The Age of Crowns: Las Voces del Reino

Capítulo IX: El Nombre Borrado

Talaida regresó a la Academia de Magos al día siguiente, decidida a profundizar en la conexión entre la familia Vantrel desaparecida y los fragmentos adicionales que habían comenzado a surgir desde direcciones completamente inesperadas. El trayecto desde el Castillo Dracking hasta la Academia, un recorrido que había realizado centenares de veces durante los meses anteriores, le resultó aquella mañana considerablemente más largo de lo habitual, cargado de una expectativa que no lograba disipar del todo. Cassian Aulin, quien había demostrado una disposición considerable a colaborar durante su encuentro anterior, la recibió en el Archivo de Registros Suprimidos con una expresión que sugería haber avanzado considerablemente en su propia investigación durante los días transcurridos.

El archivo, con su iluminación deliberadamente reducida y sus estanterías de madera oscura que se elevaban hacia un techo abovedado perdido en la penumbra, parecía aquella mañana considerablemente más silencioso de lo que Talaida recordaba de su visita anterior. Cassian la esperaba junto a la mesa central, con varios documentos ya desplegados ante él, y su expresión, cuando levantó la vista para saludarla, reflejaba una mezcla de excitación académica y una cautela considerable que Talaida había aprendido a reconocer como característica de los investigadores que se aproximaban a descubrimientos particularmente delicados.

—Encontré algo adicional, joven Rosmar —dijo, sin preámbulos, conduciéndola hacia una sección del archivo que Talaida no había explorado durante su visita previa. Aquella sección, considerablemente más apartada que las estanterías principales, contenía documentos que evidentemente habían sido catalogados bajo criterios que priorizaban la discreción sobre la accesibilidad—. Tras nuestra conversación, decidí ampliar mi propia búsqueda hacia registros notariales privados, documentos que rara vez se archivan junto con la legislación oficial, pero que ocasionalmente sobreviven en colecciones dispersas mantenidas por familias notariales antiguas.

—¿Qué encontró exactamente? —preguntó Talaida, sintiendo aquella familiar excitación académica que acompañaba cada avance significativo en su investigación.

—Un contrato de compraventa de propiedades, fechado apenas tres años antes de que la familia Vantrel desapareciera completamente de cualquier registro público. —Cassian extendió cuidadosamente un pergamino considerablemente deteriorado sobre la mesa. Sus dedos, manchados de tinta como los de cualquier erudito que hubiera pasado décadas entre documentos, recorrían el texto con la delicadeza de quien maneja algo irremplazable—. Documenta la venta de una propiedad considerable dentro del Distrito Original, transferida hacia una entidad identificada únicamente mediante un sello, sin nombre explícito asociado.

Talaida examinó el documento con atención meticulosa, notando de inmediato el símbolo estampado junto a la firma del comprador anónimo: el mismo ojo cerrado rodeado de líneas radiantes que había encontrado repetidamente durante su investigación sobre la Orden de la Sangre Restaurada. El símbolo, tallado en cera oscura que el paso de los siglos había preservado considerablemente bien, parecía observar a Talaida con una intensidad que ella atribuyó, racionalmente, a la mera sugestión de su propia mente fatigada.

—El mismo símbolo —confirmó, con una certeza creciente—. Esto sugiere que la organización responsable de la desaparición de los Vantrel adquirió directamente su propiedad, posiblemente como parte de algún acuerdo, o quizás como resultado directo de alguna forma de coerción considerable.

—Existe algo más, joven Rosmar, considerablemente más significativo que la simple transacción en sí. —Cassian señaló una anotación marginal, escrita en una caligrafía distinta a la del contrato principal. La letra, considerablemente más apresurada que la caligrafía formal del documento original, sugería que había sido añadida en un momento posterior, quizás por alguien que había revisado el contrato años después de su firma—. El notario original, evidentemente perturbado por alguna circunstancia relacionada con aquella transacción, añadió posteriormente una nota personal que nunca debió haber sobrevivido hasta nuestros días.

Talaida se inclinó, leyendo cuidadosamente aquella anotación diminuta. La tinta, considerablemente desvaída por el paso de los siglos, apenas conservaba legibilidad completa en algunos puntos, pero el significado central emergía con una claridad que resultaba, para Talaida, profundamente perturbadora:

«El heredero Vantrel insistió, contra mi propio consejo profesional, en que la venta se completara antes del amanecer. Mencionó, con una urgencia que atribuí entonces a mera ansiedad comercial, que "la sangre de la corona nunca debe conocer completamente lo que hemos preservado". No comprendí en aquel momento la magnitud de sus palabras.»

—«La sangre de la corona» —repitió Talaida, sintiendo un escalofrío considerable recorrerle la espalda—. Esto sugiere una conexión directa entre lo que la familia Vantrel preservaba y la propia línea sucesoria de Draxcan.

—Exactamente la conclusión hacia la que mi propia investigación me ha conducido, joven Rosmar. —Cassian consideró sus siguientes palabras con un cuidado evidente. Se sentó frente a ella, con las manos entrelazadas sobre la mesa, y su expresión reflejaba la gravedad de lo que estaba a punto de compartir—. Y existe todavía más: logré localizar, tras considerable esfuerzo, el propio registro de propiedad actual de aquel terreno específico dentro del Distrito Original.

—¿Quién lo posee actualmente?

—La Corona de Draxcan. —Cassian sostuvo la mirada de Talaida con una intensidad considerable—. Según los registros oficiales más recientes, aquella propiedad fue incorporada formalmente al patrimonio real hace aproximadamente ciento cincuenta años, mediante un proceso que los propios documentos describen únicamente como «adquisición por interés estratégico de la Corona».




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