Airoon Kaziu no había dormido en la biblioteca real desde hacía casi veinte años, pero aquella noche, incapaz de conciliar el sueño tras los informes que se habían acumulado sobre su escritorio a lo largo del día —la explosión en la Academia, el pánico en los establos, las llamas del Templo de los Fundadores parpadeando por primera vez en siglos de registro—, se encontró de nuevo entre las estanterías más antiguas del castillo, buscando algo que ni él mismo sabía nombrar con precisión.
La biblioteca real no era el archivo privado de Doren, ni la cámara subterránea de los Chimer, ni ninguno de los depósitos de conocimiento que Airoon había visitado a lo largo de su vida. Era un lugar más antiguo que el propio castillo, o al menos eso decían las crónicas: una sala de piedra desnuda, sin ventanas, cuyas estanterías habían sido talladas directamente en la roca madre sobre la que se había construido el Castillo Dracking, generación tras generación, hasta que la biblioteca había quedado enterrada en el centro mismo de la fortaleza como un corazón de piedra que nadie, ni siquiera los propios reyes, visitaban con frecuencia.
Airoon había pasado horas allí durante su juventud, en los años en que su padre todavía vivía y el peso de la corona era una promesa lejana en lugar de una carga cotidiana. Había leído tratados de gobierno, crónicas de reinados antiguos, correspondencia diplomática de siglos pasados. Pero nunca había abierto el compartimento oculto tras el panel de madera que solo él y, desde hacía poco, Doren conocían. Nunca hasta aquella noche.
Los documentos que guardaba allí no eran los mismos que había mostrado a Talaida meses atrás durante el Volumen anterior de aquella historia que Airoon ya no lograba distinguir del todo de su propia vida. Eran documentos más antiguos aún, heredados de su padre, y del padre de su padre, transmitidos de generación en generación con la advertencia constante de que solo debían abrirse "cuando la sangre despertara."
Airoon había recibido aquella advertencia de labios de su propio padre, en una ceremonia privada que había tenido lugar la noche antes de su coronación. Recordaba la escena con una nitidez que el paso de las décadas no había logrado difuminar: el anciano rey, ya enfermo, sentado en una silla junto al fuego de sus aposentos privados, con un cofre de madera oscura sobre las rodillas. Recordaba las manos temblorosas de su padre al entregárselo, la gravedad de su voz al pronunciar las palabras que llevarían consigo el peso de una responsabilidad que ningún documento oficial recogía. Recordaba, sobre todo, la advertencia final: "No lo abras hasta que tengas razones para creer que la sangre ha despertado. Y cuando lo hagas, reza para que tus razones sean equivocadas."
Durante cuarenta años, Airoon había custodiado aquel cofre sin abrirlo. Había gobernado Draxcan, había criado a sus hijos, había enfrentado crisis políticas y amenazas externas, y en todo aquel tiempo, la advertencia de su padre había permanecido en el fondo de su memoria como una semilla dormida, esperando el momento de germinar.
Aquella noche, por primera vez en cuatro décadas, Airoon comprendió que la sangre, en efecto, había despertado.
Extrajo un pergamino sellado con cera antigua, quebradiza por el paso del tiempo, marcado con el mismo símbolo que Cordelia Chimer había identificado como perteneciente al Reino Interior. Rompió el sello con manos que, pese a sus setenta y cinco años, se mantenían firmes gracias a una disciplina forjada en décadas de gobierno, y desplegó el documento sobre la mesa de lectura.
El texto, escrito en la caligrafía formal de la corte real de hacía más de un siglo, describía algo que Airoon había sospechado desde hacía años pero que jamás había visto confirmado con tanta claridad.
"...y que la línea de sangre elegida por los Once para portar la llave del Reino Interior no permaneció confinada a una sola casa, sino que se dispersó, deliberadamente, entre varias familias, precisamente para que ningún linaje pudiera reclamar por sí solo el poder que aquella sangre implicaba. La Corona de Draxcan desciende, en parte, de esa sangre dispersa. Pero no es la única..."
Airoon se detuvo, releyendo aquella última línea varias veces, sintiendo cómo el peso de décadas de suposiciones se reorganizaba de golpe en su mente.
No es la única.
Si aquello era cierto, si la sangre de los Once no pertenecía exclusivamente a la Corona sino que se había dispersado deliberadamente entre múltiples familias, entonces la existencia de Kael —un joven sin apellido noble reconocido, criado por un simple archivero, con órganos de Elemen implantados por razones que ninguno de ellos comprendía del todo— cobraba un sentido que Airoon había evitado considerar directamente durante meses.
Continuó leyendo, con una urgencia que rara vez sentía ya a su edad.
"...pues no bastaba con dispersar la sangre. Era necesario también velar por que quienes la portaran no comprendieran, hasta el momento adecuado, la naturaleza completa de su herencia. Un portador consciente demasiado pronto podría, guiado por ambición, temor o simple curiosidad imprudente, provocar aquello mismo que los Once juraron impedir..."
Un sonido en el umbral de la biblioteca interrumpió su lectura. Airoon alzó la vista, con el pergamino aún entre las manos, y encontró a su hijo de pie bajo el marco de la puerta, vestido con la ropa sencilla que solía usar para sus paseos nocturnos por los jardines del castillo cuando el insomnio, heredado quizás del propio Airoon, lo mantenía despierto.
—Padre. —Dorian Kaziu, a sus veintitrés años, conservaba aún la costumbre infantil de entrar sin anunciarse en las habitaciones privadas de su padre, un hábito que Airoon jamás había tenido el corazón de corregir del todo—. Los guardias me dijeron que llevabais horas aquí.
—No podía dormir. —Airoon dobló el pergamino con cuidado, sin ocultarlo del todo, pero tampoco exhibiéndolo abiertamente—. Los acontecimientos de hoy me han dejado con demasiadas preguntas para el descanso.