La convocatoria llegó al día siguiente, entregada por un mensajero joven que apenas lograba disimular los nervios de dirigirse directamente a Kael: el Consejo de los Despiertos solicitaba una sesión abierta, no privada como el primer encuentro, sino celebrada ante una representación amplia de la ciudad, para discutir, de manera formal, el futuro de la puerta. El mensajero, un muchacho de no más de dieciséis ciclos, con el cabello oscuro recogido en una trenza apretada y las manos manchadas de tinta, había recorrido el trayecto desde el Salón de los Despiertos casi a la carrera, y cuando Kael abrió la puerta de la Casa de los Visitantes, el joven permanecía en el umbral con el pecho agitado y el pergamino sellado extendido ante sí como una ofrenda.
—¿Por qué ahora? —preguntó Kael, mientras Senna los conducía de vuelta hacia el Salón—. Ayer parecía que el Consejo prefería avanzar con cautela, sin precipitar ninguna decisión.
—Porque la noticia de vuestra llegada ya se ha extendido por toda la ciudad, y con ella, la exigencia de que el Consejo no decida nada a puertas cerradas. —Senna no ocultó la tensión en su voz—. Tras generaciones de silencio impuesto sobre este tema, mi pueblo ya no está dispuesto a que su destino se discuta sin que ellos mismos puedan presenciarlo. Anoche, mientras dormíais, se reunieron espontáneamente grupos en al menos siete distritos distintos. No fueron convocados por nadie. Surgieron por sí solos, como si la ciudad entera hubiera estado esperando la primera excusa para expresar lo que llevaba siglos conteniendo.
—¿Grupos de qué tipo? —preguntó Lyssara, con la cautela profesional de quien ya está evaluando el riesgo de disturbios.
—De todos los tipos. Algunos en apoyo de la apertura, otros en defensa del sellamiento. La mayoría, simplemente, de personas que quieren saber qué está ocurriendo y por qué. —Senna bajó la voz mientras atravesaban una calle lateral—. Orlen comprendió que, si no convocaba una sesión abierta, la presión acumulada terminaría por encontrar otros cauces, menos ordenados, menos controlables.
El Salón de los Despiertos, cuando llegaron, mostraba una configuración completamente distinta a la del día anterior: las gradas, antes ocupadas únicamente por los veintisiete consejeros, ahora se extendían con asientos adicionales improvisados, ocupados por ciudadanos de toda condición, mientras que un espacio considerable, en la zona más alta del recinto, permanecía reservado para quienes no habían logrado conseguir asiento y debían presenciar la sesión de pie. Kael estimó, con una mirada rápida, que debía haber al menos trescientos presentes, una cifra que, según le había explicado Senna la noche anterior, representaba aproximadamente una décima parte de la población total de la ciudad. Los rostros que distinguía entre la multitud reflejaban una diversidad que no había anticipado: artesanos con las manos aún manchadas de polvo mineral, agricultores con ropas de trabajo, sacerdotes con túnicas ceremoniales, jóvenes estudiantes con cuadernos apretados contra el pecho, ancianos apoyados en bastones tallados, y niños que, sentados sobre los hombros de sus padres, observaban el recinto con una curiosidad que no lograba distinguir entre fascinación y temor.
—Esto no es una reunión de gobierno —murmuró Paul, evaluando la escena con su instinto diplomático habitual—. Es un juicio público, con Kael como su centro, aunque nadie lo haya nombrado así todavía. La disposición de los asientos, la presencia de la multitud, la ausencia de cualquier protocolo ceremonial que pudiera amortiguar la tensión: todo está diseñado para que la presión de la opinión pública se haga sentir sobre cada palabra pronunciada.
—¿Y eso es bueno o malo? —preguntó Corwin, con la desconfianza del soldado que preferiría un entorno más controlado.
—Depende de quién logre canalizar esa presión. —Paul recorrió con la mirada las gradas, identificando grupos que parecían ya alineados en torno a figuras concretas—. Si Senna logra movilizar a los partidarios de la apertura, la decisión podría acelerarse considerablemente. Si Darian consigue convencer a los indecisos de que el riesgo es demasiado grande, el sellamiento podría imponerse sin que Kael tenga oportunidad de comprender completamente lo que está en juego.
Orlen abrió la sesión con una formalidad considerable, golpeando tres veces un pequeño mazo de piedra contra un atril tallado específicamente para aquel propósito. El sonido, aunque discreto, resonó por todo el recinto con una claridad que silenció de inmediato los murmullos de la multitud.
—El Consejo de los Despiertos convoca esta sesión para discutir el futuro de la Puerta de los Orígenes, a la luz del regreso de aquel que nuestros registros identifican como Elyon. —Su voz resonó por todo el recinto, amplificada de alguna manera que Kael no lograba comprender del todo—. Se permitirá que representantes de las tres principales posiciones expongan sus argumentos, antes de que el propio Consejo delibere sobre el camino a seguir.
Senna se adelantó, ocupando un lugar junto al atril con la autoridad calmada que la caracterizaba.
—Hablaré primero en representación de quienes creemos que la puerta debe abrirse por completo —dijo, dirigiéndose tanto al Consejo como a la multitud reunida—. Llevamos generaciones encerrados, no por decisión propia, sino por el miedo de nuestros antepasados ante algo que ninguno de nosotros, los que vivimos hoy, hemos presenciado jamás. Hemos criado hijos que nunca han visto el cielo. Hemos envejecido sin conocer la lluvia, sin sentir el viento que no proviene de conductos artificiales. Y ahora, cuando finalmente existe la posibilidad de regresar al mundo que nos pertenece por derecho de nacimiento, ¿vamos a permitir que el mismo miedo que nos encerró nos mantenga prisioneros para siempre?
Un murmullo de aprobación recorrió buena parte de las gradas, aunque Kael también notó, dispersos entre la multitud, rostros que permanecían inexpresivos o abiertamente escépticos ante aquel discurso. Entre los presentes, distinguió a Mireth, el líder de los artesanos, que asentía lentamente con una expresión de aprobación contenida, y cerca de él, un grupo de trabajadores con las manos callosas que parecían compartir su postura.
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Editado: 03.10.2026