The Age of Crowns: El Reino Detrás de la Puerta

Capítulo V: El Precio de una Puerta

Encontraron a Kael en el patio de entrenamiento privado, no porque hubiera decidido desobedecer la sugerencia de Airoon de permanecer resguardado, sino porque Lyssara, tras horas de verlo dar vueltas por sus habitaciones como un animal enjaulado, había decidido que la inactividad forzada le hacía más daño que cualquier amenaza hipotética que pudiera acecharlo fuera de los muros del castillo.

—Necesitaba moverse —explicó ella, cuando Talaida y Paul aparecieron bajo el arco de piedra que separaba el patio del ala privada, con expresiones que anunciaban malas noticias antes de que pronunciaran una sola palabra—. Doce horas sentado repasando lo mismo una y otra vez no le hacían ningún bien.

Talaida la miró con una mezcla de comprensión y reproche apenas disimulado. Conocía a Lyssara lo suficiente para saber que aquella decisión no había sido fácil: la capitana llevaba días cargando con la responsabilidad de mantener a Kael a salvo, una tarea que se había vuelto cada vez más complicada a medida que el círculo de amenazas se ampliaba. Pero también sabía que Lyssara, por encima de cualquier consideración estratégica, entendía a Kael de una manera que los demás solo podían intuir. Si había decidido que el entrenamiento era lo mejor para él, era porque había visto en sus ojos algo que los demás no habrían sabido reconocer.

Kael, con la camisa pegada al cuerpo por el sudor del entrenamiento y una espada de práctica aún en la mano, se detuvo en cuanto vio los rostros de sus amigos. Llevaba horas —desde que Lyssara lo había arrastrado al patio al amanecer— alternando entre ejercicios de esgrima y series de estiramientos que le permitían mantener el cuerpo ocupado mientras la mente, inevitablemente, seguía dando vueltas sobre los mismos problemas. No había funcionado del todo. Pero al menos, por unas horas, había logrado no sentirse completamente inútil.

—¿Qué habéis encontrado? —preguntó, dejando la espada de práctica apoyada contra la pared y secándose el sudor de la frente con el dorso de la mano.

Talaida no suavizó la noticia. Había aprendido, a lo largo de los últimos años, que Kael prefería la verdad directa a cualquier intento de protegerlo con medias palabras, y que aquella preferencia, lejos de ser una debilidad, se había convertido en una de sus mayores fortalezas. Kael no era de los que se derrumbaban ante las malas noticias. Era de los que se ponían en marcha.

—Vycto Lasmec —dijo—. Dejó una nota en el archivo Chimer, oculta entre páginas que él mismo, según todo indica, mandó cortar de un texto antiguo sobre los Once Originales y el Reino Interior. La nota estaba firmada. Y hablaba de ti.

El cambio en el rostro de Kael fue instantáneo: la tensión del entrenamiento físico reemplazada de golpe por algo más profundo, más antiguo, el peso acumulado de meses en que el nombre de Vycto había significado traición, violencia, la primera gran herida de una historia que Kael había creído cerrada tras el exilio del hombre.

Kael había conocido a Vycto solo de oídas durante la mayor parte de su vida. Doren le había hablado de él, años atrás, cuando Kael era todavía un adolescente recién salido del orfanato y el archivero intentaba explicarle, con la paciencia de quien enseña a leer a un niño, las complejidades del mundo en que vivían. Vycto era, en aquellos relatos, una figura casi mitológica: el erudito brillante, el manipulador paciente, el hombre que había estado a punto de destruir el equilibrio de Draxcan con una precisión que ni los enemigos más evidentes del reino habían logrado igualar. Kael había crecido odiando a Vycto sin haberlo conocido nunca, de la manera en que se odia a un personaje de las historias antiguas: con una intensidad abstracta, sin rostro ni voz.

Luego, durante la Saga anterior, Paul le había contado más. Le había contado sobre la amistad, sobre la traición, sobre los años en que Vycto había sido su mentor y su amigo antes de convertirse en su enemigo. Paul no hablaba de aquello a menudo, y cuando lo hacía, su voz adquiría un tono que Kael había aprendido a reconocer: el de alguien que ha sido herido por una persona en quien confiaba, y que todavía no ha terminado de procesar del todo esa herida.

Y ahora Vycto volvía a aparecer. No en persona, no con un ejército ni con una conspiración abierta, sino con una nota. Una nota escrita años atrás, dejada en un archivo al que solo unos pocos tenían acceso, esperando el momento exacto en que alguien como Talaida —alguien como ellos— la encontraría.

—Enséñamela —dijo Kael.

Paul extrajo el fragmento de papel de su chaqueta y se lo entregó. Kael lo leyó dos veces, en silencio, mientras Lyssara se acercaba a leer por encima de su hombro, la mandíbula tensa, las manos convertidas en puños a los costados.

"Si estás leyendo esto, significa que la puerta ya ha comenzado a despertar. Las páginas que faltan no fueron destruidas por accidente. Fueron retiradas para proteger algo que aún no está preparado para ser conocido. Cuando llegue el momento correcto —y solo yo sabré cuándo ha llegado— el resto de la verdad será revelado. Hasta entonces, os pido paciencia. La sangre elegida no debe conocer su propósito completo antes de estar lista para cargarlo. — V.L."

—«La sangre elegida no debe conocer su propósito completo antes de estar lista para cargarlo» —repitió Kael, en voz baja, casi para sí mismo—. Él decide cuándo estoy listo. Como si tuviera algún derecho sobre mi propia historia.

—Cordelia cree que la nota podría haber sido dejada hace años, antes incluso del juicio —dijo Talaida—. No sabemos si Vycto sigue con acceso directo a Draxcan o si simplemente anticipó este momento con una precisión que, sinceramente, me aterra más que cualquier amenaza directa.

—¿Anticiparlo cómo? —preguntó Lyssara—. ¿Cómo podía saber, hace años, que la puerta despertaría precisamente ahora?

Nadie tuvo respuesta para eso. Fue Kael quien, tras un largo silencio, formuló en voz alta lo que todos empezaban a temer sin atreverse a decirlo.




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