Doren dobló el fragmento de papel con un cuidado casi reverente, como si el simple hecho de manipularlo con brusquedad pudiera de alguna manera liberar más de la amenaza contenida en aquellas pocas líneas.
—Necesito comparar esta caligrafía con los documentos que conservamos de la época en que Vycto trabajaba dentro del castillo —dijo, guardándose el papel en el interior de su túnica—. Si es auténtica, si realmente es su letra, entonces tenemos que asumir que mantiene, de alguna manera, un canal de comunicación o de influencia dentro de Draxcan que ninguno de nosotros ha logrado identificar todavía.
—¿Y si no es auténtica? —preguntó Lyssara.
—Entonces alguien quiere que creamos que Vycto sigue implicado, cuando en realidad la amenaza real proviene de otro lugar. —Doren se puso de pie, con el cansancio de la última hora reflejado en cada movimiento—. Ninguna de las dos posibilidades me tranquiliza, capitana.
Kael, todavía sentado en el banco de piedra del patio donde el sanador lo había examinado, sintió que la fatiga acumulada de los últimos días le pesaba de una manera distinta a la fatiga física habitual. No era solo su cuerpo el que necesitaba descanso. Era algo más profundo, una especie de erosión lenta que la incertidumbre constante iba tallando en él, día tras día, revelación tras revelación.
—Necesito que alguien vaya al Distrito Original a verificar el estado de la estructura —dijo, incorporándose con un esfuerzo visible—. Si ha vuelto a reaccionar sin que nosotros la provocáramos, quiero saber si los símbolos han cambiado de nuevo.
—Iré yo —se ofreció Paul—. Junto con Elyan, si está disponible. Su conocimiento de la estructura será más útil que el mío, pero al menos podré llevar un informe político junto al técnico, algo que el Consejo de los Diez seguramente exigirá antes de que termine el día.
—Yo me quedo con Kael —dijo Lyssara, con un tono que no admitía discusión.
—Y yo voy a volver a la Academia —añadió Talaida—. Si la explosión de hoy tuvo relación con lo que le ocurrió a Kael, necesito comprender exactamente qué salió mal en el hechizo de estabilización que provocó el incidente. Podría haber una conexión que aún no hemos considerado.
Se dispersaron con la eficiencia práctica de un grupo que, tras meses de crisis sucesivas, había aprendido a coordinarse casi sin necesidad de palabras, cada uno asumiendo la tarea para la que estaba mejor preparado.
Kael los vio marchar desde el banco de piedra, sin moverse, sintiendo cómo el peso de la responsabilidad se repartía entre ellos como siempre, como había ocurrido durante toda la Saga anterior, como seguiría ocurriendo mientras aquella historia durara. Era un mecanismo que funcionaba, pensó. Un mecanismo imperfecto, construido sobre la marcha, pero que hasta ahora los había mantenido vivos. Y sin embargo, mientras observaba las espaldas de sus amigos alejarse por los pasillos del castillo, Kael no pudo evitar preguntarse cuánto tiempo más podría sostenerse aquel equilibrio. Cuánto tiempo más podría pedirles que cargaran con una parte de su propio peso antes de que alguno de ellos se doblara bajo la carga.
El Consejo de los Diez se reunió por primera vez aquella misma tarde, convocado de urgencia tras los incidentes reportados en toda la ciudad. La sala elegida —una cámara circular en el ala administrativa del castillo, tradicionalmente reservada para negociaciones comerciales de menor envergadura— resultaba, según pudo comprobar Paul al entrar, insuficientemente amplia para contener la tensión que ya se respiraba entre los diez representantes recién nombrados.
Paul había asistido a suficientes sesiones del Senado, a suficientes reuniones diplomáticas junto a su padre, como para reconocer los signos tempranos de un conflicto que aún no había estallado pero que ya estaba gestándose bajo la superficie de la cortesía protocolaria. La manera en que los representantes ocupaban sus asientos, el modo en que intercambiaban miradas antes de que comenzara la sesión, la rigidez de sus posturas: todo ello le decía que aquella primera reunión no sería una negociación sino un tanteo. Cada casa estaba midiendo a las demás, calculando alianzas, identificando rivalidades, preparándose para las batallas que vendrían después.
Corwin Quzker fue el primero en tomar la palabra, con la autoridad natural de un hombre acostumbrado a dar órdenes en contextos militares, aunque aquel día su expresión mostraba una inquietud que Paul no le había visto antes.
—Antes de discutir cualquier protocolo relacionado con la estructura, exijo respuestas sobre lo que ha ocurrido hoy en los establos reales. Tres soldados resultaron heridos al intentar controlar a los caballos. Uno de ellos, gravemente.
—Los establos no son competencia de este Consejo —intervino Cassian Aulin, un hombre delgado de expresión perpetuamente calculadora, cuya familia había construido su influencia precisamente sobre la interpretación precisa de qué asuntos correspondían a qué jurisdicción—. Este Consejo fue creado para decidir sobre la estructura del Distrito Original, no sobre cada incidente que pueda o no estar relacionado con ella de manera tangencial.
—¿Tangencial? —Corwin se giró hacia él con una expresión de incredulidad apenas contenida—. La explosión en la Academia, el pánico entre los caballos, las llamas del Templo parpadeando por primera vez en la historia documentada, todo el mismo día en que, según nuestras propias fuentes, el joven Kraxter sufrió otro episodio relacionado con su conexión con la estructura. Si eso os parece tangencial, senador Aulin, entonces no comprendo qué consideraríais relevante.
—Lo que considero relevante —respondió Cassian, con la calma de quien ha anticipado la objeción— es la diferencia entre correlación y causalidad. Que varios eventos ocurran el mismo día no significa que estén relacionados. Podría tratarse de una coincidencia, o de fenómenos independientes que casualmente han coincidido en el tiempo.