The Age of Crowns: Las Voces del Reino

Capítulo XII: El Reino bajo la Piel

La noche antes de la partida hacia Nomada, mientras los preparativos finales se completaban bajo la supervisión meticulosa de Lyssara y Ferrik, Kael se retiró considerablemente temprano hacia sus propias habitaciones, sintiendo una fatiga que trascendía completamente el simple agotamiento físico acumulado durante días de planificación intensiva. Los pasillos del ala real, normalmente transitados a aquella hora por sirvientes que completaban sus últimas tareas del día, se encontraban considerablemente más silenciosos de lo habitual, como si el propio castillo reconociera que algo significativo estaba a punto de cambiar. Kael caminó lentamente, sintiendo cada paso resonar contra la piedra antigua con una claridad que le resultaba, de algún modo, considerablemente más intensa que en ocasiones anteriores, como si sus propios sentidos estuvieran afinándose progresivamente hacia algo que todavía no lograba identificar completamente.

—Necesito descansar apropiadamente antes de mañana —le había dicho a Lyssara, quien permanecía todavía coordinando los últimos detalles logísticos junto con Talaida y Paul en la biblioteca privada—. Presiento que necesitaré toda mi propia energía disponible para lo que nos espera.

Lyssara había asentido, con una comprensión considerable que reflejaba su propia intuición táctica, aunque su expresión revelaba también cierta preocupación residual que evidentemente no lograba disipar completamente. Sus ojos lo siguieron mientras se alejaba por el pasillo, y Kael sintió, incluso sin girarse, la calidez de aquella mirada sobre su propia espalda.

Se recostó en su cama con una intención genuina de dormir profundamente, pero apenas cerró los ojos, sintió aquella familiar resonancia comenzar a manifestarse con una intensidad considerablemente mayor de lo que había experimentado durante cualquier ocasión anterior fuera de contacto directo con alguna estructura antigua específica. La sensación no resultaba dolorosa, exactamente, pero poseía una cualidad apremiante que trascendía completamente cualquier manifestación previa, como si algo dentro de él mismo estuviera respondiendo a un llamado que provenía de considerablemente más allá de cualquier distancia física convencional.

Esto es diferente, pensó, mientras su propia consciencia comenzaba a desvanecerse gradualmente hacia algo que no correspondía completamente al sueño convencional. Es más intenso. Más coherente. Como si algo estuviera finalmente listo para comunicarse completamente conmigo.

La visión, cuando finalmente se materializó completamente, resultó considerablemente más vívida y coherente que cualquier fragmento previo que hubiera experimentado durante sus encuentros anteriores con estructuras relacionadas con los Once Originales. No se trataba de imágenes fragmentarias que aparecían y desaparecían sin orden aparente, sino de una experiencia completamente inmersiva que involucraba todos sus sentidos simultáneamente, como si su propia consciencia hubiera sido transportada hacia un lugar que existía considerablemente más allá de cualquier coordenada física reconocible.

Se encontró de pie sobre un terreno rocoso, considerablemente distinto a cualquier paisaje que hubiera conocido directamente durante su propia existencia, con montañas que se elevaban hacia un cielo teñido de un color púrpura intenso que no correspondía a ningún atardecer o amanecer natural que Kael hubiera presenciado jamás. El aire que respiraba poseía una cualidad considerablemente distinta también: más denso, más cargado de una energía que reconocía instintivamente como relacionada con aquella resonancia elemental que había aprendido a identificar durante meses de entrenamiento con Draecus, aunque considerablemente más pura y concentrada de lo que cualquier manifestación convencional podría haber producido jamás.

El terreno bajo sus pies, aunque evidentemente rocoso, poseía una textura que Kael no lograba identificar completamente: no la aspereza de la piedra volcánica, ni la suavidad de la piedra sedimentaria, sino algo intermedio que parecía responder sutilmente a su propia presencia, como si la superficie misma reconociera que alguien significativo había llegado.

Frente a él, tallada directamente en la ladera de la montaña más prominente, se erguía una estructura considerablemente más grande que cualquiera que hubieran descubierto previamente bajo Draxcan: una puerta monumental, flanqueada por columnas talladas con figuras que combinaban rasgos humanos, dracónicos, y algo considerablemente más antiguo que ambas categorías conocidas. Las figuras parecían representar una procesión de seres que Kael no lograba identificar completamente, cada uno portando símbolos que correspondían a las distintas afinidades elementales, aunque dispuestos de maneras que no correspondían exactamente a ninguna tradición que hubiera estudiado durante sus meses de investigación.

Una figura antigua apareció junto a aquella puerta, envuelta en ropajes que fluían de una manera que trascendía completamente cualquier física convencional, con un rostro cuyas facciones exactas Kael no lograba distinguir completamente, como si su propia mente se resistiera instintivamente a procesar completamente aquella imagen. La figura poseía una presencia que resultaba, simultáneamente, considerablemente imponente y profundamente reconfortante, como si encarnara algo que trascendía completamente cualquier categoría convencional de poder o autoridad.

«Sangre de Seraphine,» resonó una voz que Kael reconoció, con un escalofrío considerable, como la misma que había escuchado brevemente durante su contacto previo con el fragmento distinto. «Te acercas hacia el momento decisivo. Pero antes de continuar, debes comprender aquello que precedió incluso a los Once.»

La voz poseía una cualidad que Kael no había percibido completamente durante su encuentro anterior: no simplemente antigüedad, sino una especie de paciencia infinita, como si quien hablaba hubiera esperado durante generaciones enteras exactamente aquel momento particular para comunicar aquello que estaba a punto de compartir.




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