Cláusulas de media noche

CAPÍTULO XXX: El bastión de los juramentos

CAPÍTULO XXX: El bastión de los juramentos

La niebla que subía del Atlántico se adhería a las troneras de la fortaleza como un manto de ceniza helada. En las estancias de Blackwood Manor, el aire había perdido cualquier resquicio de tibieza; olía a aceite de ballena, a cuero húmedo y a la grasa protectora con que los hombres de mar cubren los cierres de hierro antes de la batalla. El reloj de pie del vestíbulo marcaba las tres de la madrugada con un golpeteo seco, regular, sordo, que retumbaba en las vigas del techo con el ritmo implacable de un tambor de marcha. El crujido de la madera antigua se mezclaba con el rugido incesante del oleaje que batía contra los cimientos del acantilado, una música ancestral que recordaba a los habitantes de la casa la fragilidad del suelo sobre el que sostenían su feudo.

En la gran sala de mapas, donde hasta hacía pocas horas reinaba el sosiego de las lecturas y las cuentas de ultramar, el ambiente evocaba la cubierta de un buque dispuesto para el abordaje. Sobre la mesa de caoba no había ya copas de Oporto ni carpetas de terciopelo. Decenas de planos de la costa de Cornualles permanecían extendidos mediante el peso de dos pistolas de arzón, un compás de bronce, tres frascos de pólvora negra y un puñado de balas de plomo recién moldeadas. Los reflejos de los quinqués dibujaan sombras alargadas sobre las paredes tapizadas, convirtiendo los retratos de los antiguos patriarcas en testigos mudos de la vigilia.

Victoria ajustaba los correajes de cuero cruzados sobre su pecho, despojada de las faldas de salón y ataviada con una casaca pesada de paño verde y botas altas de montar que delataban su disposición para el combate. Su rostro, bañado por la luz vacilante de dos candelabros de tres brazos, mostraba un perfil esculpido en piedra. A su lado, Liam examinaba el mecanismo de disparo de un mosquetón corto, verificando la chispa del pedernal con el pulgar hasta escuchar el chasquido preciso del muelle. Cada movimiento de sus manos era metódico, fruto de los años pasados en las vigías del norte y en las travesías más duras de la firma comercial.

—Vos sabéis bien, Victoria, que esta tierra no admite señores de papel —dijo Liam con voz grave, fija la mirada en el fogón de la pieza de fuego—. Si el duque de Silva cree que un sello de cera firmado hace veinte años basta para tomar las llaves de mi casa, descubrirá el precio de su audacia antes de la salida del sol. Ningún tribunal de Lisboa ha pisado jamás estas rocas ni ha levantado una sola viga de este castillo.

Victoria levantó los ojos hacia su esposo. En sus pupilas verdes no había un solo rasgo de zozobra, sino la luz fría de una determinación curtida en mil contratiempos.

—Vos no habéis de dudar de mi firmeza, lord Vance —respondió ella, alzando la voz con un tono firme en el que resonaba el orgullo de la antigua nobleza de su linaje—. Aquella firma de mi madre fue un engaño tejido en la sombra, una farsa nacida de la desesperación de la que jamás fui parte. Vos y yo levantamos esta firma sobre el valor de nuestros barcos, sobre la lealtad de la tripulación de Falmouth y sobre la sangre que dejamos en cada puerto. Decidme qué órdenes habéis dispuesto para los guardias del acantilado y para la patrulla del camino viejo.

Liam dejó el mosquetón sobre la madera barnizada y se aproximó a ella. La tomó por las manos, sintiendo el calor tenue de su piel y la firmeza de sus dedos, ajenos a cualquier temblor.

—Mirad el plano de la cala inferior —indicó Liam, señalando con el índice la grieta profunda de la costa donde el mar rompía con furia contra las aristas del granito—. El duque aguarda a la primera luz para enviar sus botes de desembarco. Piensa que la densa bruma ocultará su avance hasta la terraza. Sin embargo, vos sabéis que mi padre hizo instalar cuatro culebrinas de dieciocho libras en la cueva de la Cruz, ocultas tras la vegetación y la roca viva. Old Mac y seis artilleros de entera confianza guardan el puesto desde medianoche, con la orden de no encender una sola mecha hasta que el enemigo pise la arena.

—¿Y qué hay de la flota en la bahía de Falmouth? —inquirió Victoria, entrelazando sus dedos con los de él mientras estudiaba las marcas del mapa—. Las tres fragatas portuguesas bloquean el canal principal. Si Julian no logra advertir a nuestros capitanes, los bergantines de la compañía serán apresados en las dársenas antes de que tengan ocasión de soltar amarras.

—Julian ya no forma parte de nuestros planes —contestó Liam con un matiz de honda amargura en el rostro—. Su cobardía ante el enviado del Almirantazgo y su secreta correspondencia con los abogados de Lisboa nos libran al fin de falsos aliados. Envié a dos correos a caballo por el camino de la costa poco antes de la medianoche. Si alcanzan el puerto a tiempo, los capitanes de la firma levarán anclas a ciegas y atacarán el flanco de la escuadra lusitana en cuanto se escuche la primera salva desde estas peñas. Vos habéis de permanecer en el patio interior junto a los hombres de la guardia de la casa. Guardad estas dos pistolas en vuestro talle y no dudéis en usarlas si los marineros del duque logran ganar la balaustrada.

—Vos queréis reservarme un puesto de resguardo, Liam —replicó ella, ladeando la cabeza con una sonrisa severa que iluminó sus facciones—. Olvidáis que yo fui quien sostuvo los libros de cuentas contra las amenazas de Lormont, quien enfrentó a los usureros de Bristol y quien navegó junto a vos por las heladas aguas del Báltico cuando la mitad de la tripulación yacía tullida por la peste. No he de ver la batalla tras las cortinas de la cocina ni desde la seguridad de la torre. Estaré a vuestro lado en la muralla cuando vuestro primo ponga el pie en la escala de piedra.

Liam la contempló en silencio durante un largo instante. El brillo de orgullo que brotó en sus ojos oscuros apagó por un momento la severidad de sus facciones gastadas por la fatiga.




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