The Age of Crowns: Las Voces del Reino

Capítulo X: Una Familia Pequeña

Mientras la investigación sobre los Vantrel y la expedición hacia Nomada continuaban ocupando la atención principal de Kael y sus aliados más cercanos, las consecuencias más inmediatas de la inestabilidad reciente comenzaban a manifestarse en rincones considerablemente menos visibles de Draxcan, donde ciudadanos ordinarios enfrentaban las repercusiones de decisiones tomadas muy por encima de sus propias vidas cotidianas. Aquellas consecuencias no llegaban en forma de ejércitos invasores ni de amenazas ancestrales despertando bajo la tierra, sino de algo considerablemente más silencioso y persistente: el lento desmoronamiento de economías familiares que habían permanecido estables durante generaciones, la gradual desaparición de rutas comerciales que sostenían comunidades enteras, y la incertidumbre creciente que se filtraba, como agua a través de grietas, hacia cada aspecto de la vida cotidiana de quienes carecían completamente de voz en los asuntos que ahora dominaban la atención de la corte.

Kael, cumpliendo con una obligación protocolar que Airoon le había solicitado personalmente —visitar los distritos afectados por las recientes tensiones económicas para demostrar públicamente que la Corona permanecía atenta al bienestar de sus ciudadanos comunes, no exclusivamente a los conflictos políticos de mayor escala—, se encontró recorriendo las calles del Distrito Humano acompañado por Ferrik Naismar y dos soldados adicionales de la unidad recientemente formalizada. El rey había sido considerablemente explícito sobre el propósito de aquella visita: la población general, que había comenzado a sentir los efectos tangibles de una crisis cuyos detalles completos no comprendía, necesitaba ver que sus gobernantes no permanecían completamente indiferentes a sus dificultades.

—No estoy completamente seguro de que esto resulte útil —admitió Kael, mientras caminaban entre puestos de mercado considerablemente menos concurridos de lo habitual. Las calles del Distrito Humano, normalmente bulliciosas a aquella hora de la mañana, presentaban un aspecto considerablemente más silencioso que Kael recordaba de sus propias visitas durante los meses anteriores. Algunos puestos permanecían cerrados, con tablones de madera cubriendo escaparates que normalmente exhibían mercancías coloridas, y los comerciantes que sí habían abierto sus negocios lo hacían con una expresión de preocupación contenida que Kael reconocía de su propia infancia—. Mi propia presencia aquí probablemente genera más curiosidad que consuelo genuino entre estas personas.

—Quizás, joven Kraxter. —Ferrik consideró la observación con una honestidad considerable. Su paso, firme y mesurado, reflejaba años de entrenamiento militar sin la rigidez excesiva que Kael había observado en otros oficiales de familias prominentes—. Pero también representa algo que muchos ciudadanos rara vez experimentan: la sensación de que alguien poderoso realmente se molesta en observar directamente sus circunstancias, en lugar de gobernar exclusivamente desde la distancia cómoda del castillo.

—¿Hablas desde experiencia personal? —preguntó Kael, notando cierta convicción genuina detrás de aquellas palabras.

—Mi propia familia, aunque ahora posee cierta prominencia militar, no siempre disfrutó de esa posición. —Ferrik eligió sus palabras con cuidado—. Mi abuelo comenzó como soldado raso, sin conexiones nobles ni influencia política alguna. Recuerdo historias que me contaba sobre años en que su propia familia apenas lograba subsistir, dependiendo completamente de la generosidad ocasional de parientes más afortunados. La sensación de ser invisible ante quienes toman decisiones importantes... esa sensación nunca lo abandonó completamente, incluso después de alcanzar un rango considerable.

Fue precisamente durante aquella caminata cuando Kael notó a una mujer, considerablemente joven, discutiendo con evidente frustración ante el puesto cerrado de lo que evidentemente había sido, hasta hacía poco, un pequeño negocio familiar de textiles. La mujer, de unos veinticinco años, con el cabello oscuro recogido en un moño práctico y las manos manchadas del trabajo textil que evidentemente había realizado durante años, gesticulaba con frustración ante los tablones que sellaban el escaparate donde antes se exhibían telas de colores.

—Disculpe —dijo Kael, acercándose con una cortesía considerable que trascendía cualquier formalidad cortesana habitual—. ¿Puedo preguntarle qué sucedió?

La mujer, cuya expresión reflejaba una mezcla de agotamiento y una desconfianza inicial considerable hacia aquel desconocido bien vestido, lo observó con cautela antes de responder. Sus ojos, de un tono castaño oscuro que recordaba a Kael los de su propia madre según las descripciones de Orwenna, lo estudiaron con la misma atención evaluadora que cualquiera de sus antepasados comerciantes habría aplicado a un cliente potencial.

—El negocio de mi familia dependía completamente de las rutas comerciales hacia Pitra. —Su voz reflejó una amargura considerable—. Desde que esas rutas comenzaron a evitar Draxcan, considerando los rumores sobre «inestabilidad interna», perdimos prácticamente todos nuestros clientes habituales. Los comerciantes que antes compraban nuestros textiles en grandes cantidades ahora prefieren adquirir productos similares en otros mercados, donde no existe el riesgo de que sus mercancías se vean atrapadas en conflictos internos. Mi padre tuvo que cerrar el negocio hace apenas dos semanas.

—¿Cómo se llama? —preguntó Kael, sintiendo el peso considerable de aquella confirmación directa sobre las consecuencias tangibles que sus propias circunstancias personales habían generado sobre vidas completamente ajenas al conflicto principal.

—Mira Joxter. —La mujer lo miró con una atención renovada, evidentemente reconociendo apenas en aquel momento la identidad de su interlocutor. Su expresión evolucionó rápidamente a través de varias emociones sucesivas: sorpresa inicial, seguida de una evaluación considerablemente más cuidadosa, y finalmente, algo que Kael interpretó como una cautela renovada—. ¿Es usted... es usted Kael Kraxter?




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.