Capítulo 4 - Fuego cruzado
El eco del grito de Liam Vance pareció disolverse con lentitud en la pesada atmósfera del estudio, devorado por el rugido sordo e implacable del mar que golpeaba los cimientos de piedra negra de Blackwood Manor. Arriba, en la negrura opresiva del desván oculto, Victoria sentía que el aire se negaba a entrar en sus pulmones. El frío metal del revólver, apuntando con una precisión homicida exacto hacia la rendija donde se ocultaba, era la prueba tangible de que el juego de las apariencias había terminado de romperse en mil pedazos. No había escapatoria posible, ni escondite lo suficientemente oscuro como para eludir la persecución sin piedad del hombre que gobernaba aquel dominio con mano de hierro.
Un segundo de indecisión absoluta paralizó sus extremidades. Pudo haber retrocedido a gatas por el pasadizo, buscando el refugio inútil de su alcoba clausurada por un cerrojo exterior, pero el orgullo indomable que corría por sus venas —el mismo que la había empujado a estampar su firma en el contrato leonino para salvar el legado de su padre— se rebeló contra la cobardía. Si iba a ser descubierta, si su osadía iba a costarle caro, prefería encarar el peligro de pie, con la barbilla en alto y la mirada clavada en los ojos de su enemigo, antes que encogerse como una prisionera acobardada en la penumbra de las ratas.
Con un movimiento lento, deliberado y cargado de una fría soberbia, apartó las tablas del suelo con las manos y se despojó del velo de la clandestinidad. No utilizó el pasadizo secreto para huir; por el contrario, empujó con firmeza la pequeña trampilla de servicio que comunicaba directo con una escalera de caracol interior, descendiendo los peldaños de hierro con paso firme hasta eclosionar de golpe en el santuario privado de su esposo.
El sonido de sus pisadas sobre la alfombra persa del estudio causó que Liam girara la cabeza de inmediato. La sorpresa que cruzó de manera fugaz por sus oscuras pupilas al ver emerger de la oscuridad a su propia esposa, descalza y envuelta en un ligero abrigo de lana sobre el camisón, se transformó al instante en una furia sorda y contenida que hizo que los nudillos con los que sujetaba el revólver se pusieran blancos por completo. Sin embargo, no bajó el arma; la mantuvo firme, apuntando a escasos metros de su pecho, como si la presencia de ella representara una amenaza mil veces más peligrosa que la de cualquier espía profesional de la competencia.
—¿Sois vos? —preguntó Liam con un ronco susurro que vibraba con una tensión letal, mientras su mirada recorría de arriba abajo la esbelta y desafiante silueta de Victoria—. ¿Os habéis vuelto insana? ¿Qué demonios estabais haciendo en los desvanes a estas horas de la madrugada? ¿Espiando mis pasos como una vulgar ladrona?
Victoria no se encogió ante el cañón humeante del arma, ni apartó un solo milímetro la mirada de sus ojos negros y febriles. Al contrario, dio un paso al frente, obligando a Liam a retroceder el pulso o a correr el riesgo de tenerla demasiado cerca.
—No soy ninguna ladrona, señor Vance —respondió con una voz nivelada a la perfección, fría como el hielo de los fiordos, a pesar de que el corazón le latía desbocado en la garganta—. Pero mucho menos os temo, por más revólveres que apuntéis contra las paredes de vuestra propia casa. Si me he tomado la molestia de recorrer vuestros vetustos pasadizos, ha sido única y exclusivamente para comprobar por mí misma hasta dónde llega la red de mentiras sobre la que habéis construido este matrimonio de conveniencia.
Un destello de advertencia mortal cruzó por las pupilas de Liam. Despacio, con una rigidez calculada en cada músculo de su cuerpo, bajó el revólver y lo depositó sobre la superficie de la mesa de roble, sin apartar de ella ni un instante su atención depredadora.
—Habéis cruzado una línea muy peligrosa —advirtió él, dando un paso al frente que redujo de forma drástica la distancia entre ambos hasta convertirla en una asfixiante invasión de espacio vital—. Las puertas de esta casa no se abren para que una mujer curiosa descubra los secretos comerciales que sostienen la estabilidad de este imperio. Lo que habéis oído en el despacho no os concierne; forma parte de los engranajes oscuros que mantienen a flote tanto mi naviera como el apellido de vuestro querido padre.
—¡Mentira! —estalló ella de repente, incapaz de seguir conteniendo la rabia sorda que le quemaba las entrañas desde el momento en que escuchó la conversación con Cartwright—. ¡Todo es una farsa calculada para convertirme en una rehén sin derechos! No solo me habéis comprado igual que a una pieza decorativa para cumplir con las exigencias testamentarias de vuestro difunto abuelo, sino que habéis utilizado la ruina de mi familia como un cebo para atarme de pies y manos a vuestro servicio. Las deudas de la fundación no eran simples pagarés bancarios; son cadenas que habéis adquirido para doblegar mi voluntad.
Él se quedó inmóvil, observándola con una intensidad feroz, casi dolorosa. La cercanía entre ambos era tal que Victoria podía percibir con nitidez el calor febril que emanaba de su cuerpo, el aroma a tabaco oscuro, cedro y salitre que impregnaba la tela de su camisa desabotonada, y el compás acelerado de su respiración. Por un instante, la hostilidad que flotaba en el ambiente pareció transformarse en algo denso e indefinible, una corriente subterránea que quemaba la piel sin necesidad de fuego.
—¿Y qué esperabais encontrar? —preguntó Liam con voz trémula, bajando el tono hasta convertirlo en un murmullo áspero y cargado de una amargura insondable—. ¿Un cuento de hadas? ¿A un noble caballero dispuesto a rescatar a la damisela en apuros sin pedir nada a cambio en un universo donde el dinero y la sangre dictan las leyes de la subsistencia? El mundo exterior no conoce la piedad, y los hombres que dirigen las rutas del Báltico y del Atlántico habrían destrozado el legado de vuestro padre en veinticuatro horas si yo no hubiera comprado sus deudas al precio más alto. Mi matrimonio con vos no es un capricho romántico; es un pacto de sangre y supervivencia económica. Si caigo yo, caéis vos y se desmorona todo lo que vuestro tutor amó en esta vida.
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Editado: 11.09.2026