Un último pedido
Dos días antes, cuando el médico había utilizado la palabra "paliativos", algo se quebró dentro de ellos. No fue una noticia que llegara acompañada de un golpe visible. Nadie gritó. Nadie cayó al suelo. Simplemente hubo un silencio distinto después de aquella palabra. De pronto, el futuro había dejado de ser una habitación a la que podían entrar y se había convertido en una puerta que empezaba a cerrarse.
Carmen, la vecina que durante aquellos meses se había convertido en una amiga muy cercana de Denisse, casi como una hermana que la vida le había regalado demasiado tarde, decidió llevarlos hasta la Iglesia de Las Nazarenas, en el Centro de Lima. No hacía tantos años que se conocían. En realidad, apenas había pasado un tiempo desde que Denisse había llegado a Lima con su familia. Pero algunas amistades no necesitan años para echar raíces. Habían nacido de pequeñas ayudas, conversaciones en la puerta, preocupaciones compartidas y de esa costumbre silenciosa de estar cuando el otro lo necesita.
El cielo estaba gris y pesado, de ese gris que parece tener memoria. Carmen condujo casi en silencio. De vez en cuando miraba por el espejo retrovisor. Denisse permanecía junto a la ventana, pálida, con las manos descansando sobre el regazo. José iba a su lado. No hablaba. Desde que habían escuchado aquella palabra en el hospital, parecía tener miedo de gastar las palabras que todavía le quedaban.
Cuando llegaron, la iglesia los recibió con ese olor particular de los templos antiguos: incienso, cera derretida, madera y humedad. Había
gente arrodillada, otras personas murmuraban oraciones, algunas
encendían velas y otras permanecían simplemente sentadas, mirando
hacia el altar. Esperaban de allí una respuesta que nadie más
podía darles.
Carmen se acercó a Denisse y le tomó el brazo.
—Aquí, cerca del Señor de los Milagros, las oraciones se oyen mejor —dijo, intentando sonreír mientras contenía las lágrimas.
Denisse la miró.
—Entonces vamos a pedirle uno.
José levantó los ojos.
No sabía si todavía creía en los milagros. Pero esa noche necesitaba creer en algo.
Se arrodillaron los tres.
Entre el murmullo de los fieles, bajo la luz temblorosa de las velas, madre e hijo hicieron un pacto con Dios. Prometieron ser mejores. Ayudar a los demás. No quejarse por cosas pequeñas. Rezar cada día. Hacer todo aquello que pudieran hacer si se les concedía una sola oportunidad más.
A cambio, le pidieron un milagro.
Uno solo.
José cerró los ojos con fuerza.
No pidió dinero.
No pidió una vida diferente.
No pidió siquiera que desaparecieran todos sus problemas.
Solo pidió que su madre se quedara.
Cuando terminaron de rezar, permanecieron unos minutos en silencio. Denisse tenía los ojos húmedos, pero había algo diferente en su rostro. Después de muchos días, parecía permitirse imaginar un futuro.
—Cuando me cure, José —dijo de pronto—, lo primero que vamos a hacer será volver a nuestro pueblo.
José la miró.
—¿A Jaén?
—A Jaén.
Denisse sonrió.
—Pasaremos por la plaza de armas. Y vamos a comprar nuestro combinado de mazamorra con arroz con leche.
José sonrió también, aunque las lágrimas todavía brillaban en sus ojos.
—El que siempre dices que es el mejor.
—Porque es el mejor.
—Siempre dices eso.
—Porque siempre tengo razón.
José soltó una pequeña risa.
Denisse lo miró. Aquella risa era precisamente el milagro que necesitaba en ese instante.
—Y después —continuó— te vas a sentar conmigo en la banca de siempre. Vamos a mirar a la gente pasar. Tú vas a quejarte de que estás aburrido y yo voy a decirte que aprendas a disfrutar de las cosas sencillas.
—Yo no me quejo tanto.
—Claro que sí.
José volvió a sonreír.
Por unos minutos, los dos consiguieron hacer algo que la enfermedad les había ido robando poco a poco: imaginar un mañana.
Construyeron juntos aquel pequeño futuro, levantando una casa con las manos desnudas, sabiendo que debajo de los cimientos había arena.
Denisse apoyó la cabeza sobre el hombro de su hijo.
—Vamos a volver —susurró.
José la abrazó. Sintió cómo cada uno de sus huesos se marcaba a través del delgado suéter.
—Sí, mamá. Vamos a volver.
Y quiso creerlo.
Dios, quizá por compasión o por silencio, no respondió.
Pero ellos interpretaron aquel silencio como esperanza.
Y durante dos días vivieron aferrados a ella.
La última noche fue tranquila.
Demasiado tranquila.
Denisse estaba cansada, pero aquella vez no parecía tener dolor. El tratamiento y la enfermedad habían ido debilitando su cuerpo hasta dejarla exhausta, pero esa noche su rostro tenía una serenidad extraña. Sus ojos brillaban con una claridad nueva. Parecía haberse despojado de algo muy pesado.
José estaba a su lado, sentado en la silla rígida del hospital, sosteniéndole la mano.
Habían pasado tantas horas juntos en aquel lugar que ya no sabía distinguir una noche de otra. El hospital se había convertido en una especie de mundo aparte, un lugar donde las horas no se medían por relojes, sino por medicamentos, cambios de turno, visitas médicas y respiraciones.