The Age of Crowns: El Reino Detrás de la Puerta

Capítulo VIII: El Ejército Dividido

La convocatoria llegó al amanecer, entregada por un mensajero uniformado que no ofreció explicación alguna más allá de la orden escueta: presentarse de inmediato ante el Alto Mando, en la sala de guerra del cuartel general.

Lyssara se vistió con la premura de quien ha aprendido a distinguir, por la simple textura de una orden militar, cuándo se trata de rutina y cuándo se trata de crisis. Aquella orden, escrita con una brevedad que rozaba la brusquedad, pertenecía sin duda a la segunda categoría.

El mensajero aguardaba en el pasillo, con la rigidez de quien ha sido instruido para no responder preguntas, y Lyssara, mientras se ajustaba el cinturón de la espada y se recogía el cabello con la eficiencia mecánica de años de servicio, no intentó siquiera interrogarlo. Conocía aquel protocolo. Lo había visto aplicado en otras ocasiones, durante la Saga anterior, cuando la información debía circular lo menos posible y las órdenes debían transmitirse sin contexto que pudiera ser malinterpretado. Que el Alto Mando hubiera recurrido a aquel protocolo para convocarla a ella, una capitana de rango medio, sugería que la reunión que estaba a punto de celebrarse no sería una reunión ordinaria.

Kael, que aún se ajustaba la camisa junto a la ventana, con la palidez residual de la noche anterior todavía marcada en su rostro tras la conversación con Airoon, la observó vestirse con una expresión que Lyssara había aprendido a reconocer: no era resentimiento, exactamente, ni siquiera frustración. Era algo más difícil de nombrar, algo parecido a la fatiga de quien lleva demasiado tiempo siendo excluido de las decisiones que afectan su propia vida.

—¿Vienes? —le preguntó Lyssara, aunque conocía la respuesta.

—No me han convocado a mí. —Había una nota de amargura contenida en su voz, la frustración de quien empieza a sentirse, cada vez con mayor frecuencia, como un espectador de su propia vida—. Ve. Yo esperaré noticias.

Lyssara se detuvo un momento junto a la puerta, con la mano apoyada en el marco, buscando las palabras adecuadas. No las encontró. No había palabras adecuadas para aquella situación, ni las habría aunque hubiera dispuesto de horas para buscarlas. Se limitó a asentir, con un gesto que pretendía ser tranquilizador y que probablemente no lo fue, y salió al pasillo, dejando a Kael solo con sus cuatro corazones y el peso de una espera que ninguno de los dos sabía cuánto duraría.

La sala de guerra del cuartel general era, en sí misma, un monumento a la historia militar de Draxcan. Sus paredes de piedra gris, desnudas de cualquier ornamentación, estaban cubiertas de mapas que abarcaban desde la fundación del reino hasta la época actual, algunos tan antiguos que sus tintas se habían desvanecido hasta resultar casi ilegibles, otros tan recientes que aún conservaban el brillo de la tinta fresca. En el centro de la sala, sobre una mesa de roble macizo que había servido a generales y capitanes durante generaciones, un mapa detallado de Draxcan mostraba, marcados con pequeñas fichas de madera de distintos colores, los puntos donde se habían registrado incidentes en los últimos dos días: la Academia, los establos reales, el Templo de los Fundadores, y ahora, notó Lyssara con una punzada de inquietud mientras se aproximaba a la mesa, tres marcas nuevas repartidas por distintos puntos del Distrito Humano.

La sala estaba ocupada por una veintena de oficiales de rango medio y alto, dispuestos en torno a la mesa central con la tensión contenida de quienes saben que la reunión que van a celebrar no será una reunión ordinaria. Lyssara reconoció la mayoría de los rostros: oficiales con los que había servido durante años, algunos con los que había compartido campañas durante la Saga anterior, otros a los que solo conocía de vista pero cuyas reputaciones precedían cualquier presentación formal. Todos ellos, sin excepción, mostraban la misma expresión concentrada, la misma quietud alerta, la misma disposición a escuchar antes de hablar que caracterizaba a los buenos soldados en momentos de crisis.

El General Vantor, al frente de la sala, esperó a que los últimos oficiales tomaran posición antes de comenzar. Vantor era un hombre de mediana edad, de complexión sólida y rostro curtido por décadas de servicio en campañas fronterizas, que había ascendido al Alto Mando no por conexiones políticas sino por méritos acumulados en el campo de batalla. Su voz, curtida por décadas de mando militar, no dejaba espacio para la especulación innecesaria.

—Anoche, entre la medianoche y las dos de la madrugada, se registraron tres incidentes adicionales relacionados con la estructura del Distrito Original. —Su voz llenó la sala sin necesidad de elevarse, con la autoridad natural de quien ha dado demasiadas órdenes para necesitar imponerlas—. Un pozo de agua en el mercado central se congeló por completo en cuestión de segundos, sin explicación climática posible. Dos guardias apostados cerca del perímetro de seguridad reportaron pesadillas simultáneas de un contenido casi idéntico, algo que ninguno de los sanadores consultados ha sabido explicar. Y un niño de ocho años, hijo de un herrero del Distrito Humano, despertó hablando en una lengua que nadie en su familia reconoce, y que ni siquiera los eruditos convocados de la Academia han logrado identificar.

Un murmullo recorrió la sala, la inquietud manifestándose en miradas cruzadas entre oficiales que, hasta hacía apenas unos días, habrían considerado tales reportes propios de supersticiones populares, no de informes militares oficiales. Lyssara observó el mapa sobre la mesa, las fichas de madera que marcaban cada incidente, y sintió que algo se tensaba en su interior: los puntos no estaban dispersos al azar, había una densidad que no era casual, una distribución que, aunque aún no lograba descifrar del todo, sugería un patrón que iba más allá de la coincidencia.

—Esto ya no es un asunto contenido en el Distrito Original —continuó Vantor—. Se está extendiendo. Y necesito una recomendación clara sobre cómo proceder, antes de que el pánico entre la población civil se convierta en un problema tan grave como la propia amenaza que lo origina.




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