The Age of Crowns: Los Habitantes del Reino Interior

Capítulo III: Dos Versiones de Los Once

Kestoran la condujo hacia un patio de entrenamiento situado tras el Salón de los Despiertos, un espacio circular de piedra pulida donde un pequeño grupo de soldados interrumpió sus propios ejercicios para observar, con un interés que no disimulaban, el inesperado duelo que se avecinaba. El patio, a diferencia de las calles que lo rodeaban, no estaba iluminado por las esferas habituales, sino por una abertura circular en el techo que dejaba pasar la luz natural de aquel cielo siempre uniforme del Reino Interior: un resplandor gris perla que se filtraba desde lo alto con una constancia que no correspondía a ninguna hora del día en particular, sino a una iluminación permanente que Kael asoció, sin poder evitarlo, con la luz de un amanecer que nunca terminaba de despuntar del todo.

Lyssara, mientras caminaba hacia el centro del patio, había pasado los últimos minutos observando cada detalle del entorno con la atención profesional que su entrenamiento le exigía: la disposición de los soldados que los observaban, la calidad de la piedra bajo sus pies, la manera en que las armas de entrenamiento estaban dispuestas en sus soportes. Nada de aquello era casual. Todo formaba parte de una coreografía cuidadosamente orquestada, y Lyssara, que había pasado años participando en demostraciones similares en el ejército de Draxcan, reconoció de inmediato la intención subyacente: aquel duelo no era un simple intercambio amistoso. Era una evaluación mutua, un cálculo de fuerzas, la primera medición concreta de una relación que, hasta entonces, se había desarrollado únicamente sobre protocolos diplomáticos y reverencias calculadas.

—Sin intención de herir —aclaró Kestoran, extrayendo de un soporte cercano dos espadas de entrenamiento, de un material más ligero que el acero pero que conservaba, al tacto, una resistencia considerable. Las hojas, aunque sin filo, estaban equilibradas con una precisión que sugería que habían sido forjadas específicamente para este propósito, no simplemente adaptadas de armas de combate—. Solo deseo comprender qué queda, en vuestro mundo, de lo que el nuestro enseñó antes de desaparecer.

—Entendido. —Lyssara tomó el arma ofrecida, sintiendo su peso con la familiaridad instintiva de años de entrenamiento. La empuñadura era distinta a cualquier espada que hubiera sostenido antes: más estrecha, con un ángulo ligeramente inclinado que obligaba a una posición diferente de la muñeca, y Lyssara comprendió, al sostenerla, que aquella diferencia no era accidental. Era una adaptación, un diseño que respondía a las particularidades anatómicas o a las tradiciones marciales de aquella civilización, y el hecho de que Kestoran le hubiera entregado precisamente aquella arma, en lugar de una versión más convencional, era en sí mismo una prueba—. Aunque debo advertiros que no conservo recuerdo alguno de vuestras técnicas. Si lo que buscáis es una comparación directa con vuestro propio estilo, es posible que os decepcionéis.

—No busco una comparación directa, capitana. —Kestoran adoptó una posición que Lyssara reconoció como defensiva, aunque con variaciones que no había visto antes: el peso distribuido hacia atrás, el arma sostenida con ambas manos en un ángulo más cerrado de lo habitual—. Busco comprender si la disciplina que nuestros antepasados enseñaron a vuestro mundo antes de la separación sobrevivió, o si se perdió entre generaciones de conflicto y reconstrucción.

El enfrentamiento, breve pero intenso, reveló a ambos combatientes aspectos que ninguna palabra hubiera logrado transmitir con la misma claridad: Kestoran empleaba un estilo que combinaba movimientos defensivos circulares con ataques repentinos desde ángulos que Lyssara no había entrenado jamás, mientras que ella, pese a la desventaja inicial de enfrentar una técnica desconocida, logró adaptarse con una rapidez que arrancó un gesto de aprobación genuina del comandante tras el tercer intercambio. El primer choque fue puramente exploratorio: Kestoran lanzó un ataque lateral que Lyssara desvió con relativa facilidad, y ambos retrocedieron un paso, evaluándose mutuamente. El segundo intercambio fue más intenso: Kestoran empleó una combinación de movimientos que forzó a Lyssara a retroceder dos pasos, aunque ella logró mantener su posición defensiva sin perder el equilibrio. Y el tercer intercambio, el que arrancó el gesto de aprobación del comandante, fue el más revelador: Lyssara, habiendo observado el patrón de sus ataques, anticipó un movimiento circular que Kestoran había empleado dos veces antes, y respondió con una contraofensiva que lo obligó a él a retroceder.

—Suficiente —dijo finalmente Kestoran, bajando su arma con una sonrisa que ya no ocultaba respeto—. Conserváis más de lo que esperaba, capitana. Vuestros movimientos defensivos, en particular, guardan una similitud notable con técnicas que creíamos exclusivas de nuestra guardia. La manera en que habéis desviado mi tercer ataque, redirigiendo la fuerza en lugar de bloquearla, es una técnica que nuestros propios instructores enseñan únicamente a los oficiales de mayor rango.

—Entonces la influencia es real —dijo Lyssara, devolviendo el arma con una cortesía que reflejaba el respeto mutuo recién establecido. Su respiración era ligeramente agitada, aunque no por agotamiento físico, sino por la intensidad de la concentración que el duelo había exigido—. Aunque debo deciros que, en Draxcan, esa técnica se enseña a todos los soldados desde el primer año de instrucción.

—Eso, capitana, es más interesante de lo que quizás comprendéis. —Kestoran dejó su propia arma en el soporte, y por primera vez desde que habían entrado en el patio, su expresión perdió parte de la cautela profesional que la había caracterizado—. Si una técnica que nosotros reservamos para una élite se ha convertido, en vuestro mundo, en conocimiento común, entonces significa que, en algún momento de la historia, alguien de nuestra civilización compartió deliberadamente conocimientos que no debía compartir. O que alguien de la vuestra los adquirió de alguna manera que nosotros no hemos documentado.




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