The Age of Crowns: El Reino Detrás de la Puerta

Capítulo III: El Consejo de los Diez

Para cuando regresaron al Castillo Dracking, la noticia ya había recorrido medio distrito.

Kael lo supo por la manera en que los sirvientes del ala este apartaban la mirada al cruzarse con él en los pasillos, por el modo en que dos guardias jóvenes, apostados junto a la escalinata principal, interrumpieron su conversación en cuanto lo vieron aproximarse. No era la primera vez que sentía aquel peso —la curiosidad disfrazada de indiferencia, el respeto teñido de recelo— pero esta vez había algo distinto en el aire, una urgencia que no correspondía al simple hecho de que el heredero-sin-corona de un secreto real hubiera vuelto a bajar a un túnel.

—Se ha filtrado —dijo Paul, en voz baja, mientras subían hacia el ala privada del rey—. No sé cómo, pero se ha filtrado.

—No todo —corrigió Doren, sin aminorar el paso—. Lo que se ha filtrado es que la estructura reaccionó. No lo que encontramos dentro. Ni la marca. Ni el mensaje de Eltrix.

—Con eso basta —murmuró Lyssara—. En esta ciudad, un rumor a medias vale más que una verdad completa. La gente rellenará los huecos con lo que más tema o lo que más desee.

Kael caminaba en silencio, procesando. Había pasado los últimos meses aprendiendo a leer los pasillos del castillo como leía los archivos de Doren: fijándose en los detalles pequeños, en las pausas, en lo que la gente hacía cuando creía que nadie la observaba. Y lo que veía ahora no le gustaba. Los criados que antes le sonreían con la familiaridad de quien ha visto a un hombre trabajar en la misma mesa durante años ahora apartaban la vista. Los guardias que antes le dirigían saludos breves pero sinceros ahora permanecían en silencio, con las manos más firmes sobre las armas de lo necesario. No era hostilidad. Era algo más difícil de nombrar: era la manera en que la gente trata a alguien que ha dejado de ser predecible.

—No me gusta esto —dijo Talaida, a su lado, con el cuaderno apretado contra el pecho—. La última vez que vi esta expresión en los pasillos del castillo fue antes de que el Senado votara la disolución de la comisión original de excavación.

—Esa comisión nunca fue disuelta —dijo Paul—. Solo fue... reemplazada. Silenciosamente.

—Exactamente. —Talaida miró hacia un grupo de tres consejeros que susurraban junto a una ventana, y que bajaron la voz aún más al verlos pasar—. Y si lo hacen una vez, pueden hacerlo de nuevo.

Airoon los esperaba de pie, esta vez no en su despacho privado sino en la pequeña sala de consejo contigua al salón del trono, donde solía reunirse con sus asesores más cercanos antes de las sesiones formales del Senado. La presencia de aquel espacio —más protocolario, menos íntimo que el despacho de la noche anterior— le dijo a Kael, antes de que el rey pronunciara una sola palabra, que la conversación que estaban a punto de tener ya no pertenecía únicamente al terreno de los secretos personales.

—Sentaos —dijo Airoon, y esperó a que los seis —Kael, Lyssara, Talaida, Paul, Doren y, tras un instante de duda del propio rey, también Cordelia y Elyan— ocuparan sus lugares alrededor de la mesa ovalada—. El mensajero de Eltrix aguarda en las dependencias de invitados. No lo he recibido todavía. Antes necesitaba escuchar lo que encontrasteis con mis propios oídos, de vuestra propia voz, sin intermediarios.

Talaida fue quien tomó la palabra, extendiendo su cuaderno sobre la mesa, con los bocetos apresurados del pilar y sus símbolos, la marca que Cordelia había identificado.

—Creemos haber encontrado el origen de las gemas de conexión, majestad. No una gema más. La fuente.

Airoon se inclinó sobre el dibujo durante un largo momento, en silencio. Cuando finalmente habló, su voz tenía una gravedad distinta a la de la noche anterior.

—«La marca del Reino Interior» —repitió, mirando a Cordelia—. ¿Estáis segura de que es la misma que aparece en vuestros archivos?

—Tan segura como puedo estarlo sin haber comparado ambos símbolos lado a lado. —Cordelia mantuvo la voz firme, profesional, aunque Kael notó una tensión nueva en sus manos, cruzadas sobre la mesa con más fuerza de la necesaria—. Con vuestro permiso, majestad, solicitaría acceso completo al fragmento original que conservamos en el archivo Chimer. Hasta ahora solo lo hemos consultado de manera parcial, por restricciones que la propia casa impuso generaciones atrás.

—¿Por qué motivo se impusieron esas restricciones? —preguntó Doren.

Cordelia dudó, y aquella duda, en una mujer que rara vez mostraba incertidumbre en público, resultó más reveladora que cualquier respuesta directa.

—Porque el fragmento estaba acompañado de una anotación, de puño y letra de uno de mis antepasados, que decía simplemente: "algunas puertas no deben describirse, solo recordarse para no volver a abrirlas por error."

El silencio que siguió se extendió varios segundos. Fuera, en algún patio del castillo, el cambio de guardia sonó con su campana habitual, ajeno por completo a la gravedad de lo que se discutía dentro.

—Tenéis mi permiso —dijo finalmente Airoon—. Consultad el archivo completo. Pero quiero un informe diario, Cordelia. No semanal. Diario.

La matriarca asintió, y algo en su expresión sugirió que aquella condición no le resultaba del todo desagradable; llevaba, sospechó Kael, generaciones esperando la excusa oficial para desenterrar aquel fragmento sin las restricciones de su propia casa.

—Hay algo más —dijo Elyan, que hasta ese momento había permanecido en silencio, con las manos apoyadas sobre la mesa y la mirada fija en un punto indefinido del mantel—. Algo que no mencioné en el túnel porque no estaba seguro de cómo interpretarlo, y que ahora, con lo que ha dicho Cordelia, empieza a tener sentido.

—Hablad —dijo Airoon.

—El pilar está incompleto. —Elyan alzó la vista, buscando a Kael—. En su base, justo donde se une al suelo, falta un fragmento. No roto, no desgastado. Arrancado. Con una precisión que sugiere intención deliberada.




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