José y Lucía
La noche había caído sobre Lima con una lentitud casi cruel. No era la noche del pueblo, donde las estrellas parecían cercanas y el silencio tenía algo de maternal; aquí, la oscuridad estaba hecha de ruidos lejanos, de motores que no dormían y de luces que fingían ser eternas.
José permanecía sentado en el borde de la cama, con la espalda rígida. Parecía que había aprendido antes que el alma a no derrumbarse.
Lucía dormía a medias. En su respiración había una fragilidad nueva. El aire parecía pesar más desde que mamá ya no estaba en la casa, desde que su nombre se había vuelto un objeto delicado que nadie se atrevía a tocar en voz alta.
José la observó largo rato.
Pensó, con una claridad dolorosa, que nadie prepara a un niño para explicarle a otro niño el final del mundo.
Su madre le había dicho una vez —con esa voz suave que ahora solo existía en la memoria— que papá se había mudado al cielo, justo donde vivía esa estrella que Lucía señalaba cada noche con un dedo diminuto y seguro.
José no sabía cuándo había empezado a creer también en esa estrella.
Pero ahora era lo único firme que le quedaba.
—Lucía
—dijo al fin, con un hilo de voz que no tembló—. ¿Estás
despierta?
Ella abrió los ojos lentamente, despertando dentro de un
sueño que no quería soltar.
—José... ¿mamá ya viene?
La pregunta cayó en la habitación como algo vivo.
José no respondió de inmediato. El silencio, breve pero pesado, fue más honesto que cualquier palabra apresurada.
Le acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja, con ese gesto automático que su madre hacía cuando Lucía estaba inquieta.
Entonces habló.
—No va a venir como antes —dijo—. No con sus pasos, ni con la puerta, ni con su voz en la cocina.
Lucía frunció el ceño. El cuerpo se le tensó.
—Entonces... ¿por qué no viene? —insistió—. Yo la estoy esperando.
José sintió cómo el dolor le subía lentamente hasta la garganta, pero lo contuvo. Sabía que, si se quebraba ahí, el mundo de su hermana se rompería con él.
—Porque ahora está en otro lugar —explicó—. Un lugar donde no se enferma, donde no le duele nada.
—Pero
yo quiero que venga aquí —dijo Lucía, ya llorando—. Quiero que
me peine. Quiero dormir con ella.
Se aferró a su camiseta con ambas manos, intentando retener algo
más que tela.
José la abrazó, primero para protegerla; luego, para sostenerse también.
—Escúchame, Lucía —dijo con una calma que parecía imposible—. Mamá no se fue porque no quisiera quedarse. Se fue porque había terminado algo muy importante aquí.
—¿Qué cosa? —preguntó ella, con la voz rota.
—Cuidarnos —respondió—. Nos enseñó todo lo que tenía que enseñarnos. Ahora le toca descansar con papá.
Lucía negó con la cabeza.
—No quiero que esté con papá —dijo de pronto, con una fuerza inesperada—. La quiero conmigo.
Su voz subió de golpe, como una ola que no había avisado. Se incorporó en la cama, el rostro enrojecido, los puños cerrados con torpeza infantil.
—¡No
quiero que se vaya! —gritó—. ¡No quiero!
Las lágrimas comenzaron a salir sin orden, grandes, desbordadas.
Golpeó el colchón con la mano, torpemente, golpeando también la
idea misma de la ausencia.
—¡Que vuelva! ¡Que vuelva ahora!
José sintió el impacto físico de aquel berrinche. Cada
palabra era un golpe directo al pecho.
Por un segundo tuvo miedo.
No de ella.
De sí mismo.
Del cansancio. Del dolor acumulado. De no tener ya fuerzas suficientes para sostener a nadie.
La abrazó para contenerla, pero Lucía se resistió.
—¡No! —dijo entre sollozos—. ¡No quiero que esté con papá! ¡Papá ya se fue! ¡Ella es mi mamá!
José apretó los labios.
Respiró hondo.
Su voz salió firme, más grave de lo que pretendía.
—Lucía... escúchame.
Ella seguía llorando, sacudiéndose.
—Papá ha estado solo mucho tiempo —continuó José, ahora más despacio—. Solo allá arriba. Mamá no se fue porque nos dejó. Se fue para acompañarlo. Para que no esté solo nunca más.
Lucía negó con la cabeza, desesperada.
—¡No me importa papá! —gritó—. ¡La quiero aquí!
Fue entonces cuando José, sin levantar la voz, pero con una dureza que lo sorprendió incluso a él mismo, dijo:
—Lucía... por favor. ¿También tú me vas a dar problemas?
Las palabras quedaron suspendidas en el aire.
No fueron un grito.
Fueron peores.
Fueron cansancio, súplica, humanidad desnuda.
Lucía se quedó quieta.
Lo miró.
En su rostro vio algo nuevo: no solo a su hermano, sino a alguien que estaba sosteniendo demasiado.
José bajó la mirada de inmediato, arrepentido.
—Perdóname —dijo enseguida, y su voz volvió a suavizarse—. No quise decirlo así.
La atrajo de nuevo hacia su pecho.
Esta vez, Lucía no se resistió.
—Entiendo que estés enojada —continuó—. Yo también lo estoy. Cuando alguien se va, duele tanto que uno quiere gritar, romper algo, hacer que el mundo vuelva a ser como antes.
Lucía lloraba más despacio ahora.
José le acarició el cabello.
—Pero mira —dijo—. Mamá y papá están juntos para que no estén solos allá arriba. Y nosotros estamos juntos aquí para que ellos estén tranquilos.
Lucía levantó la cara, aún húmeda.
—¿Entonces... no me dejó?
—No —respondió él, con firmeza—. Nunca. Lo que pasa es que ahora nos cuida de otra forma.
Ella dudó.
—¿Y si me olvida?
José negó lentamente.
—Eso no pasa. Cuando alguien te quiere de verdad, no se va del todo.
Lucía lo miró en silencio.
—Mamá nos ve siempre —añadió él—. Y si lloramos mucho, quizá se pone triste.
Lucía pensó en eso.
Su respiración se fue calmando poco a poco.
—¿Entonces tengo que ser valiente?
José negó.
—No.
Ella lo miró, sorprendida.