Aquella última tarde

La mañana en que el mundo se quedó sin ella

La mañana en que el mundo se quedó sin ella

Esa misma mañana, en el hospital, el monitor emitió un pitido plano, largo, desgarrador. La línea que hasta hacía unos segundos dibujaba sobre la pantalla el frágil rastro de la vida de su madre se volvió recta, interminable, como un camino que se perdía en un lugar al que José no podía seguirla.

El médico dijo algo. Las enfermeras entraron con la rapidez mecánica de quien conoce demasiado bien aquel momento. Hubo pasos, voces, manos que se movían alrededor de la cama. Alguien apartó a José. Alguien pronunció su nombre.

Pero él no oyó nada.

Solo vio el rostro de su madre.

Y en aquel rostro, después de muchos meses, había una paz que la enfermedad no había podido darle mientras estaba viva. Una serenidad extraña, casi injusta, como si después de haberle arrebatado todo finalmente hubiera decidido dejarla descansar.

José la miró sin comprender.

Esperó que respirara.

Esperó que abriera los ojos.

Esperó incluso que volviera a hacer aquel pequeño gesto con el cabello, aquel gesto que tantas veces había hecho sin que él le diera importancia.

No ocurrió nada.

La paz se había posado sobre el rostro de Denise.

Y con aquella paz llegó un vacío tan inmenso que a José le pareció que alguien le había arrancado el aire de los pulmones.

La rabia fue lo primero.

Una ola caliente y amarga que le subió desde el pecho hasta la garganta y le nubló la vista. Rabia contra los médicos. Contra el hospital. Contra Dios. Contra las máquinas. Contra aquella habitación blanca que seguía siendo exactamente la misma mientras su vida acababa de desaparecer.

Y, sobre todo, rabia contra la muerte.

Sin pensar, giró sobre sus talones y salió corriendo del cuarto.

Corrió por los pasillos blancos con la desesperación de quien solo quiere escapar de aquello. Esquivó un carrito de medicamentos, chocó con una persona que ni siquiera alcanzó a mirar, pasó junto a enfermeras que intentaron apartarse de su camino.

No le importó.

No sabía adónde iba.

Solo sabía que tenía que huir.

Tenía que alejarse de aquel sonido.

De aquel silencio.

De aquel olor a desinfectante.

De la cama donde su madre acababa de dejar de respirar.

Carmen, que había estado en la cafetería, todavía no sabía lo que había ocurrido. Había dejado a José con Denise unos minutos antes y se había apartado para tomar algo. Cuando vio pasar a una enfermera que salió del área donde estaba la habitación de Denise, levantó la mirada.

La mujer se detuvo frente a ella.

No hizo falta que pronunciara demasiadas palabras.

—Señora Carmen... lo siento mucho.

Carmen se quedó inmóvil.

—¿Denise? —preguntó, aunque en el fondo ya conocía la respuesta.

La enfermera asintió lentamente.

Durante unos segundos no pudo pensar. Sintió que el ruido de la cafetería se alejaba. Una puerta invisible parecía haberse cerrado entre ella y el resto del mundo.

Denise se había ido.

Y José estaba solo con ella.

Carmen se levantó de inmediato.

Pero antes de que pudiera regresar a la habitación, vio a José aparecer al fondo del pasillo.

Venía corriendo.

Lo reconoció inmediatamente.

Su rostro estaba desencajado por un dolor que no pertenecía a un niño.

Carmen comprendió que José todavía estaba intentando escapar de aquello que ella acababa de saber.

—¡José! ¡Espera!

Pero él no se detuvo.

Carmen salió detrás de él. Corrió cuanto pudo, pero las piernas ya no podían seguir el ritmo de aquella desesperación. José
era apenas un muchacho, pero en aquel instante corría
tratando de dejar toda una vida detrás de él.

—¡José!

Él no respondió.

No podía hacerlo.

Si se detenía, tendría que regresar.

Y regresar significaba mirar otra vez la cama.

Mirar a su madre.

Aceptar aquello que su cuerpo todavía se negaba a comprender.

José irrumpió en la calle cegado por las lágrimas.

La luz del día le golpeó los ojos. El mundo exterior continuaba allí, absurdamente intacto. Los autos circulaban. La gente caminaba. Un vendedor gritaba algo en la esquina. Alguien reía. Alguien hablaba por teléfono.

José no entendía cómo podían seguir haciendo todas aquellas cosas.

¿Cómo podía el mundo continuar?

¿Cómo podía alguien reír mientras su madre acababa de morir?

No vio el semáforo en rojo.

No escuchó el claxon estridente.

Solo quería llegar a la iglesia.

A aquel lugar donde él y su madre habían encendido una vela.

Al lugar donde habían prometido ser mejores.

Al lugar donde habían pedido un milagro.

Al lugar donde Denise le había hablado de volver a Jaén, de la plaza de armas, de la banca de siempre, de aquel combinado que algún día volverían a comer juntos.




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