The Age of Crowns: El Reino Detrás de la Puerta

Capítulo I: La Puerta Abierta

La piedra no debería moverse así.

Kael lo supo antes de comprenderlo del todo: en el instante en que el símbolo central del umbral —aquel círculo partido en once fragmentos desiguales, cada uno inclinado como una espina rota— comenzó a desprender una luz que no era luz, sino una ausencia de sombra, algo en su pecho respondió antes que su mente. El cuarto corazón, ese órgano que ni Talaida ni los textos más antiguos de los Elemens habían logrado nombrar con propiedad, latió con una fuerza que le dobló las rodillas.

No fue un dolor. Eso era lo peor. Kael habría preferido el dolor, porque el dolor tenía causas, tenía remedios, tenía sanadores en Draxcan capaces de ponerle nombre y tratamiento. Lo que sintió fue más parecido a una cuerda tensándose en el centro del pecho, una cuerda que él no había sabido que llevaba toda la vida atada a algo, y que ahora, por primera vez, alguien del otro extremo tiraba de ella.

—Kael. —La voz de Lyssara llegó desde algún lugar detrás de su hombro izquierdo, tensa, cortante, la voz de mando que usaba con los reclutas nerviosos, no la que usaba con él en la oscuridad de su cuarto—. Aléjate de la puerta.

No pudo. No porque desobedeciera —había aprendido, en los meses que llevaban juntos, que desobedecer a Lyssara rara vez terminaba bien para nadie, y menos para él—, sino porque sus piernas ya no le pertenecían del todo. El Guardián del Equilibrio le había dicho, semanas atrás, en aquella cámara de piedra viva donde Kael había sentido por primera vez el peso completo de sus tres corazones convertidos en cuatro, que el despertar no sería un acontecimiento. Sería un proceso. Y los procesos, había añadido la criatura con una voz que sonaba como si mil personas hablaran al mismo tiempo en perfecta armonía —y que, sin embargo, no había sonado en absoluto como mil personas, sino como una sola persona que hubiera vivido mil vidas y las recordara todas a la vez—, no se detienen porque un hombre lo desee.

Kael había pasado las semanas siguientes intentando convencerse de que aquello era una metáfora. Los Elemens escribían en metáforas; era su lengua natural, la manera en que sus textos más antiguos transmitían cosas que no podían decirse de otro modo. Un proceso podía ser un proceso de maduración, de aprendizaje, de aceptación. Un proceso podía significar simplemente que Kael tenía que hacer las paces con lo que era antes de que lo que era lo reclamara del todo.

Ninguna de esas interpretaciones había incluido la posibilidad de que la piedra misma empezara a moverse.

El corredor bajo el Distrito Original —aquel que habían descubierto tras semanas de excavación autorizada a medias, financiada a medias, vigilada por completo— vibraba. No como tiembla la tierra durante un temblor. Vibraba como vibra una cuerda de instrumento cuando otra, lejana, comparte su misma nota. Kael había visto a un músico de taberna explicar aquello una vez, años atrás, cuando todavía era un muchacho que no sabía que llevaba tres corazones en el pecho y creía que el mundo era un lugar razonablemente ordenado: si pulsabas una cuerda con la afinación justa, la cuerda vecina, sin que nadie la tocara, empezaba a sonar sola. Simpatía, lo había llamado el músico. El universo, había dicho, tiene menos paciencia con el silencio de lo que la gente cree.

—Los símbolos se están moviendo. —Talaida había avanzado hasta quedar a un palmo de la superficie, con las manos extendidas pero sin tocar nada, los dedos temblando de la manera particular en que temblaban cuando su mente trabajaba más rápido que su cuerpo—. No es la piedra. Es lo que hay grabado en ella. Se está... reorganizando.

—¿Reorganizándose cómo? —preguntó Paul desde atrás.

—No lo sé. Como si alguien estuviera reescribiéndolo desde dentro.

Talaida había nacido para esto, pensó Kael, con una claridad extraña que el miedo a veces le regalaba. No para las puertas que se abrían ni para las voces que llamaban por su nombre, sino para los enigmas. Talaida podía pasar doce horas frente a una tablilla de arcilla agrietada, descifrando una lengua muerta, y salir de aquello con los ojos rojos y una sonrisa que Kael solo le había visto otras dos veces: la noche en que resolvieron el acertijo de la Cámara de los Espejos, y la tarde en que encontró, en un archivo que nadie había abierto en cuarenta años, la primera mención escrita del nombre Elemens en un contexto que no fuera mitológico.

Ahora sus dedos temblaban, pero no de miedo. Temblaban de reconocimiento. Estaba viendo algo que llevaba años esperando ver, aunque jamás se lo hubiera confesado a nadie.

Paul permanecía más atrás, junto a la entrada del corredor, con una mano en la empuñadura de la daga ceremonial que su padre le había regalado al cumplir veinte años y que jamás había tenido intención de usar. Su otra mano sostenía un cuaderno que ya no le servía de nada, porque ninguna pluma en Draxcan podía escribir lo bastante rápido para capturar lo que estaba ocurriendo.

—Si esto es lo que creo que es —dijo, y su voz sonó más joven de lo que pretendía—, deberíamos haber traído al menos a dos Chimer y no a uno.

—El Chimer que trajimos —respondió Talaida sin apartar los ojos de la puerta— se marchó corriendo hace tres minutos a buscar a Cordelia. No lo culpo.

—¿Se ha ido corriendo? —Kael giró la cabeza, sorprendido. Había estado tan concentrado en la piedra que no había registrado la ausencia—. ¿Sin decir nada?

—Dijo algo. —Paul guardó el cuaderno en el cinto, con un movimiento que traicionaba cuánto le costaba mantener las manos ocupadas en algo que no fuera la daga—. Dijo: "no debería poder oler esto". Y luego se fue. No lo vi volver por el túnel principal, así que supongo que ha tomado el conducto de ventilación. El estrecho.

Kael asintió lentamente. Conocía al Chimer lo suficiente —un muchacho de apenas diecinueve años, de esos que la casa Chimer enviaba a las excavaciones como aprendices y que hablaban poco y olían mucho, en el sentido literal— para saber que aquello era, en su idioma, una confesión de terror absoluto. Los Chimer no huían de las cosas que podían nombrar. Huían de las que no.




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