que pensaba de «Dios».
—Ese simio es un mito, padre.
Don Lucas, por única respuesta, amenazó con pegarle, levantando su puño contra él. Héctor se encogió sobre sí mismo.
—Perdón, padre. No se perdió nada de la Lágrima. Ese químico hizo un producto muy bueno, se vende como plátano en verano —terminó de decir Héctor apretando los dientes.
Don Lucas asintió satisfecho, sin darle importancia al enojo de su hijo.
Fuera de la mansión, Rufus vio llegar a Cerma arrastrando a su padre sin consideración. Se acercó a él sin saludar, sin presentarse con Filoctetes, y dijo:
—Te esperaba más temprano, Cerma.
El híbrido lo miró sorprendido y extrañado.
—Sabía que no podrías estar lejos de tu amo, que vendrías a reportar que pudiste asesinar al perro disidente de tu organización —dijo Rufus acusando—. No te bastó que Don Lucas matara a tus hijos, sigues lamiéndole las botas.
Cerma lo observó fastidiado.
—Vete a la mierda, perro idiota.
Y caminó hacia la puerta de la mansión arrastrando a su padre, quien le lanzó una mirada de súplica a Rufus.
El perro detective iba a sacar sus esposas para arrestarlo, pero la voz de Irina hizo que ambos pararan.
La enorme tigresa se acercaba saludando, seguida por Luna. Rufus, sorprendido, la saludó por inercia:
—¿Qué haces aquí, Irina?
—Venimos a platicar con Don Lucas —respondió sin entender lo que acababa de decir.
Rufus estaba confundido, pero Luna comenzó a explicar:
—Cerma me envió este billete con Irina. Vengo a interrogar a Don Lucas para ver si es posible encerrar a Cerma de una vez.
—No se suponía que vinieran… Omití cosas a propósito para que no se metieran en esto —dijo Rufus.
—Pues no te funcionó, perro estúpido —interrumpió Cerma, acercándose a ellos, levantando a su padre y presentándolo—. Este es mi padre, Filoctetes, el arqueólogo que me aclaró qué es esto —agregó mostrando la cruz del perro suicida—, pero resulta que el idiota le vendió a Don Lucas un libro con más información. Yo vengo a que me devuelva el libro o a que me mate.
Filoctetes saludó tímidamente. Iba a decir algo, pero en ese momento Irina habló:
—Entonces… ¿vamos a entrar o no?
Don Lucas se levantó de la silla, caminó hacia la parte trasera de la mansión dejando que su hijo ocupara su lugar, se internó en su mansión hasta llegar a una puerta custodiada por un enorme gorila. Le dijo:
—Aunque camine por el valle de la muerte…
—No tendré miedo —respondió el gorila, dejándolo pasar.
Frente a una larga mesa, un tigre con pelaje blanco, delgado, con lentes gruesos que ocultaban unas pronunciadas ojeras, movía absorto químicos humeantes en vasos de precipitado que proyectaban luces de colores enfermizos al ser atravesados por la luz.
Don Lucas se paró frente al tigre, con gesto inquisitivo. Después de cinco minutos, el felino notó que estaba ahí.
—Hermano Lucas, ¿qué te trae a mi laboratorio?
—Los consumidores de Lágrima mueren muy rápido, Rodion. Necesito que la hagas menos potente o nos vamos a quedar sin clientes.
Rodion, molesto, respondió:
—Significa que no son dignos de los designios de Dios.
Don Lucas se acercó amenazante a pesar de ser más pequeño de estatura que el flaco.
—Sin el dinero de las drogas, no podremos hacer la obra de Dios. Los necesitamos vivos.
Rodion asintió, fingiendo estar asustado.
—Está bien, hermano Lucas. Haré la Lágrima para seres poco aptos —dijo Rodion con un tono de miedo fingido.
Después de que Don Lucas saliera de su laboratorio, Rodion se acercó a los estantes llenos de químicos y apretó un botón.
Una trampilla se abrió al hacer esto. Rodion bajó con una muestra de su droga diciendo:
—Vamos, mi criatura divina, aquí está tu dosis perfecta.
Por única respuesta sonó un rugido violento y profundo. No se escuchó nada más que el fuego de los mecheros de Bunsen y el borboteo de los líquidos dentro de los vasos, hasta que Rodion volvió a subir.
—Dios, dame fuerza para mejorar a estas bestias primitivas —dijo sacando una cruz de sus ropas y besándola con fervor.
En la puerta de la mansión, Cerma y compañía se enfrentaban al obstáculo de los gorilas que la custodiaban. Habían hablado sobre intentar vencerlos, pero aparte de Irina, ninguno tenía la capacidad física para hacerlo.
—Podría con uno —dijo Irina—, pero con los dos a un tiempo… no sería estratégico.
Pensando en qué hacer, Filoctetes, temblando con el billete en la mano, se acercó a los gorilas y dijo entre tartamudeos:
—Confiamos en Dios.
Los gorilas se hicieron a un lado para permitirles pasar.
Todos vieron a Filoctetes con sorpresa. El viejo mapache, aún asustado, preguntó tímidamente, como si hubiera hecho algo malo:
—¿No era obvio?
El grupo entró a la mansión con precaución. Irina y Cerma, sin ningún miedo en absoluto, caminaron hasta el centro de la mansión sin casi obstáculos, solo los miembros del clan viéndolos con sorpresa.
—Se sienten tan seguros que no necesitan más guardias —dijo Luna.
Cerma explicó:
—No tienes idea de hasta dónde llega la influencia de estos simios.
Las miradas de todos los simios hicieron más pesado el silencio cuando llegaron frente a Héctor, sentado en el «trono» de su padre.