Cláusulas de media noche

CAPÍTULO XV — La estela de fuego

CAPÍTULO XV — La estela de fuego

El aire en el estudio principal de Blackwood Manor se había vuelto denso, cargado con la electricidad invisible que precede a las grandes tormentas. Sobre la pesada mesa de caoba, el telegrama procedente de Bristol y la carta manuscrita del conde de Lormont reposaban como dos piezas de un mismo rompecabezas siniestro. Los antiguos accionistas de la naviera del Báltico, hombres a quienes Liam había desplazado de las rutas del Atlántico durante la reestructuración financiera, no se habían resignado a la bancarrota ni al ostracismo. Incapaces de competir en los tribunales o en la Bolsa de Londres, habían optado por la vía de los desesperados: el contrabando de armas, la pólvora clandestina y la sombra de un sabotaje diseñado para arruinar la botadura de la nueva flota de la Corona.

Liam permanecía de pie junto al ventanal gótico, con los brazos apoyados en el alfeizar de piedra y la mirada perdida en la línea oscura del horizonte marino, donde las primeras nubes de una borrasca comenzaban a acumularse. Su mandíbula estaba tensa, esculpida en una zona de fría resolución que no admitía réplica. A pocos pasos, Victoria examinaba los mapas hidrográficos de los muelles de Bristol, con el entrecejo fruncido y una concentración absoluta brillando en sus ojos verdes.

—Si el cargamento ha desembarcado en los almacenes del sur de Bristol bajo la cobertura de la marea nocturna, disponemos de menos de veinticuatro horas antes de que trasladen la pólvora hacia nuestros astilleros en Falmouth o intenten volar los diques secos durante la noche —dijo Victoria con voz clara, cortando el silencio con la precisión de una hoja de afeitar—. No podemos esperar a que las autoridades locales actúen; la burocracia de los magistrados de Bristol es lenta, corrupta y comprable por los restos de la vieja red del Báltico.

Liam giró lentamente la cabeza, deteniendo su oscura y febril mirada en el rostro decidido de su esposa. Una sombra de orgullo cruzó sus facciones, mezclada con el instinto protector que jamás lograba apagar por completo, aunque sabía a la perfección que intentar dejarla atrás en Blackwood Manor equivalía a declarar una guerra abierta dentro de su propio matrimonio.

—Los muelles clandestinos de Bristol son un nido de ratas, contrabandistas y mercenarios sin ley, Victoria —advirtió Liam con su voz ronca, cruzando la estancia para detenerse a su lado y apoyar una mano sobre el borde del mapa—. No es una recepción en la embajada francesa ni un duelo de salones en Mayfair. Si nos infiltramos en esos almacenes esta noche, nos jugaremos el cuello en cada sombra.

Victoria levantó la barbilla con un gesto de soberana altivez, plantándole cara sin parpadear.

—¿Acaso creéis que he sobrevivido a la ruina de mi padre, a los meses de encierro en esta mansión y a las intrigas de Lormont para quedarme sentada junto a la chimenea mientras vos vais a limpiar mis cuentas pendientes en Bristol? —replicó ella con un tono helado y cortante, que no dejaba lugar a dudas—. Mis talleres, mi apellido y mi futuro están en juego en esa dársena. Voy con vos, querido. Pero no aceptaré un no por respuesta.

Él la contempló en silencio durante unos segundos interminables. La intensidad que chispeaba en las pupilas de su esposa era la misma que le había robado el aliento desde el primer día en que cruzó las puertas de la mansión. Comprendió, con la absoluta certeza de quien conoce la madera de la que está hecho su aliado, que intentar convencerla de lo contrario era una pérdida de tiempo.

Una media sonrisa afilada curvó las comisuras de los labios de Liam.

—Jamás se me ocurriría dejar sin vigilancia a la mejor estratega de esta costa, señora Vance —respondió él con un susurro grave, antes de extender la mano para sellar el pacto con un apretón firme—. Que preparen el carruaje rápido y las armas cortas. Partiremos hacia Bristol antes de que el sol alcance el cenit.

La ciudad portuaria de Bristol se cernía bajo un cielo plomizo y amenazante cuando las ruedas del carruaje de los Vance cruzaron los límites de la zona industrial. A diferencia de Falmouth, donde el orden y la disciplina de los astilleros imperaban bajo el estandarte de la compañía, los muelles del sur de esta ciudad eran un laberinto laberíntico de almacenes derruidos, callejones oscuros anegados de lodo y tabernas portuarias donde la ley la dictaban los cuchillos y las apuestas clandestinas. La llovizna fina y persistente que había comenzado a caer al atardecer convertía las calles empedradas en un espejo resbaladizo, donde las siluetas de los marineros borrachos y los matones a sueldo se difuminaban entre la niebla y el humo de las chimeneas de carbón.

El vehículo se detuvo con discreción en la parte trasera de un viejo depósito de redes de pesca, a escasos doscientos metros del muelle principal donde, según el telegrama de los informantes, los agentes del Báltico habían depositado los barriles de pólvora.

Liam descendió primero, comprobando el ajuste de su abrigo oscuro y asegurándose de que la culata de su pistola de chispa reposara con comodidad accesible bajo la solapa. Justo después bajó Victoria, enfundada en un abrigo de viaje largo de paño negro con capucha, ocultando su rostro entre las sombras mientras empuñaba con firmeza un pequeño pero letal revólver de bolsillo que había recuperado de los antiguos armeros de la mansión.

—Manteneos cerca de mí y no hagáis ningún movimiento sin mi señal —susurró Liam junto a su oído, rozando su hombro con una autoridad protectora que no disminuía la independencia de ella.

— Preocupaos de cubrir vuestra propia espalda, lord Vance —respondió Victoria con una sutil sonrisa de desafío en los labios—. Yo sé a la perfección cómo defenderme de los buitres de esta calaña.

Avanzando con sigilo entre las sombras de los gigantescos montones de madera y las grúas de carga abandonadas, la pareja se deslizó hasta alcanzar la parte posterior del gran almacén central. Las puertas de roble carcomido estaban semiabiertas, dejando escapar un hilo de luz tenue procedente de un par de linternas de aceite apostadas en el interior, acompañadas por el murmullo ronco de varias voces masculinas que discutían con acritud en un idioma extranjero.




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