Cláusulas de media noche

CAPÍTULO IX — El banquete de las mareas

CAPÍTULO IX — El banquete de las mareas

La caída de la tarde sobre los muelles de Falmouth trajo consigo una tregua dorada y melancólica, un reflejo crepuscular que teñía las aguas tranquilas del puerto con pinceladas de cobre, ámbar y violeta oscuro. Tras el paso devastador de la galerna, el aire olía de forma intensa a salitre limpio, a madera mojada y al carbón humeante de los talleres que ya habían retomado su actividad con un ritmo febril y redoblado. En el pabellón de honor, un edificio de sillería noble e hileras de ventanales arqueados que se proyectaban sobre el mar, las luces de decenas de lámparas de araña y candelabros de plata comenzaron a parpadear igual que estrellas artificiales, anunciando el banquete oficial con el que la alta sociedad de Cornualles y los representantes de la Corona pretendían celebrar tanto la supervivencia de la flota como la consolidación definitiva del imperio naviero de los Vance.

Dentro de los aposentos principales de Blackwood Manor, Victoria contemplaba su reflejo en el gran espejo de cuerpo entero con una sensación de profunda metamorfosis. Ya no quedaba rastro de la prisionera asustada que había llegado semanas atrás envuelta en un corsé de rígidas ballenas y una fría desesperación. El vestido elegido para la ocasión era una obra maestra de la alta costura londinense: una pieza confeccionada en seda de tono verde esmeralda profundo, de caída fluida pero estructurada con elegancia, sin las opresivas armaduras del pasado, permitiéndole moverse con una libertad soberana que reflejaba el nuevo estado de su espíritu. Su cabello caía en ondas oscuras, recogido por horquillas de plata con incrustaciones de nácar, y en su cuello relucía una sutil gargantilla de oro antiguo que Liam le había entregado esa misma tarde, una joya recuperada de los antiguos tesoros de la familia Sterling.

La puerta de la alcoba se abrió con suavidad, y la silueta alta y rotunda de Liam se recortó en el umbral. Vestía un frac impecable de paño negro hecho a medida, con solapas de seda y una corbata blanca almidonada a la perfección que acentuaba la dureza angulosa de sus facciones y la intensidad oscura de su mirada. Al verla detenida frente al espejo, él se detuvo en seco. Por un instante, el hombre que controlaba las rutas del Atlántico y dictaba los precios del Bantil y del acero pareció perder el aliento. Sus ojos recorrieron la esbelta figura de Victoria, deteniéndose en el destello esmeralda de la tela y en la expresión de serena y radiante seguridad que iluminaba su rostro.

—Si pretendíais provocar un motín en los muelles antes siquiera de poner un pie en el pabellón, querida, habéis elegido el arma perfecta —murmuró Liam con su voz ronca, cruzando la estancia con pasos firmes hasta detenerse a su espalda, apoyando las manos con suavidad sobre la ligera tela de sus hombros y contemplando ambos rostros reflejados en el cristal—. Nadie en Falmouth reconocerá hoy a la mujer que llegó huyendo de las deudas de Londres. Verán a una reina.

Victoria inclinó la cabeza hacia atrás, apoyando la nuca contra el pecho firme de su esposo, y le devolvió una sonrisa cargada de una sutil ironía cómplice.

—No voy a interpretar el papel de reina sumisa para satisfacer la vanidad de vuestros inversores, —replicó ella con voz cristalina, girándose despacio para quedar frente a él y ajustar con naturalidad las solapas de su frac—. Voy a ocupar el lugar que por derecho propio y por apellido me corresponde. Lormont y Lady Margaret van a necesitar algo más que sus habituales sonrisas venenosas para apagar el incendio que vamos a encender esta noche.

Liam soltó una carcajada baja, una vibración cálida que resonó en el pecho de Victoria antes de inclinarse para sellar sus labios en un beso breve pero cargado de una promesa indisoluble.

—Que los dioses protejan a quien se atreva a cruzaros en el camino esta noche —susurró él contra su boca antes de ofrecerle el brazo—. El carruaje nos espera.

El trayecto hasta el pabellón de honor transcurrió bajo una atmósfera de serena anticipación. Cuando el vehículo se detuvo ante la escalinata principal del edificio, los destellos de las antorchas y el murmullo constante de los invitados congregados en el exterior creaban un escenario digno de la alta diplomacia imperial. Al abrirse la portezuela, Liam descendió con agilidad y extendió la mano hacia Victoria. Ella la aceptó sin vacilar, entrelazando sus dedos con los de él en un gesto que de cara a la galería exhalaba una devoción inquebrantable, pero que en la intimidad de su contacto revelaba la fuerza de dos aliados que marchaban a conquistar el mundo.

Al hacer su entrada en el gran salón de banquetes, la conversación general —un zumbido constante de copas de cristal, risas artificiales y cotilleos de la aristocracia marítima— pareció apagarse de golpe por una fracción de segundo. Las miradas de los banqueros de Londres, los armadores de Bristol y los nobles locales convergieron de inmediato sobre la pareja. Los rumores sobre la fragilidad de su matrimonio, las deudas ocultas de los Sterling y las supuestas tensiones en Blackwood Manor se desvanecieron en el aire al observar la forma en que Liam caminaba con paso firme, protegiendo la cintura de Victoria con una posesividad absoluta, mientras ella avanzaba con la barbilla en alto, luciendo una sonrisa deslumbrante que desarmaba cualquier especulación malintencionada.

El conde de Lormont y Lady Margaret ocupaban un lugar prominente cerca de la mesa de honor, flanqueados por varios directores del Banco de Cornualles. El rostro de Lormont, curtido en el arte de la falsa hidalguía, experimentó una contracción involuntaria al verles aparecer juntos, radiantes y visiblemente unidos. Lady Margaret, por su parte, clavó los ojos en el vestido esmeralda de Victoria con una mezcla de envidia mal disimulada y un rencor sordo que intentó ocultar tras los pliegues de su abanico de encaje.




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