The Age of Crowns: Las Voces del Reino

Capítulo XV: Las Voces del Reino

La oscuridad que envolvió a Kael tras cruzar el umbral no resultó, contrariamente a lo que había anticipado, completamente impenetrable. Gradualmente, mientras avanzaba con pasos cautelosos hacia el interior de aquella estructura ancestral, comenzó a distinguir un resplandor tenue que emanaba desde las propias paredes circundantes, un patrón de luces que se activaban progresivamente ante su presencia, como si el edificio entero despertara paulatinamente tras milenios de completo silencio. Cada paso que daba parecía generar una respuesta sutil en la propia arquitectura circundante, como si la estructura misma reconociera, de alguna manera que trascendía cualquier comprensión convencional, que alguien cuya presencia había sido anticipada durante generaciones enteras finalmente había llegado.

El corredor se extendía considerablemente más allá de lo que la apariencia exterior de la montaña sugería, descendiendo gradualmente hacia las profundidades mediante una serie de escalones tallados con una precisión que trascendía completamente cualquier técnica de construcción convencional que hubiera observado previamente en Draxcan. Los escalones, aunque evidentemente antiguos, conservaban una superficie considerablemente pulida, como si el paso de incontables generaciones no hubiera logrado desgastar significativamente aquella piedra que parecía poseer propiedades considerablemente distintas de cualquier material convencional que Kael hubiera encontrado jamás. Las paredes, a medida que avanzaba, mostraban murales considerablemente detallados, representando escenas que Kael reconoció parcialmente de su propia visión anterior: el primer guardián en su forma original, considerablemente distinta de cualquier criatura elemental convencional; los Once Originales reunidos alrededor de aquella entidad primordial, algunos con expresiones de reverencia, otros con una cautela evidente que ya sugería las semillas tempranas de la futura Gran Disputa.

—¿Estás ahí? —preguntó Kael, sintiendo que su propia voz resonaba considerablemente a través de aquel espacio monumental, aunque considerablemente amortiguada por la propia magnitud de la estructura circundante.

«Continúa avanzando, hijo de Seraphine,» respondió aquella voz, considerablemente más presente ahora que se encontraba completamente rodeado por la propia arquitectura ancestral. «El espacio donde debemos encontrarnos completamente aguarda apenas unos pasos adicionales.»

Kael continuó su descenso, notando que los murales circundantes comenzaban a mostrar escenas considerablemente más específicas: la propia división voluntaria del primer guardián, representada mediante una imagen que combinaba fragmentación y transformación simultánea, con dos figuras distintas emergiendo gradualmente de aquella entidad original única, una envuelta en llamas intensas que reconoció inmediatamente como representación de la Primera Llama, la otra portando símbolos que combinaban todos los elementos tradicionales de una manera considerablemente más equilibrada. La representación de aquella división resultaba, para Kael, considerablemente conmovedora: no mostraba violencia ni conflicto, sino algo más parecido a un sacrificio deliberado, una elección consciente de fragmentarse para permitir que algo considerablemente más amplio pudiera existir.

Un tercer elemento aparecía en algunos murales posteriores, considerablemente más sutil y frecuentemente representado en sombras profundas: una figura oscura que parecía observar desde los márgenes, sin participar directamente en las escenas principales, pero presente en cada una de ellas como una advertencia silenciosa que Kael reconoció, con un escalofrío considerable, como relacionada directamente con aquella tercera facción que había rechazado tanto la contención como la liberación compartida.

Finalmente, tras descender lo que parecía una distancia considerable, aunque Kael había perdido completamente cualquier noción precisa del tiempo transcurrido durante aquel viaje interior, llegó hacia una cámara circular de proporciones monumentales, cuyo techo se elevaba considerablemente más allá de lo que cualquier lámpara portátil hubiera logrado iluminar completamente, sostenido por columnas que representaban, cada una individualmente, a uno de los siete elementos tradicionales combinados con un octavo símbolo central que Kael no lograba identificar completamente. Cada columna parecía vibrar con una energía propia, y Kael sintió, al atravesar aquel umbral final, que su propio cuarto corazón recién activado respondía a aquellas vibraciones con una resonancia considerable que trascendía completamente cualquier experiencia previa.

En el centro exacto de aquella cámara circular, flotando aparentemente sin apoyo físico alguno, se encontraba una esfera considerablemente luminosa que emitía, simultáneamente, todos los colores asociados tradicionalmente con la magia elemental, fusionados en un patrón que resultaba, para Kael, tanto hermoso como profundamente inquietante en su propia complejidad visual. La esfera pulsaba con un ritmo que Kael reconoció, con un sobresalto considerable, como sincronizado directamente con el latido de su propio cuarto corazón.

«Bienvenido, hijo de Seraphine, hacia el corazón de mi propia existencia.» La voz emanaba directamente desde aquella esfera luminosa, considerablemente más íntima ahora que Kael se encontraba en presencia directa de su verdadera fuente. «Este es el espacio donde el primer guardián se dividió voluntariamente, hace mil años enteros, precisamente para permitir que su propio poder pudiera compartirse considerablemente más allá de una única entidad concentrada.»

Kael se acercó lentamente hacia aquella esfera, sintiendo que su propio cuerpo respondía con una resonancia considerable ante la proximidad directa hacia aquella energía primordial. Su cuarto corazón, aquel que había comenzado a despertar gradualmente durante las semanas anteriores, latía ahora con una intensidad considerable que trascendía completamente cualquier experiencia previa relacionada con sus otros tres corazones.




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