Cláusulas de media noche

CAPÍTULO III — Nocturno en negro

CAPÍTULO III — Nocturno en negro

El silencio que siguió a la partida de Liam de los aposentos del ala oeste no hizo sino intensificar el zumbido constante y febril de los pensamientos en la mente de Victoria. Las brasas de la chimenea morían con lentitud, desprendiendo un calor débil y mortecino que apenas lograba competir con la humedad helada que se filtraba, implacable, por los resquicios de los ventanales góticos. La velada con el conde de Lormont y Lady Margaret había dejado un sabor amargo y denso en su paladar, una mezcla nauseabunda de humillación calculada, sonrisas de artificio y la agobiante certeza de que su papel como esposa de conveniencia era una farsa transparente para los lobos que merodeaban y acechaban el imperio comercial de los Vance, pero una trampa mortal, hermética e infranqueable para ella misma.

Se despojó del pesado vestido verde botella con movimientos mecánicos y rígidos, sintiendo que los alfileres y las ballenas metálicas del corsé habían dejado marcas profundas, rojas y dolorosas sobre su piel. Cada respiración profunda era un recordatorio físico de su cautiverio. La libertad que creía haber preservado al aceptar el trágico trato no era más que una ilusión patética tejida con hilos de deudas impagables, silencios forzados y contratos leoninos. Sin embargo, lo que más la perturbaba, lo que le robaba el reposo y le encendía una inquietud febril en el pecho, no era el despotismo financiero de Liam, sino la desconcertante dualidad de su mirada; aquel destello oscuro, salvaje y hambriento que había destellado en sus pupilas durante el enfrentamiento en el comedor no encuadraba en absoluto con el perfil de un frío y metódico tirano corporativo. Había en él una intensidad voraz, una tensión reprimida que amenazaba con desbordar los límites estrictos del contrato en cualquier momento, arrastrándolos a ambos a un abismo del que ninguno saldría indemne.

Incapaz de conciliar el sueño en la suntuosa pero asfixiante cama de dosel, envuelta solo en un ligero abrigo de lana oscura sobre su camisón de lino blanco, Victoria tomó una decisión impulsada por una mezcla de rebeldía y desesperación. El pestillo exterior de la puerta principal ya no le importaba; recordaba a la perfección el acceso al pasadizo oculto tras el panel de caoba tallada que había descubierto la noche anterior. Con pasos sigilosos, deslizándose como un espectro silencioso en la penumbra de la alcoba, presionó con la palma de la mano el borde del friso ornamental hasta que la madera cedió con un crujir seco, casi imperceptible, que quedó devorado por el rugido sordo del mar contra los acantilados.

La oscuridad dentro del pasadizo era absoluta, una negrura espesa, táctil y pesada, impregnada de un olor denso a polvo antiguo, cera rancia, cal húmeda y salitre acumulado durante décadas de abandono. Con la mano derecha extendida, tanteando con extremada precaución el muro de piedra rugosa y helada, avanzó paso a paso, guiándose de memoria y por el murmullo lejano del océano que parecía latir como un corazón mecánico en las entrañas mismas de Blackwood Manor. Cada pisada sobre las tablas irregulares del piso superior exigía un equilibrio milimétrico y un cálculo exacto del peso para evitar el latigazo sonoro de la madera vieja, un chasquido que en el silencio de la noche habría delatado su presencia de inmediato.

Tras recorrer varios metros en aquellas condiciones de claustrofobia y tensión, la tenue rendija de luz dorada volvió a aparecer bajo sus pies, proyectando franjas pálidas y estriadas sobre el suelo polvoriento del pasadizo. Se asomó con extrema cautela, apoyando el abdomen contra las tablas y conteniendo el aliento, esperando encontrar el gran salón o la biblioteca donde había espiado días atrás. Mas esta vez el espacio iluminado era de forma radical diferente: se trataba de un estudio privado, mucho más pequeño, austero y apartado, situado directo debajo del ala este, un santuario personal donde el señor de la casa se retiraba cuando el peso del mundo y de sus negocios amenazaba con aplastarle.

A través de la rendija, distinguió con absoluta nitidez la silueta altiva y esbelta de Liam. Estaba de espaldas, inclinado sobre una amplia mesa de trabajo de roble macizo que se encontraba de manera literal sepultada bajo cartas náuticas desdobladas, complejos planos de construcción naval, contratos mercantiles y pesados libros mayores encuadernados en cuero oscuro. No llevaba la chaqueta ni el chaleco protocolario; la camisa blanca de lino, de finísima factura pero ligeramente arrugada por las horas laborales, tenía las mangas arremangadas con desdén hasta los codos, dejando al descubierto unos antebrazos firmes, musculosos y surcados por varias cicatrices tenues y alargadas que hablaban a modo silencioso de un pasado violento y salvaje, ajeno por completo a los salones dorados y los despachos formales de la alta sociedad londinense.

Un vaso de cristal tallado con licor ámbar reposaba intacto junto a su mano derecha, olvidado por completo. Liam permanecía inmóvil, con los dedos largos y firmes apoyados con fuerza sobre un documento específico que parecía atraer toda su atención, como si contuviera una sentencia de vida o muerte. De pronto, con un movimiento brusco, cargado de una furia sorda y una frustración contenida que pareció romper la quietud del aire, apartó los papeles de un manotazo seco, enviando varias hojas volando por el suelo, y se llevó ambas manos a la nuca, aferrándose el cabello oscuro mientras exhalaba un suspiro denso, profundo y tembloroso que resonó con el esfuerzo de un lamento en la intimidad de la estancia.

—Maldita sea la hora y maldito sea el día —murmuró para sí mismo con una voz ronca, quebrada, desprovista por completo de la coraza de inquebrantable autoridad con la que tiranizaba al mundo exterior.

Victoria contuvo el aliento de golpe, con el corazón latiéndole de manera desbocada, golpeándole con dolor contra las costillas. Aquella profunda grieta en la fachada de hierro de su esposo reveló de inmediato una vulnerabilidad insospechada y desgarradora. No era un autómata frío e infalible tallado en piedra; los hilos invisibles de su imperio marítimo, las deudas, las traiciones y las alianzas podridas también amenazaban con cortarle las manos y decapitar su poder si los movimientos milimétricos de su ajedrez financiero fallaban.




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