The Age of Crowns: El Reino Interior

Capítulo III: El Archivo de Los Ausentes

Talaida avanzó entre las estanterías con el cuidado reverencial de quien camina sobre un suelo que podría desmoronarse bajo el peso de la propia historia, aunque cada volumen que examinaba, cada superficie que rozaba con los dedos, confirmaba que aquel lugar desafiaba por completo las leyes normales del deterioro. Ni polvo, ni humedad, ni la fragilidad que el tiempo imponía inevitablemente sobre cualquier archivo de Draxcan, por bien conservado que estuviera.

—Es como si el tiempo simplemente no hubiera transcurrido aquí dentro —dijo, extrayendo con cuidado un volumen encuadernado en un material que no reconocía, ni cuero ni pergamino tradicional, sino algo intermedio que conservaba una flexibilidad sorprendente—. O como si transcurriera de una manera completamente distinta a como lo hace en la superficie.

Kael se acercó, observando por encima de su hombro mientras ella abría el volumen con extremo cuidado. Las páginas, cubiertas de una caligrafía densa y ordenada, mostraban columnas de nombres, cada uno acompañado de fechas y breves anotaciones que Talaida comenzó a leer en voz alta, traduciendo con dificultad los fragmentos que su conocimiento de lenguas antiguas le permitía descifrar.

—«Nacido en el tercer ciclo de la Luz. Afinidad: agua. Vínculo establecido con éxito.» —Talaida pasó el dedo por la línea siguiente, y su expresión se tornó más concentrada, como si estuviera comenzando a reconocer un patrón—. «Nacida en el tercer ciclo de la Luz, décimo día. Afinidad: fuego. Vínculo establecido con éxito.» «Nacido en el cuarto ciclo de la Luz, segundo día. Afinidad: tierra. Vínculo fallido. Reintento programado para el siguiente ciclo.»

—¿Vínculo fallido? —repitió Paul, acercándose para examinar las páginas por encima del hombro de Talaida—. ¿A qué se refieren?

—A la conexión con los dragones, probablemente —respondió Talaida, sin apartar la vista del volumen—. En Draxcan, el vínculo entre un Elemen y su dragón se establece durante los primeros años de vida, a través de rituales que la Academia ha perfeccionado a lo largo de siglos. Si este registro documenta intentos fallidos y reintentos programados, significa que el Reino Interior tenía un sistema mucho más desarrollado de lo que jamás habíamos imaginado.

—¿Cuántos nombres hay? —preguntó Paul, examinando la extensión de las estanterías que se perdían en la penumbra más allá del alcance de las esferas luminosas.

—Miles —respondió Talaida, sin necesidad de contar, la magnitud evidente incluso desde una primera inspección superficial—. Y no solo Elemens. Mirad esto. —Señaló una entrada distinta, marcada con un símbolo que no correspondía al patrón habitual—. «Humano, procedente de las tierras exteriores. Adoptado por el Consejo de los Siete tras petición formal.»

—¿Tierras exteriores? —repitió Doren, acercándose con una expresión que combinaba fascinación académica y una inquietud creciente—. Eso sugiere que el Reino Interior mantenía contacto con el mundo de arriba. Que no siempre estuvo completamente aislado.

—O que el propio concepto de "arriba" y "adentro" no era tan absoluto como asumimos —sugirió Talaida, avanzando hacia una sección distinta de la biblioteca, donde los volúmenes parecían organizados por un criterio cronológico que ella comenzaba a intuir a medida que examinaba las fechas registradas en cada tomo—. Este sistema de datación no corresponde a ningún calendario que conozcamos en Draxcan. Pero si logro establecer un punto de referencia...

Se detuvo de pronto, con un volumen entre las manos que había extraído casi al azar de una estantería situada al fondo de la sala principal.

—Kael —dijo, con la voz cargada de una tensión repentina—. Necesito que veas esto.

Se acercó, y Talaida le mostró una página cuya caligrafía, a diferencia de las anteriores, mostraba signos evidentes de premura: trazos apresurados, tinta que en algunos puntos se había corrido, como si quien escribiera hubiera estado bajo una presión considerable.

—«El tercer corazón ha comenzado a manifestarse en el joven Elyon con una intensidad que ningún registro anterior documenta» —tradujo Talaida, con dificultad, deteniéndose en cada palabra para confirmar su propia interpretación—. «Los siete Ancianos han convocado sesión de emergencia. La sangre que abrió estas puertas amenaza ahora con cerrarlas para siempre, si el joven no aprende a controlar aquello que lleva dentro.»

El silencio que siguió a aquella lectura tuvo un peso que ninguno de los presentes logró disipar de inmediato. Kael sintió que el propio nombre —Elyon— resonaba en aquella página con una familiaridad que ya no podía atribuir a la simple coincidencia. Era como si cada mención de aquel nombre, en cada documento que encontraban, añadiera una capa más a la comprensión que Kael estaba construyendo de sí mismo. No era ya un misterio abstracto, un enigma genealógico que podía mantener a distancia. Era su historia. Su familia. Su sangre.

—Sigue leyendo —pidió, con la voz apenas controlada.

Talaida pasó la página, pero el texto se interrumpía abruptamente, la caligrafía cortándose en mitad de una frase de manera que no correspondía a ningún deterioro natural del volumen.

—«Y entonces, cuando el tercer corazón finalmente...» —Se detuvo—. Aquí termina. La siguiente página está completamente en blanco.

—Como en el archivo Chimer —dijo Paul, recordando de inmediato el volumen censurado que habían encontrado semanas atrás, con las páginas arrancadas de manera deliberada—. Alguien no quiere que sepamos qué ocurrió después.

—O quizás nadie llegó a escribirlo —sugirió Doren, examinando el borde de la página en blanco con la atención de quien ha pasado años analizando documentos antiguos—. Mirad esto. No hay señal de corte, de arrancado, ni de censura deliberada. La página simplemente... nunca fue completada.

—Eso significaría que quien escribía esto se detuvo abruptamente —dijo Talaida—. Y nunca regresó para terminar el registro.




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