La noche —si es que aquella palabra tenía sentido dentro de una ciudad donde las esferas luminosas nunca se apagaban del todo, solo atenuaban su resplandor en un ciclo que los habitantes llamaban "el descanso"— los sorprendió todavía dentro de la Cámara de las Lenguas, con Talaida copiando tablillas enteras en su cuaderno mientras Senna respondía, con una paciencia que no decaía, cada pregunta que la joven maga formulaba sin pausa. Kael había observado, durante las horas previas, cómo el resplandor de las esferas atravesaba una serie de matices sutiles —de un blanco pleno a un tono ligeramente dorado, después a un ámbar apagado, finalmente a un gris perla que no terminaba de oscurecerse del todo— y comprendió que aquel ciclo, aunque distinto al del sol y la luna de Draxcan, cumplía la misma función: marcar el ritmo de la vida cotidiana, señalar cuándo trabajar y cuándo descansar, ordenar el tiempo de una manera que ningún habitante de aquella ciudad, desde su nacimiento, había tenido necesidad de cuestionar.
—Deberíais descansar —dijo finalmente Senna, cerrando con suavidad el volumen que Talaida sostenía—. Las palabras no desaparecerán durante la noche. Han esperado siglos. Pueden esperar unas horas más.
Kael, que había permanecido buena parte de la tarde en un silencio reflexivo, sintiendo el peso acumulado de cada revelación sin lograr procesarlas con la misma velocidad con que llegaban, asintió.
—Tiene razón. Necesitamos todos un momento para asimilar esto.
Senna los condujo hacia lo que describió como "la Casa de los Visitantes", un edificio situado cerca del Salón de los Despiertos, cuyas habitaciones, pese a la antigüedad evidente de su arquitectura, mostraban una comodidad que ninguno de ellos había anticipado encontrar en un lugar que, apenas semanas atrás, habían creído completamente abandonado. El edificio, a diferencia de la mayoría de las estructuras que habían visitado hasta entonces, tenía ventanas que daban a un patio interior ajardinado, donde crecían plantas de tallos retorcidos que Kael no reconoció de ningún jardín de Draxcan, iluminadas por esferas de menor tamaño que las de las calles, dispuestas de manera que la luz se distribuía de forma más suave, más íntima.
—¿Cuánto tiempo lleva preparado este lugar? —preguntó Paul, examinando una habitación que incluía camas talladas en la misma piedra luminiscente del resto de la ciudad, cubiertas con telas que emitían un calor sutil sin necesidad de ninguna fuente de fuego visible. Paul había pasado la mayor parte del día recopilando notas dispersas sobre la estructura social del Consejo de los Despiertos, y su mirada, al recorrer la habitación, revelaba el cálculo del diplomático que ya está evaluando cada detalle como una pieza de información relevante.
—Desde que sentimos el primer despertar de la puerta, hace semanas —respondió Senna—. El Consejo ordenó su preparación de inmediato, aunque muchos dudaban que alguna vez llegarais a cruzar completamente. Hubo quienes sostenían que el despertar era un fenómeno pasajero, que la puerta volvería a sellarse por sí sola, y que preparar alojamiento para visitantes del exterior era un gasto innecesario de recursos.
—¿Y qué hizo que el Consejo decidiera prepararlo, de todas formas? —preguntó Kael.
—La insistencia de Orlen, principalmente. Y la mía. —Senna esbozó una sonrisa breve, sin calidez—. Sostuvimos que, si la sangre regresaba, debíamos estar preparados para recibirla. Y que, si no lo hacíamos, el despertar de la puerta podría encontrar a nuestra civilización en un estado de división tal que ninguna oportunidad de reencuentro sería aprovechable.
Corwin insistió en establecer turnos de vigilancia entre sus propios soldados, pese a la aparente hospitalidad del lugar, y Senna no puso objeción alguna, retirándose finalmente con la promesa de regresar al amanecer —o lo que en aquel lugar correspondiera al amanecer— para continuar con lo que ella misma llamó "la siguiente etapa de la conversación." Antes de retirarse, sin embargo, se detuvo un instante en el umbral de la Casa de los Visitantes, y añadió algo que ninguno de los presentes había anticipado.
—Mañana recibiréis visitas. Algunas os resultarán útiles. Otras, incómodas. Pero todas forman parte de un proceso que este Consejo lleva siglos esperando completar. Os pido únicamente que las escuchéis con la misma atención que habéis prestado a mí, aunque no siempre os digan lo que deseáis oír.
Kael no logró conciliar el sueño con facilidad. Permaneció sentado junto a una ventana estrecha que, en lugar de mostrar el cielo nocturno de Draxcan, ofrecía una vista parcial de la ciudad, con sus calzadas todavía recorridas por figuras dispersas que continuaban su actividad pese a la hora avanzada. Había, en aquella ciudad, una vida nocturna distinta a la de Draxcan: no tabernas ni plazas concurridas, sino pequeños grupos que se reunían en patios interiores, conversaciones en voz baja, el murmullo constante de una comunidad que nunca dormía del todo porque el resplandor de sus esferas nunca se apagaba por completo.
—¿Tampoco puedes dormir? —Lyssara se sentó junto a él, con una manta sobre los hombros, su presencia ofreciendo el mismo ancla silenciosa que había sostenido tantas noches similares desde el inicio de aquella crisis.
—Sigo pensando en el niño de esta tarde. Daven. —Kael mantuvo la vista fija en la ciudad—. Nunca ha visto el cielo. Ni una sola vez en toda su vida. Y hay generaciones enteras como él, Lyssara. Personas que nacieron, crecieron, y probablemente morirán, sin conocer jamás algo tan básico como la lluvia, o el sol, o las estrellas.
—Lo sé. —Ella apoyó la cabeza contra su hombro—. Y sé que sientes que, de alguna manera, eso es responsabilidad tuya. Pero Kael, tú no construiste esta prisión. No eres responsable de que haya existido durante tanto tiempo.
—Pero mi sangre parece ser la clave que podría terminar con ella. —Se giró hacia ella, con una vulnerabilidad que rara vez mostraba tan abiertamente—. Y eso significa que, de alguna manera, también soy responsable de lo que ocurra si decido abrirla por completo, o si decido no hacerlo.
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Editado: 03.10.2026