The Age of Crowns: El Reino Detrás de la Puerta

Capítulo X: El Hombre del Otro Lado

La figura se detuvo a apenas unos pasos de lo que parecía ser el límite invisible entre ambos mundos, y por primera vez, con la proximidad reduciendo la distorsión que hasta entonces había dificultado cualquier observación precisa, sus rasgos comenzaron a definirse.

No era una criatura. No en el sentido en que Kael había temido durante los segundos previos, imaginando garras, colmillos, alguna deformidad monstruosa propia de las leyendas que los ancianos de Draxcan contaban a los niños para mantenerlos alejados de las ruinas antiguas. Era, sin lugar a dudas, algo que en su origen había sido humano, o al menos lo bastante parecido a lo humano como para que la mente de Kael se aferrara a esa clasificación por pura necesidad de comprensión.

Un hombre, o lo que quedaba de la forma de un hombre, envuelto en ropajes oscuros que parecían tejidos con la misma sustancia de no-color que constituía la frontera entre los dos mundos. Su rostro, enmarcado por un cabello largo y gris que caía sin orden sobre sus hombros, mostraba una edad imposible de calcular: ni joven ni completamente anciano, sino algo suspendido entre ambos estados, como si el tiempo, en aquel lugar, hubiera dejado de aplicarse a él de la manera habitual.

Y sus ojos —Kael sintió que el aliento se le atascaba en la garganta al notarlo— eran del mismo color exacto que los suyos propios.

No del mismo color en el sentido vago en que dos personas pueden compartir ojos oscuros o claros. Del mismo color exacto, con la misma mezcla improbable de matices que Kael había visto reflejada en espejos durante toda su vida, la misma gradación que ningún sanador de Draxcan había logrado explicar del todo porque no correspondía a ninguno de los patrones hereditarios conocidos entre las razas de Daus. Era un color que Kael había considerado siempre como suyo, como una de las pocas cosas que le pertenecían por completo en un mundo que le había negado casi todo lo demás.

Y ahora lo estaba viendo en el rostro de un desconocido, al otro lado de una puerta que no debería existir, en un lugar que no aparecía en ningún mapa de Daus.

—¿Quién eres? —La pregunta escapó de los labios de Kael antes de que pudiera contenerla, aunque una parte racional de él comprendía que ninguna voz, por fuerte que gritara, podría atravesar la distancia extraña que separaba ambos mundos.

Para su sorpresa, la figura pareció escucharlo.

Ladeó ligeramente la cabeza, un gesto tan humano, tan cotidiano, que resultó casi más perturbador que cualquier manifestación sobrenatural que Kael hubiera podido imaginar. Era el gesto de alguien que ha escuchado una pregunta y está considerando cómo responderla, no el de una criatura ancestral que apenas comprende el lenguaje de los hombres. Y aquella humanidad, lejos de tranquilizar a Kael, intensificó la inquietud que ya le recorría la espalda: significaba que la figura comprendía lo que él decía, y que, por tanto, todo lo que dijera a continuación sería una respuesta deliberada, no un eco involuntario.

Te pareces a ella. Más de lo que imaginas.

La voz llegó sin que la figura moviera los labios de una manera que correspondiera a las palabras pronunciadas. Era la misma voz que había pronunciado su nombre días atrás, la misma que había dicho te sientes, te reconoces, la misma que ahora resonaba en el interior de su cráneo con una claridad que no dejaba espacio a la duda. No era un sonido. Era una comprensión directa, como si las palabras hubieran sido depositadas en su mente sin pasar por el filtro de los oídos.

—¿A quién? —Kael dio un paso hacia el pilar, ignorando la mano de Lyssara que intentaba retenerlo—. ¿A quién me parezco?

La figura no respondió de inmediato. En cambio, sus ojos —aquellos ojos que compartían la forma exacta de los de Kael— recorrieron el resto del grupo, deteniéndose brevemente en cada uno de los presentes: Lyssara, con la mano ya cerrada sobre la empuñadura de su espada; Talaida, con el cuaderno olvidado, la atención completamente absorbida; Cordelia, cuya expresión académica luchaba visiblemente contra un temor genuino; Doren, cuyo rostro había palidecido hasta un tono casi ceniciento.

Cuando la mirada de la figura se detuvo en Doren, algo cambió. Una tensión distinta, un reconocimiento que pareció cruzar la distancia entre los mundos con más fuerza que cualquier palabra pronunciada hasta entonces. Los ojos de la figura se estrecharon ligeramente, y algo en su postura —la manera en que inclinó la cabeza, la manera en que sus manos, hasta entonces relajadas a los costados, se cerraron en puños lentos— sugirió que el reconocimiento era mutuo, aunque solo uno de los dos hubiera estado esperándolo.

Tú lo sabes, dijo la voz, esta vez dirigida —Kael estaba seguro— no a él, sino directamente a Doren. Lo has sabido durante años. Y aun así, guardaste silencio.

Doren dio un paso atrás, como si aquellas palabras lo hubieran golpeado físicamente.

—No sé de qué hablas —dijo, aunque su voz carecía de la convicción necesaria para que la mentira, si lo era, resultara convincente.

El silencio protege durante un tiempo. Pero no para siempre.

—¿Qué es lo que sabe Doren? —preguntó Lyssara, girándose hacia el archivero con una urgencia que reflejaba el temor colectivo de todos los presentes—. Doren, ¿de qué está hablando?

Antes de que Doren pudiera responder —si es que tenía intención de hacerlo—, la figura al otro lado alzó de nuevo su mano, esta vez extendiéndola hacia adelante, como si intentara tocar la propia frontera que separaba ambos mundos.

—No lo toque —advirtió Elyan, con urgencia—. No sabemos qué ocurriría si el contacto se produjera.

La mano de la figura se detuvo, apenas a un palmo de lo que parecía ser la superficie invisible de la grieta. Y entonces, con una lentitud deliberada que sugería un control absoluto sobre cada uno de sus movimientos, giró la palma hacia arriba, en un gesto que a Kael le resultó, contra toda lógica, familiar. El mismo gesto que Doren empleaba a veces, cuando explicaba algo complejo, ofreciendo una idea abierta a la consideración en lugar de imponerla.




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