Cláusulas de media noche

CAPÍTULO XIV — El latido de la marea alta

CAPÍTULO XIV — El latido de la marea alta

El aire de la mañana en la costa de Cornualles tenía una pureza cortante, casi eléctrica, que parecía purificar los pulmones con cada bocanada. Tras las puertas de las caballerizas de Blackwood Manor, el repiqueteo impaciente de los cascos contra los adoquines anunciaba la urgencia de la jornada. Los sementales, de pelaje oscuro y musculaturas poderosas acostumbrados a la dureza del terreno costero, resoplaban nubes de vaho blanco en el ambiente fresco mientras los mozos ajustaban las cinchas con meticulosa precisión.

Victoria Sterling —Victoria Vance, cuyo nombre ya resonaba con la fuerza de un estandarte indiscutible tanto en los muelles de Falmouth como en los despachos de la City de Londres— ajustó con firmeza los guantes de piel antes de alzar el pie hacia el estribo. Vestía una chaqueta de montar de paño verde botella, entallada con elegancia castrense, y una falda larga de tejido denso diseñada específicamente para resistir el embate del viento en los acantilados. Al acomodarse en la silla con una naturalidad absoluta que denotaba años de innata destreza ecuestre, giró el rostro hacia el extremo opuesto del patio.

A pocos metros, montado sobre un imponente ejemplar negro azabache que respondía con impaciencia a las riendas, Liam la observaba con una fijeza devoradora. Su rostro anguloso, enmarcado por el cuello levantado de su abrigo de viaje y el sombrero oscuro inclinado, reflejaba esa mezcla de desafío y absoluta rendición que solo ella era capaz de provocarle.

—Os advierto, señora Vance, que los caminos de los acantilados no conceden tregua a los rezagados —advirtió Liam con su voz ronca, una vibración grave que se adelantó al silbido del viento marino—. Si pretendéis seguirme el ritmo hoy, más vale que no os encariñéis demasiado con la ventaja inicial.

Victoria soltó una risa cristalina y desafiante, un sonido que disipó de golpe la última traza de solemnidad matinal. Acarició con suavidad el cuello de su montura antes de recoger las riendas con firmeza.

—Guardad vuestras advertencias para los banqueros de Londres, lord Vance —respondió ella con una chispa verde y altiva brillando en sus pupilas—. Hoy no hay contratos que firmar ni deudas que saldar; el único juez que dictará sentencia es el viento del Atlántico. ¿Estáis preparado para perder?

Antes de que Liam pudiera articular respuesta alguna, Victoria clavó los talones en los ijares del animal y salió disparada hacia la salida principal de la propiedad con la velocidad de una flecha liberada del arco.

El semental negro de Liam reaccionó al instante con un relincho bronco, lanzándose en persecución de su compañera en una arrancada feroz que hizo temblar el suelo del patio. En cuestión de segundos, ambos jinetes cruzaron las verjas de hierro forjado de Blackwood Manor y se adentraron en los senderos serpenteantes que bordeaban los abismos de pizarra negra.

La carrera no tardó en convertirse en una prueba de fuego y destreza. El sendero, estrecho y empinado, discurría de forma peligrosa cerca del borde del acantilado, donde el mar del Norte rugía con una violencia desmedida, estrellando olas gigantescas contra las formaciones rocosas y pulverizando la espuma en millones de gotas salobres que el viento arrojaba directo a sus rostros. Ninguno de los dos aminoró la marcha. Victoria se inclinó sobre el lomo de su montura, fundiendo su peso con el movimiento del animal, anticipando cada curva y cada piedra suelta con una precisión milimétrica. A su lado, apenas a un cuerpo de distancia, Liam recortaba el espacio con zancadas poderosas, manteniendo su mirada clavada en la silueta de su esposa con una mezcla de vértigo y profunda fascinación.

Durante varios minutos, el mundo se redujo exclusivamente al estruendo ensordecedor del océano, al compás rítmico de los cascos golpeando la tierra firme y al fuego de la adrenalina latiendo en las sienes. No existían los títulos nobiliarios, ni las tensiones de la alta sociedad, ni los fantasmas del pasado económico que habían amenazado con destruirlos; solo dos almas indomables compitiendo contra el viento en una danza salvaje de libertad absoluta.

Con una última y arriesgada maniobra, Victoria dirigió a su montura hacia una meseta elevada que dominaba toda la bahía de Falmouth, un promontorio natural donde los restos de una antigua torre vigía desafiaban el paso de los siglos. Detuvo al animal con un suave tirón de riendas, haciendo que se levantara un poco sobre sus patas traseras antes de frenar en seco justo al borde de la explanada.

Liam llegó apenas un instante después, deteniendo su caballo con la misma maestría y desmontando de un solo salto ágil. Antes de que Victoria pudiera siquiera descender por sus propios medios, él ya se encontraba junto a su estribo, extendiendo las manos para sujetarla por la cintura y bajarla al suelo con una firmeza posesiva que no admitía réplica.

Al tocar tierra, las botas de Victoria resbalaron ligeramente sobre el césped húmedo, impulsándola de manera inevitable contra el pecho de Liam. El impacto fue amortiguado por el calor de su cuerpo y por el abrazo inmediato con el que él la atrapó, rodeándola con una fuerza desesperada mientras el viento huracanado sacudía las solapas de sus abrigos.

—Tengo que admitir que vuestra destreza ecuestre supera con creces vuestras habilidades para la diplomacia en los salones de Mayfair, Victoria —murmuró Liam contra su oído, con la respiración entrecortada por el esfuerzo de la carrera y por la intensidad de su cercanía.

Victoria levantó el rostro, con los mechones oscuros de su cabello sueltos y azotados por el viento enmarcando sus facciones encendidas por la emoción. Una sonrisa triunfal y luminosa curvaba sus labios.

—La diplomacia es un arma para los días de calma, lord Vance —respondió ella con la voz cristalina, apoyando las palmas de sus manos sobre el pecho firme de su esposo—. Pero cuando se trata de reclamar lo que nos pertenece, prefiero confiar en el ritmo de mis propias decisiones. Pero reconocedlo de una vez por todas: os he ganado la partida en vuestro propio terreno.




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