Cláusulas de media noche

CAPÍTULO V — El mascarón de proa

CAPÍTULO V — El mascarón de proa

El amanecer sobre los acantilados de Cornualles no trajo consigo tregua alguna, sino un despliegue de luz fría, grisácea y cortante que se filtraba a través de los pesados cortinajes de terciopelo de la alcoba igual que una llovizna invisible. Victoria Sterling abrió los ojos con una sensación de pesadez en el pecho, como si las horas de sueño hubieran estado pobladas por ecos de disparos, susurros roncos y el calor abrasador de unas manos que aún creía sentir aferradas a su cintura con la fuerza inexorable de un tornillo de banco. La madrugada había sido breve, interrumpida por pesadillas recurrentes donde el contrato de matrimonio se convertía en un pergamino en llamas que la consumía con lentitud desde los pies hasta el rostro.

Se incorporó despacio, sintiendo el crujir de sus propias articulaciones y el recuerdo físico de la tensión vivida en el estudio de Liam. No había rastro de él en el ala oeste; la distancia entre sus habitaciones y las de su esposo funcionaba como una muralla invisible que el día anterior parecía infranqueable y que ahora, tras el incidente de la medianoche, se había transformado en un umbral cargado de electricidad estática.

Alrededor de las nueve en punto, tal como el conde de Lormont y las exigencias de la alta sociedad dictaban en su implacable calendario de apariencias, la señora Higgins apareció en la antesala acompañada por una doncella silenciosa que portaba un vestido de gala confeccionado en un riguroso terciopelo de tono azul marino, pesado y estructurado con ballenas de acero que ceñían la cintura hasta rozar el límite de lo soportable. No había lugar para la comodidad en el vestuario de una esposa de Vance; cada prenda estaba diseñada para proyectar una imagen de elegancia intocable, un caparazón de lujo y recato que ocultaba las grietas de la infelicidad con una precisión milimétrica.

—El señor Vance aguarda en el zaguán principal, señora —anunció Higgins con su habitual tono neutro, impersonal y desprovisto de cualquier atisbo de calidez humana, mientras ajustaba con dedos expertos los últimos broches de nácar en el cuello alto del vestido—. La carruaje oficial de la compañía ya se encuentra preparado en el exterior. El trayecto hasta el puerto de Falmouth es largo y el viento del norte sopla con fuerza en la costa; le sugiero que se cubra con la capa de lana antes de cruzar el umbral.

Victoria se contempló por un instante en el espejo de cuerpo entero situado frente al tocador. La imagen que le devolvió el cristal era la de una perfecta desconocida: una mujer de mentón altivo, mirada fría y labios sellados con firmeza, cuya belleza respondía de manera exacta a los cánones que los accionistas de Vance Shipping esperaban encontrar en la esposa de su líder. Un auténtico mascarón de proa esculpido en marfil y luto, destinado a abrirse paso entre las olas embravecidas de la alta sociedad sin revelar jamás el peso de la madera que lo sostenía.

—No necesito consejos sobre el clima de mi propia tierra, señora Higgins —respondió la joven con voz cortante, tomando los guantes de piel de cabra blanca y colocándoselos con gestos mecánicos y precisos—. El señor Vance no tolera impuntualidades; será mejor que no le hagamos esperar más de lo necesario para alimentar sus recelos.

Al descender la gran escalinata de roble oscuro, cuyas barandillas estaban talladas con motivos marinos y monstruos mitológicos que parecían cobrar vida bajo la luz cenital de los tragaluces, Victoria vio a Liam de pie junto a la puerta principal. Vestía un abrigo largo de paño negro impecable, de solapas amplias y corte militar, que acentuaba la amplitud de sus hombros y la rigidez imponente de su postura. No llevaba sombrero, y su cabello castaño, ligeramente revivido por el viento que se filtraba al abrirse los portones, caía sobre su frente con una desprolijidad que contrastaba de forma violenta con la absoluta formalidad de su indumentaria.

Al escuchar el eco de sus tacones sobre la piedra del zaguán, Liam giró la cabeza. Sus oscuros ojos recorrieron la silueta de su esposa desde la punta de los zapatos hasta el elaborado peinado que recogía su cabello en un moño estricto, deteniéndose un segundo más de lo prudente en Falmouth, el rictus tenso de sus labios. Un destello indescifrable, una mezcla de fría aprobación y advertencia silenciosa, cruzó por sus pupilas antes de adoptar de nuevo su habitual máscara de indiferencia impenetrable.

—Sois puntual, querida —dijo con voz grave, sin ofrecerle el brazo ni ningún gesto de cortesía galante, limitándose a girar sobre sus talones y empujar el pesado portón de roble que daba al exterior—. La puntualidad es la única virtud que los inversores de Falmouth valoran casi tanto como el dinero en efectivo. No olvidéis el papel que os ha tocado representar hoy ante los muelles; cualquier vacilación pública será interpretada por los tiburones de la competencia igual que una señal de debilidad en los cimientos de nuestra alianza.

—Descuidad, señor Vance —replicó ella con una sonrisa gélida, ensayada con rigor, que no llegaba a alcanzarle los ojos—. Sé a la perfección cuál es mi lugar en este escaparate. Soy la prueba viviente de vuestra solvencia moral y de vuestro triunfo financiero. No os defraudaré en la función; al fin y al cabo, ambas partes cobramos un precio muy alto por esta representación.

Liam se detuvo un instante antes de descender los escalones de piedra que conducían al carricoche, la miró de reojo con una intensidad abrasadora que hizo que el aire entre ambos pareciera volverse irrespirable, pero no pronunció palabra alguna. Se limitó a abrir la puerta del carruaje negro con el escudo nobiliario de los Vance grabado en oro en los flancos, ofreciéndole una mano enguantada que Victoria ignoró de forma deliberada, prefiriendo apoyarse en el estribo de metal para subir por su propia cuenta al interior del vehículo.

El trayecto desde Blackwood Manor hasta el puerto de Falmouth transcurrió en un silencio sepulcral, roto solo por el traqueteo constante de las ruedas de madera contra los caminos empedrados y el silbido lúgubre del viento que sacudía los cristales del carruaje. Sentados el uno frente al otro, en el reducido espacio envuelto en terciopelo oscuro, la tensión entre ambos era tan densa que parecía formar una sustancia física, un campo magnético de repulsión y atracción mutua que impedía cualquier distracción. Ella miraba a través de la ventanilla empañada, observando cómo los acantilados escarpados de Cornualles se fundían con el gris plomizo del mar del Norte, mientras sentía la mirada fija y devoradora de Liam clavada en su perfil con la persistencia de una condena.




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