Después de aquella noche

Capítulo 1

El autobús llegó con once minutos de retraso y Alba Rivas lo tomó como una ofensa personal. No porque tuviera prisa, sino porque llevaba treinta y cinco minutos de pie en la parada, con la mochila clavándole el hombro y un café que se había enfriado antes de la segunda cuadra, y porque el día entero había sido una acumulación de pequeñas demoras que parecían confabuladas. La impresora de la biblioteca se había atascado. El profesor de las cuatro había decidido, sin consultar a nadie, que la entrega del jueves pasaba al lunes pero con el doble de exigencia. Y su madre había llamado dos veces, la primera para preguntar si había comido y la segunda para avisarle de que el grifo del baño volvía a gotear y que su padre aseguraba que no era grave, lo cual en esa casa significaba que lo era.

Subió, pasó la tarjeta, encontró un asiento junto a la ventanilla y dejó caer la cabeza contra el cristal. La ciudad se deslizaba al otro lado con la luz anaranjada de las seis de la tarde, esa luz que hace que hasta los edificios más feos parezcan tener un pasado interesante. Un hombre vendía paraguas en el semáforo aunque no había una sola nube en el cielo. Dos chicas compartían unos auriculares y se reían de algo que Alba no podía escuchar. Pensó, sin ningún dramatismo, que le encantaría estar en cualquier otra parte con una manta y una serie que no exigiera atención.

El móvil vibró en el bolsillo de su chaqueta. Lo sacó, leyó el nombre en la pantalla y supo, antes de abrir el mensaje, que su viernes acababa de cambiar de rumbo.

Valeria: Estoy en tu portal. No me digas que no. Ya sé que vas a decir que no. Tengo argumentos.

Alba: Estoy en el bus. Llego en veinte minutos. Y no.

Valeria: Entonces te espero en tu portal veinte minutos con mis argumentos. Traigo comida.

Alba cerró los ojos un segundo y sonrió a pesar suyo. Era imposible enfadarse con Valeria, y lo había intentado en más de una ocasión desde que se conocieron en el primer año, cuando una prestó a la otra unos apuntes y nunca los recuperó, y a cambio se quedó con una amiga. Valeria tenía esa clase de energía que no pedía permiso: entraba en las habitaciones como si ya la estuvieran esperando, hablaba con desconocidos en las colas, convencía a los camareros de que les cambiaran la mesa y siempre, por alguna razón, tenía razón en las cosas que más le convenían.

Cuando el autobús la dejó en su calle, Valeria estaba efectivamente sentada en el escalón del portal, con las piernas cruzadas, una bolsa de papel en el regazo y unas gafas de sol que no tenían ninguna utilidad a esa hora. Se las bajó hasta la punta de la nariz al verla llegar.

Veinte minutos exactos dijo. Eres la persona más puntual que conozco y la que menos aprovecha eso a su favor.

Hola a ti también.

Empanadas. De las de queso, las que te gustan. Le tendió la bolsa con la solemnidad de quien entrega un tratado de paz. No es un soborno. Es un gesto de buena voluntad previo a la negociación.

Es un soborno.

Es un soborno comestible, sí.

Subieron los tres pisos a pie porque el ascensor llevaba una semana con un cartel que decía «en reparación» y que nadie parecía tomarse en serio. El apartamento olía a lo de siempre: a la sopa que su madre había dejado preparada el domingo, a ropa recién planchada, a ese ambiente de casa pequeña y bien cuidada donde cada objeto tenía su sitio por una razón práctica. El sofá tenía una manta doblada en el respaldo. En la mesa del comedor, la pila de apuntes de Alba esperaba junto al portátil abierto, con el cursor parpadeando sobre una página casi vacía. Valeria la miró de reojo y no dijo nada, lo cual en ella era una forma de elocuencia.

Se sentaron en la cocina. Alba sacó dos platos, aunque Valeria ya había empezado a comer directamente de la bolsa, y puso agua a calentar para un té que ninguna de las dos iba a beber. Afuera, en el patio interior, alguien tendía ropa y una radio vieja sonaba a todo volumen una canción de hacía quince años.

Bueno dijo Alba. Argumentos.

Valeria se limpió los dedos con una servilleta, se enderezó y adoptó el tono de una abogada ante un jurado.

Primero. Llevas tres semanas sin salir. Y no hablo de salir de fiesta, hablo de salir. De la biblioteca, de la casa, de tu cabeza. Segundo. Esta noche hay una fiesta en el Ámbar, y no es una fiesta cualquiera: es un evento privado, de esos con lista, de los que ni siquiera aparecen en las redes. Y tercero, y este es el definitivo: tengo entradas.

¿Cómo que tienes entradas?

Tengo un contacto. Valeria bajó la voz, como si alguien pudiera oírla en una cocina de cuarenta metros cuadrados. Joaquín, el primo de Marcela, trabaja en la puerta. Dice que puede meternos si llegamos antes de las once y no armamos escándalo. No pide nada a cambio. Solo que no lo mencionemos.

Joaquín, el primo de Marcela, que conocimos una vez en un cumpleaños y que se pasó la noche hablando de su moto.

Ese mismo. Un hombre de recursos.

Alba se rio, se apoyó en la encimera y se pasó las manos por el pelo. Lo tenía recogido en un moño desordenado que llevaba desde la mañana y que, sospechaba, ya era más una declaración de rendición que un peinado. Pensó en las lecturas pendientes, en la entrega del lunes, en el grifo que goteaba a tres calles de allí. Pensó también en lo cansada que estaba, y no solo del cuerpo: era ese cansancio fino y persistente que se instala cuando llevas demasiado tiempo siendo responsable de todo.

Val, el Ámbar es un sitio caro. Yo no tengo ropa para un sitio así.

Tengo ropa para un sitio así. Tengo ropa para tres sitios así.

Y tampoco tengo dinero para gastar en copas que cuestan lo que mi alquiler.

Nadie ha dicho que tengas que pagar las copas. Hay gente que invita, hay gente que pide de más, hay una cosa mágica que se llama «dos amigas guapas en una barra». Valeria levantó una mano antes de que Alba protestara. Y no te estoy pidiendo que te enamores ni que te cases ni que cambies de vida. Te estoy pidiendo cuatro horas. Cuatro. Y si a las dos de la mañana quieres irte, nos vamos. Te lo juro por mis botas nuevas.




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