The Age of Crowns: Los Habitantes del Reino Interior

Capítulo II: La Ciudad Viva

Senna los condujo más allá de la plaza donde se había producido el recibimiento, hacia el corazón de una ciudad que, Kael comprendió a medida que avanzaban, funcionaba con una normalidad que contrastaba de manera abrumadora con la quietud que habían presenciado durante sus primeras exploraciones.

—Esto no es lo que vimos la primera vez —dijo Talaida, girando la cabeza en todas direcciones, el cuaderno ya abierto aunque sus manos apenas lograban seguir el ritmo de todo lo que intentaba documentar—. Entonces parecía abandonado. Ahora parece...

—Vivo —completó Paul, con la misma incredulidad reflejada en cada palabra.

Y lo era. Las calzadas, que semanas atrás habían mostrado únicamente el eco distante de sombras fugaces, ahora bullían con una actividad que no se distinguía en nada fundamental de cualquier mercado de Draxcan, salvo por la naturaleza de los productos exhibidos y la arquitectura que los enmarcaba: puestos de tela tensada sobre estructuras de un metal oscuro ofrecían frutas de formas desconocidas, telas tejidas con patrones que cambiaban de color según el ángulo de observación, pequeños objetos tallados en el mismo material luminiscente que componía las esferas de iluminación distribuidas por toda la ciudad. Kael vio, al pasar junto a uno de aquellos puestos, cestas repletas de unas frutas esféricas cuya piel, de un tono violáceo profundo, parecía emitir un resplandor tenue, como si contuvieran una luz propia. En otro, un artesano trabajaba sobre una pieza de metal, golpeándola con un martillo cuyo mango estaba envuelto en tela, y cada golpe producía un sonido que no se disipaba de inmediato en el aire, sino que permanecía suspendido durante un instante, como si la propia ciudad absorbiera el eco antes de dejarlo desvanecerse.

—¿Cuánto tiempo lleva funcionando así? —preguntó Kael, dirigiéndose a Senna, quien caminaba junto a él con el mismo porte digno que había mostrado desde su primer encuentro.

—Desde siempre, Elyon. —Senna se detuvo un momento ante un puesto donde una mujer anciana vendía pequeños frascos de un líquido que emitía una luminiscencia tenue—. Nuestra civilización nunca dejó de existir. Simplemente dejó de ser visible para el mundo exterior.

—Pero la primera vez que cruzamos, no vimos nada de esto —dijo Lyssara, con una cautela que no disminuía pese a la aparente normalidad de cuanto los rodeaba—. Calles vacías. Edificios en ruinas.

—Porque no estabais preparados para vernos. —Senna continuó caminando, guiándolos hacia una avenida más amplia que ascendía gradualmente hacia lo que parecía ser el centro administrativo de la ciudad—. La estructura reacciona a la sangre de Elyon, sí, pero también protege, con una discreción que ni siquiera nosotros comprendemos completamente, a quienes habitamos tras ella. Solo cuando decidimos, como civilización, permitir que nos vierais, la ciudad os mostró lo que realmente somos.

Kael sintió el peso de aquella explicación asentarse sobre él con una incomodidad considerable: cada paso que daban revelaba, con mayor claridad, que el control que creía tener sobre aquella frontera entre mundos era considerablemente menor de lo que había asumido.

—¿Entonces la ciudad decide qué mostrarnos? —preguntó.

—La ciudad, y quienes la habitamos. —Senna se detuvo ante lo que parecía ser un edificio de proporciones considerables, sus muros cubiertos de inscripciones que Talaida ya comenzaba a examinar con una avidez incontenible—. Este es el Salón de los Despiertos. Aquí se reúne el Consejo que gobierna lo que queda de nuestra civilización.

Antes de entrar, sin embargo, un niño se desprendió de entre la multitud que seguía observando al grupo a una distancia prudencial, y corrió hacia Kael con una curiosidad que no correspondía en absoluto al temor o la reverencia mostrados por la mayoría de los adultos.

—¿Eres de allí? —preguntó el niño, señalando hacia la grieta distante por la que habían cruzado—. ¿Del otro lado?

—Sí —respondió Kael, agachándose ligeramente para quedar a la altura del pequeño—. Del reino de Draxcan.

—Nunca he visto el cielo exterior. —El niño lo observó con unos ojos muy abiertos, cargados de una mezcla de fascinación y envidia infantil—. Mi madre dice que es de un color distinto cada hora del día. Aquí siempre es igual.

Kael sintió que aquella revelación simple, desprovista de cualquier peso político o mágico, le afectaba de una manera que ninguna confrontación con entidades ancestrales había logrado igualar: la comprensión directa, humana, de que generaciones enteras habían crecido sin conocer jamás algo tan básico como un atardecer.

—Es verdad —dijo, con una suavidad que sorprendió incluso a Lyssara, observando el intercambio desde unos pasos de distancia—. Cambia de naranja a rosado, y después a un azul oscuro lleno de estrellas. Algunas noches, si tienes suerte, puedes ver una estrella que se mueve, más rápido que las demás. Mi... —Se detuvo un instante, corrigiendo la palabra antes de pronunciarla—. Alguien que conocí solía decir que las estrellas fugaces eran mensajes que los dioses enviaban a quienes se tomaban el tiempo de mirar hacia arriba.

El niño escuchó con la boca ligeramente abierta, y por un instante, en medio de aquella ciudad subterránea donde el cielo era una memoria transmitida de generación en generación, Kael comprendió que aquel encuentro, tan breve, tan desprovisto de cualquier trascendencia mágica o política, era quizás el más importante de todos los que había tenido desde que había cruzado el umbral por primera vez.

—Daven. —Una mujer se aproximó apresuradamente, tomando al niño de la mano con una mezcla de disculpa y nerviosismo—. Perdonad a mi hijo. No debería haberse acercado sin permiso.

—No hay nada que perdonar —dijo Kael, incorporándose—. ¿Cuántos niños han nacido aquí sin conocer el exterior?

La mujer intercambió una mirada incómoda con Senna antes de responder.

—La mayoría de los que tienen menos de treinta años, señor. —Bajó la vista—. Desde que los últimos que intentaron salir no regresaron, el Consejo prohibió nuevos intentos. Por seguridad.




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