The Age of Crowns: Los Habitantes del Reino Interior

Capítulo I: Los Que Caminan

El sonido no cesó.

Kael permaneció ante la grieta persistente, sintiendo cómo aquel eco de pasos —miles de ellos, superpuestos unos sobre otros hasta formar un murmullo constante, como el oleaje contra una costa de piedra— se intensificaba con cada minuto que pasaba, sin que la luz sin color volviera a cerrarse del todo. Era un sonido que no se parecía a nada que hubiera escuchado antes: no era el eco de una multitud en un espacio cerrado, ni el rumor de un ejército en marcha, sino algo más orgánico, más profundo, como si la propia ciudad estuviera respirando a través de miles de pies que avanzaban con una cadencia que no correspondía a ninguna prisa humana. Había en aquel murmullo una regularidad hipnótica, una especie de pulso colectivo que Kael sentía resonar no solo en sus oídos, sino en el cuarto corazón, que latía ahora con una intensidad que ya no le resultaba dolorosa, pero que tampoco lograba interpretar del todo.

—No deberíamos quedarnos aquí expuestos —dijo Corwin, con la tensión militar reafirmándose sobre cualquier fascinación que el resto del grupo pudiera sentir—. Si lo que sea que se aproxima decide cruzar antes de que comprendamos sus intenciones, estaremos completamente desprotegidos.

—No va a cruzar con hostilidad —dijo Kael, aunque ni siquiera él mismo lograba explicar de dónde provenía aquella certeza—. Lo siento en el cuarto corazón. No es una invasión. Es...

Se detuvo, buscando la palabra adecuada, mientras el murmullo de pasos continuaba creciendo, cada vez más definido, cada vez más próximo a la propia grieta.

—Un regreso —completó Talaida, con la voz baja, el cuaderno ya olvidado en sus manos—. Como si llevaran siglos esperando el momento exacto para caminar de nuevo hacia la superficie.

La grieta se ensanchó, no con la violencia de aperturas anteriores, sino con una lentitud deliberada, como si algo, al otro lado, hubiera decidido finalmente que ya no había razón para ocultarse. Y entonces, por primera vez desde que Kael había cruzado aquel umbral semanas atrás, vio con sus propios ojos, sin la distorsión de una visión fragmentaria, lo que se aproximaba.

No eran sombras. No eran siluetas imprecisas disolviéndose entre columnas quebradas. Eran personas.

Cientos de ellas, quizás miles más allá del alcance de la vista, avanzando por las amplias calzadas de la ciudad hacia el punto donde la grieta se abría, vestidas con ropajes que combinaban una elegancia antigua con materiales que ninguno de los presentes reconocía del todo: telas que capturaban la luz de las esferas distribuidas por toda la ciudad y la devolvían en tonalidades sutiles, armaduras ligeras talladas con los mismos símbolos que cubrían las paredes del corredor, túnicas sencillas de quienes, evidentemente, no pertenecían a ningún estamento militar o religioso.

Algunos portaban armas: espadas cortas, lanzas de astas más delgadas que las empleadas en Draxcan, arcos de una curvatura inusual. Otros caminaban con las manos vacías, algunos sosteniendo niños contra el pecho, otros apoyándose en bastones tallados con la misma meticulosidad que el resto de la ciudad. Kael distinguió, entre la multitud, rostros de todas las edades: ancianos de cabello blanco y espalda encorvada, jóvenes de mirada alerta, niños que miraban hacia la grieta con una curiosidad desprovista de todo temor, como si aquel umbral que se abría ante ellos fuera simplemente una puerta más en un mundo que, para ellos, siempre había estado lleno de maravillas.

Y en sus rostros, Kael reconoció una amplia gama de expresiones que no correspondía en absoluto a la uniformidad amenazante que había temido: sorpresa genuina, un asombro casi infantil ante la luz que se filtraba desde el corredor de Draxcan, miedo contenido, curiosidad desbordante, y en algunos, aunque fueran los menos, una hostilidad fría que no se molestaban en disimular.

—Son reales —susurró Paul, con una voz que apenas lograba contener la magnitud de lo que presenciaba—. No son ecos. No son proyecciones. Son personas vivas, Kael.

—Formación defensiva, pero sin armas desenvainadas —ordenó Corwin a sus soldados, con una cautela calculada que buscaba equilibrar la protección necesaria con la ausencia de cualquier provocación—. Nadie ataca a menos que yo lo ordene.

La multitud se detuvo a una distancia prudencial de la propia grieta, formando un semicírculo amplio, y durante un momento que se extendió más allá de cualquier medida razonable de tiempo, ambos grupos se observaron mutuamente a través de aquella frontera que ya no parecía tan absoluta como antes. Kael notó que, entre las filas de los recién llegados, algunos portaban objetos que le resultaban familiares: pequeños fragmentos de piedra luminiscente, similares a los que había visto en el altar del templo, colgados del cuello o sujetos a las muñecas con cintas de cuero. No eran los fragmentos de la llave —aquellos permanecían custodiados en la cámara sellada bajo el castillo de Draxcan—, sino algo distinto, más pequeño, más personal, como si cada uno de aquellos individuos portara consigo un pedazo de la ciudad que acababa de despertar.

Entonces, una mujer se desprendió de entre la multitud.

No era joven, aunque tampoco anciana: su cabello, recogido en una trenza compleja que caía sobre un hombro, mostraba vetas plateadas entre mechones oscuros, y su rostro, marcado por líneas de expresión que sugerían una vida de responsabilidad más que de comodidad, transmitía una autoridad que no necesitaba el respaldo de ningún título visible. Vestía una túnica de un azul profundo, bordada con hilos que, al moverse, parecían cambiar sutilmente de tonalidad, y sobre el pecho llevaba un pequeño broche tallado con el mismo símbolo de once fragmentos que Kael había visto repetido hasta la saciedad a lo largo de semanas de investigación.

Avanzó hacia la grieta con pasos lentos pero firmes, sin el temor evidente que mostraban muchos de quienes la rodeaban, y se detuvo justo en el límite donde la luz sin color se encontraba con el aire del corredor de Draxcan. Kael observó que, al aproximarse a la frontera, la mujer no mostraba ninguna vacilación, ningún gesto de incomodidad ante la proximidad de aquel umbral que, para otros, parecía inspirar una cautela instintiva. Caminaba como quien ha recorrido aquel trayecto muchas veces en su imaginación, preparándose durante años para el momento en que finalmente pudiera cruzarlo de verdad.




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