The Age of Crowns: El Reino Interior

Capítulo I: El Regreso

El trono no estaba vacío por mucho tiempo.

Kael lo supo en el instante en que la sala comenzó a cambiar a su alrededor, las paredes de piedra oscura que ninguna arquitectura de Draxcan podría haber concebido retorciéndose lentamente, como si el propio sueño respirara. No sintió miedo. Sintió, en cambio, la misma certeza extraña que lo había acompañado desde el primer día en que la puerta bajo el Distrito Original había pronunciado su nombre: la certeza de que aquel lugar, por ajeno que pareciera, no le era del todo desconocido.

La sala no se transformaba como se transforman los escenarios de un sueño común, disolviéndose en formas absurdas que la mente vigila sin lograr retener. Se transformaba como se transforma un recuerdo cuando uno vuelve a él después de años: los detalles que la memoria había olvidado reapareciendo lentamente, como si siempre hubieran estado allí, esperando el momento adecuado para mostrarse. Las columnas que sostenían el techo abovedado, antes invisibles en la penumbra, ahora emergían una a una, talladas con símbolos que Kael reconocía de los grabados del pilar, de los muros del corredor, de la propia base de la estatua de la plaza. Los símbolos del Reino Interior. Los símbolos de su propia sangre.

Una sombra se materializó sobre el trono. No de golpe, sino como se condensa el rocío sobre una hoja, gota a gota, hasta adquirir peso y forma. Cuando terminó de definirse, Kael reconoció el contorno: el mismo manto oscuro, la misma silueta que había hablado con él a través de la grieta de no-color semanas atrás. Pero esta vez había algo distinto en su postura, algo que sugería que aquel ser acababa de despertar de un sueño mucho más profundo que el de Kael.

No era la figura que había visto en el templo, la que había caminado hacia él con la paciencia de quien ha esperado milenios. No era el guardián-dragón que había compartido fragmentos de la verdad antes de verse interrumpido. Era la primera de las tres, la que había pronunciado su nombre desde el otro lado de la puerta antes de que ninguna otra presencia se manifestara. La que había dicho te sientes, te reconoces, el tiempo se acerca. La que había dicho hijo de mi sangre.

—¿Quién eres? —preguntó, y su propia voz resonó en aquella sala con un eco que no correspondía a las leyes normales del sonido, multiplicándose en susurros que repetían la pregunta en direcciones que Kael no lograba identificar. Era un eco extraño, no como el que produce una voz al rebotar contra las paredes de piedra, sino como el que produce una idea al rebotar contra otras mentes: cada repetición de la pregunta llevaba consigo un matiz distinto, una inflexión nueva, como si quienes la repetían desde las sombras estuvieran formulando la misma pregunta por razones propias.

La figura ladeó la cabeza, un gesto que Kael ya había visto antes, y que continuaba resultándole perturbadoramente humano pese a la naturaleza evidentemente ajena de quien lo ejecutaba.

—Un nombre no explica lo que soy —respondió, y la voz, esta vez, no llegó como un susurro distante en su mente, sino con una claridad casi física, como si el propio aire de aquella sala vibrara con cada palabra—. Pero si necesitas algo que pronunciar, llámame como me llamaron antes de que el silencio se convirtiera en mi única compañía.

—¿Y cómo te llamaron?

—Ashkar. —La figura pronunció aquel nombre con una reverencia extraña, como si llevara siglos sin atreverse a decirlo en voz alta—. Aunque no es así como tú me nombrarás, cuando llegue el momento. Tú me llamarás de otra manera. Una que todavía no recuerdas.

Kael sintió que algo se tensaba en su pecho, el cuarto corazón respondiendo con un latido que no era del todo suyo, como si compartiera aquel ritmo con alguien más. Era una sensación distinta de todas las que había experimentado hasta entonces: no la sincronización con la estructura, no la respuesta a la voz, no el reconocimiento del medallón. Era algo más profundo, más antiguo, como si su propio corazón estuviera aprendiendo a latir al ritmo de otro que llevaba mucho tiempo esperando.

—No te conozco —dijo, aunque las palabras sonaron menos convincentes de lo que hubiera deseado—. Nunca te he visto antes de que la puerta se abriera.

—Eso es lo que tu mente cree. —Ashkar descendió del trono, con un movimiento que no correspondía exactamente a caminar, sino a deslizarse sobre la superficie de piedra sin que sus pies —si aquella extremidad merecía ese nombre— llegaran nunca a tocarla del todo. En el descenso, el manto oscuro se abrió ligeramente, y Kael creyó distinguir, bajo los pliegues, no un cuerpo humano, sino algo más parecido a la propia sustancia del lugar: una forma que existía en el límite entre lo sólido y lo etéreo, entre la materia y la memoria—. Pero la sangre recuerda lo que la mente ha olvidado, Elyon.

El nombre golpeó a Kael con una fuerza que no esperaba. No era el suyo. No lo había escuchado jamás, ni en boca de Doren, ni en ningún documento de los que Talaida y Cordelia habían desenterrado durante meses de investigación. Y sin embargo, algo en él —algo profundo, anterior incluso al cuarto corazón— pareció reconocer aquella palabra con una familiaridad que le heló la sangre.

—Ese no es mi nombre —dijo, retrocediendo un paso, aunque la sala parecía extenderse infinitamente a su alrededor, sin ofrecerle ningún punto de referencia hacia el cual huir—. Me llamo Kael. Kael Kraxter.

—Ese es el nombre que te dieron en el mundo de arriba. —Ashkar se detuvo, a una distancia que Kael no lograba calcular con precisión—. Pero antes de Kael Kraxter, antes incluso de Ariene, hubo otro nombre. Uno que la sangre eligió llevar, generación tras generación, esperando el momento en que finalmente regresara a casa.

—¿Qué sabes de mi madre? —La pregunta escapó de sus labios con una urgencia que no pudo contener—. ¿La conociste? ¿Estuvo aquí, en este lugar?

La figura guardó silencio un momento, y en aquel silencio, Kael creyó percibir algo parecido al dolor, una emoción que no había anticipado encontrar en una entidad de aquella naturaleza.




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