Airoon Kaziu los recibió en su despacho privado, no en el salón del trono, no en ninguna sala donde un escriba pudiera dejar constancia oficial de lo que allí se dijera. Solo cuatro paredes cubiertas de mapas antiguos de Daus, una chimenea que ardía baja pese al frío de la noche, y el propio rey, sentado tras un escritorio cubierto de documentos que llevaba días sin ordenar.
Kael había estado en aquel despacho otras veces, siempre con motivo de ceremonias menores o audiencias protocolarias que Airoon despachaba con la eficiencia de quien considera el protocolo una carga necesaria. Nunca lo había visto así: con las mangas de la camisa remangadas hasta el codo, el cuello desabrochado, los anteojos de lectura apoyados sobre un montón de pergaminos que nadie había tocado en horas. El rey de Draxcan, el hombre que llevaba décadas sosteniendo el equilibrio imposible entre el Senado, las casas nobles y una corona que cada año pesaba más, parecía, por primera vez desde que Kael lo conocía, simplemente un hombre viejo que no había dormido.
Setenta y cinco años pesaban sobre sus hombros de una manera distinta a como pesaban sobre cualquier otro hombre de Draxcan. No era solo el cansancio de los huesos. Era el cansancio de quien ha sostenido, durante décadas, un secreto que ahora amenazaba con sostenerse solo, con vida propia, indiferente a la voluntad del hombre que lo había guardado.
—Contádmelo todo —dijo, sin preámbulos, en cuanto Doren cerró la puerta tras Kael, Lyssara, Talaida y Paul—. Y no me deis la versión que pensáis que puedo soportar. Dadme la versión completa.
Kael volvió a relatar lo ocurrido, esta vez con Airoon escuchando en un silencio absoluto, las manos entrelazadas sobre el escritorio, los nudillos blancos. Cuando Kael llegó a la parte de la voz, a la frase pronunciada solo para él, el rey cerró los ojos un instante, como quien recibe un golpe que esperaba desde hace tiempo y que, aun así, duele.
—«Por fin has regresado» —repitió, con la misma entonación exacta que Doren había usado horas antes.
—¿Vos también lo conocíais? —preguntó Talaida, incapaz de contener la pregunta.
Airoon no respondió de inmediato. Se levantó, caminó hasta uno de los mapas colgados en la pared —uno antiguo, de bordes quemados, que representaba Daus con fronteras que ya no existían, con nombres de reinos que la mayoría de los ciudadanos de Draxcan habrían sido incapaces de situar— y permaneció allí, de espaldas a ellos, durante lo que pareció un largo minuto.
Kael lo observó mientras esperaba. Conocía aquel mapa. Lo había estudiado meses atrás, en las primeras semanas de investigación, cuando Doren le había abierto las puertas del archivo privado y le había dicho, con la sequedad que usaba para las cosas importantes: "Si quieres entender qué eres, empieza por entender de dónde vienes. Y de dónde viene todo lo demás." El mapa mostraba Daus tal como era antes de la unificación, antes de que las casas nobles acordaran el pacto que había dado origen a la corona, antes de que el nombre Draxcan significara algo más que una región montañosa en el norte. En aquel mapa, Eltrix y Draxcan eran vecinos incómodos, separados por una frontera que nadie había trazado con precisión porque nadie se había molestado en disputarla seriamente. En aquel mapa, el mundo era más grande y más ambiguo de lo que era ahora.
—Hace cuarenta años —dijo finalmente Airoon, sin girarse—, cuando yo era apenas un príncipe con más ambición que sabiduría, mi padre me llevó a un lugar que nunca volví a visitar. No os diré dónde, porque ni siquiera estoy seguro de que exista ya, o de que jamás haya existido fuera de la memoria de un anciano que quería asustar a su hijo para que respetara según qué límites. Pero recuerdo una inscripción. Recuerdo esas mismas palabras.
—¿Qué había en ese lugar? —preguntó Kael, con una urgencia que no logró disimular.
Airoon se giró por fin, y en sus ojos había algo que Kael no había visto antes en el rey de Draxcan: no autoridad, no la máscara pulida de la política, sino miedo genuino, envejecido, cuidadosamente contenido durante décadas.
—Un guardián —dijo—. O eso me dijo mi padre. Un guardián que esperaba algo que él llamó "el regreso de la sangre olvidada." En aquel entonces pensé que era una metáfora sobre la línea sucesoria, sobre la importancia de mantener la pureza de la Corona. Mi padre era un hombre de metáforas. Gobernaba como si cada decisión fuera un verso de un poema que solo él podía leer completo. —Hizo una pausa, y algo en su rostro se endureció—. Ahora ya no estoy tan seguro de que fuera una metáfora.
—Majestad —dijo Doren, con la cautela de quien lleva años midiendo cada palabra en presencia del rey—, necesitamos volver a la puerta. Necesitamos comprender qué es exactamente lo que hay del otro lado antes de que alguien más lo descubra por nosotros.
—¿Y si lo que hay del otro lado no quiere ser comprendido? —preguntó Airoon—. ¿Y si simplemente quiere que abramos la puerta del todo?
—Entonces tenemos que decidir si vamos a dejar que decida por nosotros —dijo Kael—, o si vamos a ser nosotros quienes decidamos cómo y cuándo.
El rey lo observó largamente. Había algo en la manera en que lo miraba —no como a un archivero del castillo, no como a un joven cualquiera atrapado en circunstancias extraordinarias— que Kael había empezado a notar desde hacía meses y que aún no sabía cómo nombrar. Una atención distinta. Un peso distinto. Como si Airoon, al mirarlo, no viera solo a Kael Kraxter, el huérfano que Doren había sacado del orfanato a los quince años, el muchacho de cuatro corazones que los sanadores no sabían explicar, sino algo más. Algo que llevaba esperando mucho tiempo.
—Volved mañana al amanecer —dijo finalmente Airoon—. Llevaos a quien consideréis necesario. Pero esta vez quiero un informe completo antes del mediodía. No puedo seguir gobernando a ciegas sobre algo que respira bajo mi propia capital.