The Age of Crowns: El Reino Detrás de la Puerta

Capítulo XIII: La Primera Traición

—Formación de combate —ordenó Corwin de inmediato, y los cuatro soldados se dispusieron alrededor del grupo con una precisión entrenada que no dejaba espacio a la vacilación.

Kael, sin embargo, no sintió el impulso de retroceder que la respiración distante debería haber provocado en él. Al contrario: el medallón en su mano se había calentado hasta un punto que rozaba lo incómodo, y el cuarto corazón latía con una regularidad que no correspondía al pánico, sino a algo más parecido a la expectación.

—No es una amenaza —dijo, aunque ni siquiera él mismo estaba del todo seguro de aquella afirmación—. O al menos, no creo que lo sea.

—«Creo» no es una palabra que me tranquilice, Kael —replicó Lyssara, sin apartar la mano de la empuñadura de su espada—. Especialmente aquí, en un lugar donde ninguno de nosotros comprende del todo las reglas.

—Precisamente por eso —respondió Kael—. Si no comprendemos las reglas, la mejor manera de aprenderlas es observar antes de atacar. Y esa respiración no suena a algo que esté preparando un ataque. Suena a algo que lleva mucho tiempo esperando.

—¿Esperando qué? —preguntó Paul.

—A nosotros. O a alguien como nosotros.

La respiración volvió a escucharse, esta vez más cercana, proveniente de un pasillo lateral que se abría más allá del mural, hacia las profundidades del templo que aún no habían explorado. Talaida, pese a la tensión evidente, ya avanzaba un paso hacia aquel corredor, la curiosidad académica venciendo, como siempre, a cualquier instinto de autopreservación más conservador.

—Talaida —advirtió Paul—, quizás deberíamos esperar a que Corwin y sus hombres...

—Si es la misma figura que Kael vio antes, ya sabe que estamos aquí —interrumpió ella—. Esconderse no cambiará esa realidad. Prefiero enfrentarla con los ojos abiertos.

—Además —añadió Elyan, con la calma profesional de quien ha pasado toda una vida evaluando estructuras antes de atreverse a tocarlas—, este templo no está diseñado para esconderse. Las paredes son demasiado delgadas, los ecos demasiado claros. Cualquier movimiento nuestro reverbera por toda la estructura. Si hay algo aquí que quiera encontrarnos, ya sabe exactamente dónde estamos.

Corwin, que había escuchado el intercambio en silencio, tomó finalmente una decisión.

—Avanzaremos juntos —dijo—. Con los soldados flanqueando el grupo. Yo iré delante, con la capitana Rosmar a mi izquierda y el maestro Lithaynik a mi derecha. Kraxter, permaneceréis en el centro, junto a la maestra Rosmar y el señor Reichmer. Si algo se mueve de manera amenazante, retrocedemos de inmediato y salimos de la estructura. ¿Comprendido?

—Comprendido —respondieron todos, casi al unísono.

Avanzaron juntos, con los soldados flanqueando el grupo, hacia el corredor lateral, que se estrechaba gradualmente a medida que se adentraba en las profundidades del templo, iluminado por una luminiscencia tenue que emanaba de las propias paredes, sin fuente visible que la generara.

A medida que avanzaban, Kael notó algo que ninguno de los demás parecía registrar con la misma intensidad: la luminiscencia de las paredes no era uniforme. Pulsaba. Latía con un ritmo lento y regular, tan lento que apenas resultaba perceptible, pero inconfundible una vez que se prestaba atención. Y aquel ritmo, Kael lo reconoció con una certeza que le heló la sangre, era el mismo ritmo de su propio cuarto corazón.

—Talaida —susurró, sin apartar la vista de las paredes—. ¿Estás viendo lo que yo veo?

Talaida, que caminaba junto a él con el cuaderno ya abierto, siguió la dirección de su mirada y comprendió de inmediato.

—Las paredes laten —dijo, con un asombro apenas contenido—. Al mismo ritmo que...

—Que mi corazón. Sí.

Talaida anotó aquello con rapidez, subrayando dos veces la observación.

—Eso significa que el templo no es una construcción pasiva. Es un organismo activo, sincronizado con la sangre elegida. O quizás sincronizado con cualquier portador del medallón, y resulta que tú eres el único que lo lleva ahora mismo.

—O significa que este lugar lleva milenios esperando a alguien como yo —dijo Kael—. Y que ahora que he llegado, está... despertando.

Al final del corredor, una cámara circular, mucho más pequeña que la que albergaba el mural, los recibió con una revelación que ninguno de ellos había anticipado.

No era la figura de manto oscuro que Kael había visto al otro lado de la puerta días atrás. Era algo distinto: una forma que se asemejaba, vagamente, a un dragón, pero tallada —o quizás, notó Kael con un escalofrío, no tallada en absoluto, sino formada de la misma sustancia viva que componía el resto de aquel lugar— en un material que capturaba la escasa luz de la cámara y la devolvía en tonalidades cambiantes.

No tenía alas. No tenía cuernos. No tenía ninguna de las características que los bestiarios de Draxcan atribuían a los dragones conocidos, aquellos que los Elemens habían vinculado a sus propias sangres a lo largo de generaciones. Era, más bien, una forma serpentina, alargada, con escamas que parecían talladas en el mismo material del que estaban hechas las calzadas de la ciudad, y unos ojos que, al posarse sobre Kael, emitieron una luz propia, tenue pero inconfundible.

No temáis, dijo una voz, distinta a la que Kael había escuchado anteriormente, más antigua, más resonante, como si proviniera simultáneamente de múltiples direcciones. He esperado mucho tiempo para hablar con alguien capaz de escucharme sin intermediarios.

—¿Quién eres? —preguntó Kael, avanzando un paso, ignorando el gesto de Corwin que intentaba contenerlo.

Un guardián. El último, quizás, de los que permanecen conscientes en este lugar. La criatura —si aquella palabra resultaba siquiera apropiada— giró lo que parecía ser su cabeza hacia Kael, con un movimiento que transmitía una atención absoluta. Los Once me dejaron aquí, hace mucho tiempo, con una única función: recordar lo que ellos mismos temían olvidar.




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