The Age of Crowns: El Reino Detrás de la Puerta

Capítulo IV: El Archivo Sin Nombre

Talaida no durmió aquella noche.

No fue una decisión consciente, sino la consecuencia natural de una mente que se negaba a detenerse: mientras Draxcan entero parecía contener el aliento tras la creación del Consejo de los Diez, tras la nota anónima que había aparecido sobre el escritorio de Kael, tras la advertencia velada de Eltrix, ella permanecía sentada en su pequeño estudio dentro de la Academia de Magos, rodeada de pergaminos que llevaba semanas acumulando sin lograr conectarlos del todo.

La marca del Reino Interior. La frase que Doren había reconocido sin saber de dónde. El pilar bajo el Distrito Original, con sus símbolos que Elyan describía como un mapa incompleto. Todo apuntaba hacia algo mayor, algo que ninguno de los archivos oficiales de la Academia parecía dispuesto a nombrar con claridad.

Talaida había pasado la mayor parte de la noche alternando entre tres frentes de trabajo: los apuntes que había tomado en el corredor y en la cámara del pilar; las copias —parciales, incompletas, hechas a escondidas durante meses— de fragmentos que Doren le había permitido consultar en el archivo privado del castillo; y un mapa antiguo de Daus, prestado por Elyan, en el que las fronteras actuales habían sido trazadas sobre las antiguas con una tinta más clara, de modo que ambas capas de historia resultaran visibles al mismo tiempo.

En aquel mapa, el Distrito Original de Draxcan aparecía marcado con un símbolo apenas visible, casi borrado por el paso de los siglos: un pequeño círculo partido, similar al del umbral, pero con once fragmentos en lugar de los ocho que mostraban las versiones más recientes del mismo símbolo. Talaida había pasado horas comparando aquel círculo con todos los registros que poseía, y la conclusión a la que había llegado, aunque todavía tentativa, era inquietante: el símbolo original tenía once fragmentos. Alguien, en algún momento de la historia de Draxcan, había decidido que el pueblo solo debía conocer ocho.

Cuando el mensaje de Cordelia Chimer llegó, poco después del amanecer, entregado por un joven aprendiz con la respiración entrecortada de haber corrido buena parte del camino desde la mansión Chimer, Talaida ya estaba vestida y lista para salir.

He obtenido acceso completo al archivo restringido. Venid sola, si es posible. Lo que vamos a leer no debería difundirse hasta que comprendamos qué es lo que estamos leyendo.

No fue sola del todo —Paul insistió en acompañarla, argumentando que cualquier documento relacionado con el Reino Interior podría tener implicaciones diplomáticas que solo él, con su entrenamiento junto a su padre, sabría interpretar correctamente—, pero al menos evitaron convocar a todo el grupo. Kael, tras la tensión de la noche anterior, había aceptado de mala gana quedarse en el castillo, vigilado de cerca por Lyssara y dos guardias adicionales que Airoon había asignado sin previo aviso.

—No me gusta dejarlo solo —había dicho Talaida antes de partir.

—No está solo —respondió Lyssara, con la firmeza de quien ya ha decidido cuál será su función durante los próximos días—. Está conmigo. Id vosotros a buscar respuestas. Yo me encargo de que siga con vida hasta que las tengáis.

Talaida había asentido, aunque no del todo convencida. Conocía a Lyssara lo suficiente para saber que no estaba exagerando: había algo en la manera en que la capitana se movía por el castillo desde la noche anterior, algo en la forma en que revisaba los pasillos antes de cruzarlos, que sugería que había tomado la nota anónima como una declaración de guerra personal. Talaida no sabía si aquello era tranquilizador o preocupante. Probablemente ambas cosas.

La mansión Chimer se alzaba en el límite entre el Distrito Mago y el Distrito Imperial, una construcción de piedra gris cubierta de enredaderas que, según decían los rumores más persistentes de Draxcan, habían sido plantadas hacía dos siglos precisamente para ocultar ventanas que la familia prefería mantener veladas a ojos curiosos.

Talaida había visitado la mansión en otras ocasiones, siempre con motivo de consultas académicas que Cordelia concedía con la parsimonia de quien considera cada acceso a su biblioteca un privilegio que debía ganarse, no un derecho que pudiera exigirse. Conocía la fachada, conocía el vestíbulo, conocía incluso la sala de lectura del segundo piso, con sus ventanales altos y sus estanterías que trepaban hasta el techo. Pero nunca había bajado más allá de la planta principal. Nunca until hasta hoy.

Cordelia los recibió en la entrada, con el rostro pálido de quien lleva horas sin dormir, y los condujo sin preámbulos hacia las profundidades de la casa, atravesando pasillos cada vez más estrechos, cada vez más desprovistos de la elegancia ostentosa que caracterizaba las salas de recepción de la planta superior. Talaida notó que, a medida que descendían, las paredes perdían los tapices y los retratos que adornaban las zonas nobles, hasta quedar desnudas de piedra desnuda, iluminadas apenas por antorchas espaciadas a intervalos irregulares.

—El archivo restringido no está catalogado junto al resto de nuestra colección —explicó Cordelia mientras bajaban una escalera de caracol tallada directamente en la roca—. Mis antepasados decidieron, generaciones atrás, que ciertos documentos no debían compartir espacio con el resto del conocimiento de la casa. Como si temieran que su sola proximidad pudiera... contaminar algo.

—¿Contaminar el resto del archivo? —preguntó Paul.

—O contaminar a quien lo consultara. —Cordelia se detuvo ante una puerta de hierro oscurecido por el tiempo, sin cerradura visible, marcada únicamente con el mismo símbolo que Talaida había visto la mañana anterior en el pilar de la cámara subterránea: el círculo partido en once fragmentos desiguales, cada uno inclinado como una espina rota—. Nunca pensé que llegaría a abrirla yo misma.

Introdujo la mano en una pequeña hendidura oculta bajo una piedra suelta del marco, y la puerta se abrió con un chirrido bajo que resonó a lo largo de todo el pasillo, como si el propio edificio protestara ante la intrusión.




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