Las palabras de Marcus Guzther quedaron suspendidas en el aire de la cámara durante un instante que se sintió mucho más largo de lo que en realidad duró. Lyssara fue la primera en romper aquel silencio, avanzando un paso con la espada ya en posición.
—No vamos a permitir que os llevéis nada de este lugar. Ni una muestra, ni un fragmento, ni una sola piedra.
—Entonces me temo que esto terminará en violencia —dijo Marcus, aunque algo en su voz, notó Kael, sonaba menos convencido de lo que sus palabras pretendían transmitir. Era la voz de un hombre que había ensayado aquel momento frente a un espejo, que había repetido las frases hasta que sonaran firmes, pero que nunca había considerado del todo la posibilidad de que la otra parte no cediera ante la presión.
—Antes de que nadie desenvaine algo más que una amenaza —intervino Kael, con una calma que le costó un esfuerzo considerable mantener—, quiero que comprendas algo, Marcus. No estás enfrentándote solo a soldados de Draxcan. Estás enfrentándote a un lugar que ya ha demostrado, en múltiples ocasiones, que no responde bien a intrusiones no autorizadas.
Como si aquellas palabras hubieran actuado como una invocación, la propia cámara pareció responder: las paredes, hasta entonces iluminadas por aquella luminiscencia tenue y constante, comenzaron a pulsar con una intensidad creciente, el mismo patrón rítmico que Kael reconocía como sincronizado con su propio cuarto corazón. La luz ya no era un fenómeno pasivo, algo que simplemente existía en las paredes como podría existir la humedad o el moho. Era una respuesta. Una reacción deliberada a la presencia de los intrusos, tan clara y tan dirigida como lo sería un gesto de la mano.
—¿Qué está pasando? —preguntó uno de los hombres de Marcus, con una voz que ya no ocultaba el temor.
—El lugar reacciona a la presencia de intrusos —dijo Talaida, con una mezcla de temor genuino y fascinación académica que no lograba contener del todo—. Si continuáis con intenciones hostiles, no sé qué consecuencias podría desencadenar.
Marcus dudó, su confianza inicial erosionándose visiblemente ante la manifestación creciente de la cámara. Kael, observándolo, comprendió algo que no había comprendido del todo hasta aquel momento: Marcus Guzther no era un conspirador experimentado, ni un agente entrenado, ni siquiera un político calculador al estilo de su padre. Era, simplemente, un hombre joven que había tomado una decisión desesperada y que ahora se encontraba, por primera vez, enfrentando las consecuencias reales de aquella decisión. No había preparado aquello. No había anticipado que el lugar pudiera defenderse por sí solo.
Pero antes de que Marcus pudiera tomar una decisión, un sonido nuevo, mucho más profundo, resonó desde las profundidades del templo: un rugido, distante pero inconfundible, que hizo temblar ligeramente el suelo bajo sus pies.
—Eso no ha sido la estructura —dijo Corwin, con la tensión militar imponiéndose sobre cualquier otra consideración—. Eso ha sido algo vivo.
El guardián-dragón, la criatura que había comenzado a revelarles la verdad sobre el pacto original antes de la interrupción, emergió de nuevo de las sombras donde se había replegado, pero esta vez su forma parecía más grande, más definida, la luminiscencia que la componía intensificándose hasta un punto que obligó a varios de los presentes a proteger sus ojos. La forma serpentina que Kael había visto antes se desplegó ahora en toda su extensión, ocupando una porción considerable de la cámara circular, y sus escamas, talladas en el mismo material que las calzadas de la ciudad, reflejaban la luz pulsante de las paredes con una intensidad que resultaba casi insoportable de contemplar directamente.
Intrusos no invitados, dijo la voz, ahora cargada de una autoridad que no había mostrado en su conversación anterior con Kael. Este lugar no fue construido para vuestra codicia.
Los hombres de Marcus retrocedieron, el pánico reemplazando cualquier bravuconería previa, y el propio Marcus, pese a sus esfuerzos por mantener la compostura, dio un paso atrás involuntario.
—Esto no estaba en el trato —murmuró, más para sí mismo que para los demás presentes.
Marchaos, continuó la voz del guardián, dirigiéndose directamente a Marcus y sus hombres. Marchaos ahora, mientras aún conservo la voluntad de dejaros hacerlo.
No necesitaron una segunda advertencia. Marcus, tras una mirada final hacia Kael —una mirada que combinaba frustración y algo más difícil de interpretar, quizás una advertencia velada de que aquel encuentro no sería el último—, ordenó la retirada de sus hombres, todos ellos desapareciendo por el corredor por el que habían llegado con una premura que contrastaba abiertamente con la confianza mostrada al entrar.
Cuando el sonido de sus pasos se desvaneció por completo, la cámara recuperó gradualmente su luminiscencia habitual, y el guardián-dragón, con un movimiento que transmitía un cansancio casi palpable, redujo su tamaño de nuevo hasta la forma más contenida que había mostrado inicialmente.
Ese hombre no mintió sobre una cosa, dijo, con una voz ahora más débil, como si el despliegue de autoridad reciente hubiera consumido una parte considerable de su energía. Alguien cercano a vosotros ha compartido información que no debería haber compartido. Y esa traición, joven de sangre reconocida, representa un peligro mayor que cualquier intrusión armada.
—¿Puedes decirnos quién? —preguntó Kael, con una urgencia renovada.
No poseo esa información. Mi conciencia se extiende solo hasta los límites de este templo. Pero puedo deciros que la traición no nació de la maldad pura, sino de algo más complejo. Miedo, quizás. O la creencia sincera de que sus acciones, por equivocadas que parezcan desde fuera, servían a un propósito que consideraba justificado.
Lyssara, que había permanecido tensa durante todo el enfrentamiento, finalmente envainó su espada, aunque su expresión seguía cargada de una vigilancia que no desaparecería fácilmente.