The Age of Crowns: El Reino Detrás de la Puerta

Capítulo IX: El Reino Detrás de la Puerta

—Si el rastro converge aquí —dijo Kael, con la voz endurecida por una determinación que Lyssara reconoció como el preludio de una decisión ya tomada—, entonces esperar no va a detenerlo. Solo nos deja sin comprender qué es lo que se aproxima.

—Kael. —Lyssara se interpuso entre él y la puerta, aunque él ni siquiera se había movido todavía—. No estás sugiriendo volver a la estructura.

—No estoy sugiriéndolo. Lo estoy afirmando. —Se giró hacia Talaida—. Si el patrón converge aquí, en el castillo, ¿qué crees que ocurrirá cuando termine de completarse?

Talaida dudó, con la mirada fija en el mapa, en las líneas rojas que se cerraban sobre sí mismas como los dedos de una mano.

—No lo sé con certeza. Pero si mi teoría sobre la sincronización entre tu cuerpo y la estructura es correcta, sospecho que el patrón no busca alcanzar un lugar. Busca alcanzarte a ti. Y cuanto más tiempo pase sin que comprendamos por qué, más impredecible se volverá el proceso.

—Entonces prefiero enfrentarlo donde podamos observarlo directamente, no esperar a que decida manifestarse aquí, entre gente que no tiene forma de protegerse de algo que ni siquiera nosotros comprendemos del todo.

Lyssara abrió la boca para responder, pero algo en la expresión de Kael —no la terquedad que había aprendido a reconocer en los momentos de tensión, sino una quietud distinta, más profunda, más adulta— la detuvo. Había pasado meses, años, aprendiendo a leer aquel rostro. Conocía cada matiz de su terquedad, cada inflexión de su frustración, cada sombra de la fatiga que arrastraba desde antes de que ella lo conociera. Pero lo que veía ahora no era ninguna de esas cosas. Era la misma clase de calma que había visto en él antes de la batalla final de la Saga anterior: no la ausencia del miedo, sino su integración. La aceptación de que el miedo estaba allí, y de que, aun así, había que seguir adelante.

—No voy a pedirte que no vayas —dijo Lyssara finalmente, bajando la voz—. Sabes que no serviría de nada. Pero sí voy a pedirte algo, y necesito que me escuches de verdad, no que asientas por compromiso.

—Te escucho.

—No vas a bajar solo. Y no vas a bajar sin que hayamos agotado todas las precauciones posibles. Si el rastro converge en ti, entonces el lugar más peligroso del mundo en este momento eres tú mismo. Y no pienso permitir que entres en la cámara del pilar sin que hayamos hecho todo lo que esté en nuestras manos para protegerte.

Kael la sostuvo la mirada un largo momento. Luego, lentamente, asintió.

—De acuerdo.

Fue Doren quien, convocado apresuradamente por un mensaje urgente de Talaida, llegó a tiempo para escuchar los últimos minutos de aquella discusión, y quien finalmente inclinó la balanza.

—Kael tiene razón —dijo, para sorpresa de Lyssara, que había esperado de él la misma cautela protectora de siempre—. No en el sentido de que debamos actuar sin preparación, sino en que la pasividad, en este punto, se ha vuelto tan peligrosa como la acción. Prefiero que enfrentemos esto con Elyan, con Cordelia, con la protección militar adecuada, antes de que la estructura decida, por sí misma, acortar la distancia que aún nos separa de ella.

Lyssara lo miró, buscando en su rostro alguna señal de que aquella decisión nacía de la estrategia y no de la fatiga. Encontró ambas cosas, y algo más: la misma expresión que había visto en Airoon la noche anterior, cuando el rey había confesado que ya no podía seguir protegiendo a Dorian de una verdad que, tarde o temprano, tendría que enfrentar. Era la expresión de un hombre que había pasado años protegiendo a alguien, y que comprendía, con una claridad amarga, que había llegado el momento de dejar de protegerlo para empezar a acompañarlo.

—Entonces iremos —dijo Lyssara, aceptando lo inevitable con la disciplina de quien ha aprendido a distinguir entre las batallas que se pueden ganar y las que solo se pueden gestionar.

Reunieron al grupo con una premura que dejaba poco espacio para el protocolo habitual: Elyan Lithaynik, convocado desde su taller con apenas tiempo de recoger sus instrumentos; Cordelia Chimer, que llegó con el volumen restringido envuelto en su paño protector, insistiendo en que su presencia junto al texto original podría resultar decisiva; Paul, quien había pasado la mañana gestionando las primeras consultas de delegaciones extranjeras preocupadas por los rumores ya extendidos más allá de las murallas de Draxcan; y, tras una negociación tensa con Corwin Quzker, un pequeño contingente militar liderado por el propio capitán, en cumplimiento de la disposición establecida horas antes en la sala de guerra.

La negociación con Corwin había sido, en sí misma, un ejercicio de equilibrismo político que Paul había seguido con atención profesional. Corwin había accedido a acompañar la expedición, pero había impuesto condiciones: dos soldados de su confianza personal, con autoridad para abortar la misión si consideraban que el riesgo había superado los límites aceptables; un informe escrito que él mismo redactaría al término de la incursión, con copia directa al General Vantor; y la presencia, en calidad de observador, de un representante del Consejo de los Diez, figura que finalmente había recaído en Bertrand Reichmer, quien había aceptado el encargo con una reticencia que Paul, conocedor de las dinámicas internas de su propia casa, había interpretado como genuina.

—No me gusta —le había dicho Corwin a Lyssara, en privado, antes de partir—. No me gusta nada de esto. Pero he visto suficiente en los últimos días para comprender que oponerme frontalmente solo retrasaría lo inevitable y nos dejaría peor preparados. Prefiero estar presente, con mis hombres, cuando ocurra lo que tenga que ocurrir.

Lyssara había aceptado aquello como aceptaba todo lo relacionado con Corwin: con una cautela profesional que no excluía un respeto creciente, forjado en años de servicio compartido y en la certeza de que, por debajo de sus diferencias, ambos perseguían el mismo objetivo fundamental.




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